sábado, 31 de octubre de 2009

Reciprocidad

La palabra reciprocidad deriva del adjetivo latino "reciprocus", empleado por los romanos para calificar aquello que va y viene; y del verbo "reciprocare", con el que expresaban la acción de mover algo hacia delante y hacia atrás; ir y venir. Por tanto, podemos definir a la reciprocidad como la correspondencia mutua entre personas que se manifiesta en un dar y recibir continuado entre ellas.

domingo, 25 de octubre de 2009

Sencillez

Del latín singellus, sin artificio ni composición.

La verdadera sencillez sólo puede originarse interiormente, y de ahí luego proviene la expresión externa. Lo que uno es en su interior fluye hacia fuera y se manifiesta.

domingo, 18 de octubre de 2009

Practicidad

El término practicidad no viene definido en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Sí nos habla en cambio de un vocablo que podríamos considerar próximo: el adjetivo funcionalidad y que se define de la siguiente manera: “Dicho de una obra o de una técnica: eficazmente adecuada a sus fines”. Admitiendo que practicidad y funcionalidad son conceptos que comparten elementos comunes, se puede identificar practicidad con ser práctico. (práctico es un sustantivo abstracto que al añadirle el sufijo "idad" -cualidad de- convertimos en adjetivo).

viernes, 9 de octubre de 2009

Wu Wei

Wu Wei en chino significa "no acción" y describe el no actuar –no forzar- como la forma más adecuada de enfrentarse en ocasiones a una situación. Es un método de conducta sutil pero al tiempo, muy poderoso. En realidad Wu Wei significa "sin esfuerzo en el crecimiento". Un ejemplo lo encontramos en la naturaleza: las plantas crecen por Wu Wei, es decir, no hacen esfuerzos para crecer, simplemente lo hacen. Wu Wei es pues, una forma natural de hacer las cosas, sin forzarlas con artificios que desvirtúen su armonía y principio.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Eficacia

La eficacia es la capacidad para fijar y alcanzar un objetivo.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Las 3 Suertes

Los pueblos orientales creen en un concepto llamado la Trinidad Cósmica o las Tres Suertes. Afirman, que los hombres tienen tres suertes: nacen con la Suerte del Cielo, y luego optan a la Suerte de la Tierra y la Suerte del Hombre.

Suerte del Cielo (Tien Chai) es con la que se nace. Es el bagaje con el que llegamos a este mundo. Determina unos padres amorosos, una familia rica o un talento especial; el nacer por ejemplo, en los Estados Unidos o en la India; en una sociedad con oportunidades o con desigualdades. En general, es todo aquello que no podemos en principio cambiar pues nos viene dado. Es la suerte que nos predestina a ser ricos o pobres, a tender al éxito o al fracaso, y al resto de experiencias durante nuestra existencia en la Tierra. Es una suerte que está más allá de nuestro control. Nos viene dada, y es lo que algunos llaman “destino” y otros Karma. Algunos la explican con la astrología, y también hay quien sostiene que es lo que elegimos como pruebas antes de volver a encarnarnos. Es la suerte que inclina pero no obliga. Según los antiguos sabios chinos esta suerte es un 40 % de nuestra vida.

Suerte de la Tierra (Ti Chai) es la suerte que influye en nuestra vida dependiendo del lugar en que habitemos. Es la que se goza cuando vivimos en armonía con nuestro entorno y el ambiente. Los chinos la identifican con el arte milenario del Feng Shui que encauza armónicamente las fuerzas y energías de la naturaleza, principalmente el viento y el agua. Así, el hombre puede vivir en armonía con el espacio que ocupa o por el contrario en total enfrentamiento. El hombre primitivo tenía -como los animales- un sexto sentido para ello y por eso habitaba las zonas más propicias. Hay pues lugares con mejor o peor Feng Shui que han determinado la creación y existencia de asentamientos humanos desde la prehistoria en unos lugares muy concretos con preeminencia sobre otros.

La Suerte de la Tierra es manejable a través del referido arte del Feng Shui, que lo que hace es armonizar el Chi o energía vital del entorno en que vivimos o trabajamos para que actúe en nuestro beneficio y provecho. Los chinos sostienen que esta suerte influye en nuestra vida un 35 %.

La Suerte del Hombre (Ren Chai) es la suerte que cada uno puede crear o proveerse para sí mismo. Se identifica con todo aquello que está en nuestra mano y hacemos por mejorar como personas: con determinación, estudio, trabajo, educación, experiencia, actitud positiva, empuje, esfuerzo por mejorar y especialmente, nuestros pensamientos. No olvidemos que todo lo que un hombre hace provoca un resultado y está inspirado en un pensamiento. Esta suerte constituye el otro 25 % y es plenamente controlable por nosotros pues depende fundamentalmente de nuestra actitud vital. Por tanto, nosotros construimos nuestra vida, al menos en ese 25 %.

Equilibrar estas tres suertes trae armonía, bienestar, progreso y felicidad a los hombres. Con esas tres suertes favorables, según los antiguos sabios chinos se podrá disfrutar de una gran fortuna en la vida.

Con la metáfora del agricultor se entenderá mejor la combinación entre las tres suertes. Uno puede ser un gran agricultor -Suerte del Hombre- (saber y tener mucha técnica para la agricultura porque ha estudiado y se ha preparado) y su Suerte de la Tierra ser también favorable pues el terreno en el que siembra es óptimo para el cultivo. Sin embargo, su Suerte del Cielo es desfavorable -nunca llueve o con frecuencia, cae pedrisco-. El resultado que obtendrá el agricultor será escaso o pobre. A partir del ejemplo, podemos realizar varias combinaciones y los resultados variarán.

Con el control de la Suerte del Hombre y de la Suerte de la Tierra, la Suerte del Cielo también será tuya.


domingo, 6 de septiembre de 2009

Amistad

El hombre es un ser social por naturaleza. Necesita de la relación con los demás para expandir su personalidad y gozar de una vida equilibrada. La amistad es una experiencia humana hermosa, enriquecedora, y por tanto, humanizante. La amistad nos hace personas. Por eso se considera que la interrelación entre personas forma parte de la esencia de nuestra existencia. Es posible vivir aislado, sin embargo, es imposible vivir con cierta plenitud sin relacionarse con nadie. Las personas necesitamos expandir nuestros secretos, nuestros anhelos y nuestras ilusiones. Descargar nuestro sufrimiento y nuestro dolor. Eso sólo es posible con y a través de los demás y muy especialmente mediante la amistad.

El mundo en que vivimos está necesitado de amistad. Cada vez tenemos más conocidos y menos amigos. La causa principal es que la gente cada vez habla y comparte menos con sus semejantes. Todo va demasiado deprisa y la amistad no es inmune a ese ritmo alocado. Se hacen amigos o mejor dicho, pretendidos amigos con facilidad, pero también se olvidan de la misma manera. Eso no es propiamente amistad sino más bien “utilización entre personas”: para salir, para pasarlo bien, porque estudiamos juntos, porque me deja su coche, o porque nos vemos en el Facebook.

Sócrates era muy consciente del enorme valor de la amistad y por ello aseguraba que prefería un amigo a todos los tesoros del rey Darío. Horacio, el poeta latino decía que un amigo era la mitad de su alma. San Agustín afirmaba rotundo que lo único que nos puede consolar en esta sociedad humana tan llena de trabajos y errores es la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros los verdaderos amigos. Por lo que vemos, han sido muchos pensadores, de todos los tiempos, los que han ensalzado la valía de la amistad.

Sin embargo, la amistad, al tiempo que importante y maravillosa, es algo difícil, raro y delicado. Difícil, porque no es fácil encontrar un auténtico amigo. Rara porque no abunda: se pueden tener muchos compañeros, gente conocida, pero pocas veces muchos y auténticos amigos. En realidad quien presume de tenerlos vive muchas veces en esa ilusión. Los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano y sobran. También se dice que la amistad es delicada porque precisa de determinados ambientes para nacer, especiales cuidados para ser cultivada, minuciosas atenciones para que crezca y, precauciones para que no se degrade. Las personas cambiamos porque cambian nuestras circunstancias y la amistad tiene que saber amoldarse o acomodarse a esos cambios. Por eso, las personas que crecen o evolucionan mucho, es difícil que mantengan muchos amigos durante largos años, salvo que la trayectoria entre ellos sea muy paralela o similar.

¿Qué es la amistad? ¿Simple simpatía, compañerismo, camaradería? En realidad la amistad es una faceta más del amor hacia los demás. Aristóteles definía la amistad como "querer y procurar el bien del amigo por el amigo mismo". Laín Entralgo la definía como "La comunicación llena de amor entre dos personas, en la cual, para el bien mutuo de éstas, se realiza y perfecciona la naturaleza humana".

Por tanto, en la amistad el uno y el otro dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son. Esto supone la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos generosidades. Supone, además, un doble respeto a la libertad del otro. La amistad verdadera consiste en dejar que el amigo sea lo que es y quiere ser, ayudándole a que sea lo que debe ser. La amistad es por tanto respeto, libertad y comprensión. Yo quiero a mi amigo como es: con sus cualidades y con sus defectos. No soy nadie para querer cambiar en él lo que no me gusta. Hago una estimación de conjunto y si su forma de ser y de relacionarse conmigo me reporta felicidad, somos amigos. Pero sin condiciones, límites o cautelas. En realidad, el auténtico amigo sabe comprender más y mejor que nadie las carencias, faltas y limitaciones de aquél a quien profesa amistad, siempre que sea amistad verdadera.

Los pilares que sostienen la verdadera amistad, según Martín Descalzo son:

1.- Respeto a lo que el amigo es y como el amigo es.

2.- Franqueza, como confidencia o intimidad espiritual compartida.


3.- Generosidad como don de sí, no como compra del amigo con regalos.


4.- Aceptación de fallos: saber comprender y perdonar.


5.- Imaginación, para superar el aburrimiento y hacer fecunda la amistad.


6.- Apertura: la sinceridad, la lealtad y la confianza.

Un grandísimo ejemplo de amistad lo encontramos en la figura de Jesús. Jesús ama a todos por igual, sin condicionamientos sociales, económicos o de otro tipo. Incluso proclama amar a sus enemigos. Y los ama hasta la muerte. Es un sentimiento amistoso de caridad sin necesidad de manifestaciones externas de cariño tiernas y afectadas.

El verdadero amigo es abierto y sincero. Sin reservas hacia su amigo ni miedos. El auténtico amigo sabe estar, acompañar y apoyar a sus amigos en las adversidades y en las desgracias: en los momentos duros y difíciles.

En la amistad no todo es bonito o fácil. El amigo de verdad sabe también decir lo que ve, siente o cree de su amigo. Sin necesidad de disputas o enfados, pero con firmeza, honestidad y lealtad. El amigo auténtico se alegra con la felicidad del amigo y padece en su sufrimiento. El amigo no espera nada, no exige ni reivindica. No busca o da para recibir. Acepta a su amigo como es y no impone nada. Lo acepta con sus cosas buenas y también con las menos buenas. No juzga y no condena. Escucha y opina. Da consuelo y ayuda en la adversidad.

Amistad es amor y como verdadero amor ha de ser incondicional. No hay amistad con condiciones como no hay amor con exigencias o límites.

En la amistad compartimos nuestras experiencias más íntimas y reservadas esperando del amigo esa otra expresión del Yo ajeno con el que tanto nos identificamos. Por eso es tan necesario un amigo: porque necesitamos que nos escuchen con la confianza y el consuelo de alguien que sabemos que nos entiende y comparte nuestra forma de sentir, pensar y vivir. Esa es la amistad íntima.

Luego también existe la amistad social. Esa tan necesaria también porque como animales sociales que somos precisamos de la compañía para compartir momentos especiales.

La amistad ha de ser agradecida y recíproca, o no lo es. No existe la amistad unidireccional, esto es, de uno hacia otro. Tiene que existir una correspondencia equilibrada entre los amigos. Dar amistad es abrir nuestro corazón, tener la puerta abierta, dar la llave de entrada a la casa de nuestra alma, a nuestro Yo más personal y sentirnos bien y hacer sentirse a gusto a la persona a la que le hemos dado esa llave.

¿De qué serviría la prosperidad, proclamaba Cicerón, si uno no la comparte con los amigos? ¿Cómo se soportaría una adversidad y una prueba sin alguien que estuviera a nuestro lado y que sufra y comparta con nosotros ese contratiempo? ¿A quién hablar de los anhelos del corazón, si no es al amigo que sintoniza en todo con nosotros? Decía San Ambrosio: "Consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar la propia intimidad y manifestar las penas del alma; alivia mucho tener un amigo fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles"

En la amistad como en todo en la vida: obras son amores y no buenas razones. Existen los amigos de conveniencia, los aprovechados o los que dicen serlo pero en realidad esconden un interés. Eso no puede ser jamás amistad pues la amistad es confianza, correspondencia y lealtad en las obras y en los sentimientos.

El saber vivir en buena amistad es una verdadera cualidad personal.

Frases sobre la amistad:

“La amistad sólo puede tener lugar a través del desarrollo del respeto mutuo y dentro de un espíritu de sinceridad". (Dalai Lama).

“Gustar de las mismas cosas y no desear las mismas cosas, ésta es la verdadera amistad”. (Salutio).

“La fortaleza del hombre se prueba en la desgracia, y la fidelidad de un buen amigo se prueba en la tempestad”. (Theodor).

“No esperes que tu amigo venga a descubrir su necesidad”. (Luis Vives).

“Por los hechos no por las palabras, se han de apreciar a los amigos”. (Tito Livio).

“El que busca amigos sin defectos se queda sin amigos”. (Proverbio Turco).

“Se lento en adquirir amistades pero se constante en conservarlas”. (Anónimo).

“Los amigos se hieren con la verdad para no destruirse con las mentiras”. (Anónimo).

domingo, 23 de agosto de 2009

Coherencia


Se denomina coherencia al valor por el que actuamos de acuerdo con nuestros principios. Se es coherente cuando aquello que se piensa se traduce en palabras y lo más importante, en hechos. En definitiva, es la actitud por la que se vive de forma acorde entre lo que se dice, se defiende y se hace.

Ser coherente es difícil. Hablar es fácil. Hacer todo lo que se dice no lo es tanto. Decían los griegos clásicos: “No me digas que es la sabiduría. No me digas cómo vivir y obrar bien. Muéstramelo”. Es decir, el ejemplo como la mejor forma de enseñar y ser coherente.

Así es, pues mal ejemplo se puede dar si se dice una cosa y se actúa de manera contraria: obras incoherentes con las palabras. Por tanto, la coherencia, consiste en no desviarnos de nuestra propia esencia. La que sea. Hasta aquellos que actúan mal pueden ser coherentes. No es coherente, por ejemplo, un pirómano que a su vez, trabajara de bombero. Con ello, vengo a decir que la coherencia no tiene nada que ver con la bondad o con lo positivo de nuestros actos, sino con la identificación entre pensar y actuar.

Quienes logran o consiguen ser coherentes en su actuar –muy pocos lo consiguen al cien por cien por no decir que casi nadie- se erigen como grandes ejemplos para el resto de los hombres, especialmente cuando sus actos son de provecho y beneficio para los demás. Sin embargo, como digo, es difícil ser siempre coherente como lo es, ser completa y absolutamente honesto en todo momento. (Véase el post dedicado a Honestidad).

Han existido grandes pensadores en la historia de la humanidad que han influido extraordinariamente con sus ideas y que en cambio, vivieron de manera no coherente sus vidas. Sirvan algunos ejemplos como el de Nietzshe, gran filósofo vitalista, quien llevó una vida llena de amargura o, Rousseau, el gran filántropo ilustrado, quien abandonó a sus hijos en un hospicio.

Entonces ¿cómo lograr en la medida de lo posible ser coherentes? Séneca -el gran filósofo estoico de origen hispano decía: “No pretendo que el sabio deba caminar siempre al mismo paso, sino por la misma ruta”. Es decir, si no podemos ser coherentes siempre, al menos, tenemos que ser conscientes e intentarlo.

Cuando somos honestos y coherentes no necesitamos explicarnos: nuestro comportamiento y actitud hablan por nosotros. Es como la humildad. Los verdaderamente humildes no alardean de ello sino que pasan desapercibidos. Lo mismo ocurre con la coherencia. Dice un refrán muy extendido: “Dime de qué presumes y te diré de lo que careces”. Con frecuencia, los que más hablan de lo que hacen son los que menos hacen. “Factum non verba” (hechos y no palabras) que decían los antiguos latinos.

En definitiva, coherencia es: pensar, sentir, hablar y actuar en el mismo sentido.

Y, ¿para qué ser coherentes? Pues porque la congruencia entre pensamiento y acción es imprescindible para alcanzar paz interior. Decir y hacer de la misma manera nos ahorra muchas contradicciones y conflictos internos con nosotros mismos y con los demás. Las personas coherentes son consideradas auténticas y generan admiración, confianza y respeto. Como sostenía Epicuro, no hay otro camino que sentir lo que se hace y hacer lo que se siente.

El problema de vivir este valor es que somos muy susceptibles y vulnerables a la influencia de las personas y las circunstancias. En muchas ocasiones, por miedo, callamos; evitamos contradecir la opinión equivocada de otros, o definitivamente, hacemos lo posible por comportarnos de aquella manera que creemos nos provocará menos problemas. La coherencia exige mantenernos firmes, aún a costa de nuestra posición, la amistad o la opinión de otros.

Puede también suceder que actuando con base en nuestras convicciones actuemos coherentemente bajo la premisa del “a toda costa” porque “yo soy así, así pienso y así actúo”. Es cierto que la coherencia exige esa firmeza, pero sin olvidar que debe ir acompañada de un criterio bien formado para no caer en la obstinación. Por eso, siempre debemos ser conscientes de que la coherencia, debe ser mostrada de manera flexible. Por un lado tenemos que saber callar y ceder en cosas sin importancia; pero en circunstancias en las que estén en juego principios o derechos, se tiene la obligación de enfrentar la situación de forma coherente para evitar problemas más tarde. Este es el motivo por el cual, la coherencia debe combinarse con el ejercicio de la prudencia.

¿Qué necesitamos para ser coherentes, conocimiento de los valores o voluntad de ejercerlos? En estricto sentido, ambos. Voluntad para superar nuestro temor a ser “diferentes” con el implícito deseo de ser mejores. Con el conocimiento, hacemos más firmes nuestros principios, descubriendo su verdadero sentido y propósito, lo que nos ayudará a ejercitarnos en su ejercicio y a vivirlos de manera natural.

Para la práctica y vivencia del valor de la coherencia:

- Examina si tus actitudes y palabras no cambian según el lugar y las personas con quien estés. Procura que en todo lugar y momento se tenga la misma imagen y opinión de ti.

- Piensa en la coherencia que exiges de los demás y si tú actúas y correspondes, al menos, en la misma proporción.

- Cumple con tus obligaciones o compromisos lo mejor que seas capaz.

- Considera que en ocasiones puedes estar equivocado: escucha, reflexiona, infórmate y corrige tu actitud si es necesario.

La experiencia demuestra que nuestras decisiones son más firmes y vivimos con mayor tranquilidad, al comportarnos de manera coherente. Esa coherencia aumentará nuestro prestigio personal, profesional y moral, lo cual garantizará incondicionalmente la estima, el respeto y la confianza de los demás.

Y para concluir, un par de frases sobre coherencia:

“Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive”. (Gabriel Marcel, filósofo y dramaturgo francés).

“No le pidas peras al olmo”. (Refranero español).

domingo, 2 de agosto de 2009

Un poco de Taoísmo

El "Tao King" de Lao Tse es el texto fundador del Taoísmo, una filosofía china nacida hace más de 2.500 años. El Tao King es una guía de sabiduría que se presenta bajo la forma de una serie de aforismos o metáforas.

Como el Budismo, la filosofía del Tao está basada en el principio del Yin y del Yang: día-noche, masculino-femenino, frío-caliente, etc. Todos ellos se alimentan el uno del otro, esto es, de las polaridades complementarias de una misma energía. En el perpetuo movimiento entre esas polaridades está el origen de la principal característica del mundo material: la impermanencia: todo cambia. Lo único que nunca cambia, es que todo cambia continuamente.
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Como la mayoría de filosofías orientales, la del Tao está muy inspirada en la observación y la contemplación de la naturaleza.
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Algunas propuestas del Taoísmo

Habla sólo cuando sea necesario. Piensa lo que vas a decir antes de hablar. Sé breve y preciso pues con cada palabra emites una parte de tu energía y tienes que aprender a hablar sin perder energía. Nunca hagas promesas que no puedas cumplir. No te quejes y no utilices palabras que proyecten negatividad porque tus palabras son energía y crean. Si no vas a decir nada bueno, verdadero y útil, es mejor que calles. Practica el silencio interno para valorar lo que la vida te trae y toma tu decisión después. De esa manera desarrollarás confianza y sabiduría.

Aprende a ser como un espejo, escucha y refleja la energía. El universo mismo es el mejor espejo de la naturaleza. El universo acepta sin condiciones: nuestros pensamientos y emociones; nuestras palabras y acciones, y siempre, nos envía el reflejo de toda esa energía mediante las circunstancias que vienen a nuestra vida.

Si te identificas con el éxito, tendrás éxitos. Si te identificas con el fracaso, tendrás fracasos. Por eso, lo que vivimos es la manifestación externa de nuestros pensamientos, palabras y actos. Aprendamos a ser como el universo, escuchemos y reflejemos nuestras emociones sin prejuicios, aprendiendo a hablar de otra manera: sosegando nuestra mente y evitando las reacciones emocionales excesivas. Busca siempre una comunicación sincera y fluida.

Evita juzgar y criticar a los demás. El Tao es imparcial y no emite juicios. No critica. Tiene una compasión infinita y no conoce la dualidad. Cada vez que juzgas a alguien lo único que haces es expresar tu opinión personal, y eso, no es más que una pérdida de energía, simple ruido. Juzgar, es una manera de esconder tus propias debilidades. El sabio lo acepta todo y no emite juicios.

Recuerda que todo lo que te molesta de los demás es una proyección de todo lo que todavía no has resuelto en ti mismo. Deja que cada cual resuelva sus propios problemas y concentra tu energía en tu propia vida. Ocúpate de ti mismo, no te defiendas de las palabras ofensivas de los otros. Cuando tratas de defenderte, en realidad, estás dándole demasiada importancia a sus palabras y de esa manera, das más fuerza a su agresión verbal. Si aceptas el no defenderte, estás mostrando que las opiniones de los demás no te afectan, que son simples opiniones y que eres inmune. No necesitas convencer a los demás para sentirte feliz. Tu silencio interior te vuelve impasible. Haz regularmente un ayuno de palabras. Reeduca tu ego, ese que tiene la mala costumbre de hablar todo el tiempo. Practica el arte de no hablar. Toma un día a la semana para abstenerte de hablar, o al menos, algunas horas al día. De esa manera conocerás y aprenderás el ilimitado universo del Tao. Poco a poco, desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera naturaleza interna, reemplazará tu personalidad artificial. Así brotará luz de tu corazón y poder de la sabiduría del silencio. Gracias a esta fuerza, atraerás hacia ti todo lo que necesitas para realizarte y sentirte libre. Sin embargo, cuida que el ego no interfiera. Mantendrás tu poder mientras el ego esté sujeto y en silencio. Si tu ego se impone y abusa de su poder, se convertirá en un veneno para tu ser.

Practica pues el silencio y cultiva tu propio poder interno.

No te des mucha importancia. Sé humilde. Cuanto más arrogante, superior o prepotente te muestres, más prisionero serás de tu propia imagen y de un mundo irreal de tensión e ilusiones.

discreto preservando tu vida íntima. Así te liberarás de la opinión de los demás. Tu vida será tranquila y pasarás desapercibido. Te percibirán misterioso, indefinible e insondable como el Tao.

No compitas con los demás. Sé como la tierra que nos nutre y da lo que necesitamos cuando la plantamos. Ayuda a los demás a descubrir sus cualidades, virtudes y a desarrollarse como personas. El espíritu competitivo desarrolla ego y genera conflictos.

Ten confianza en ti mismo. Preserva tu paz interior. No caigas en la provocación y las trampas que te tiendan.
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No te comprometas fácilmente. Si actúas precipitadamente y sin consciencia de las situaciones, vendrán complicaciones a tu vida. La gente no tiene confianza en aquellos que dicen sí muy fácilmente porque saben que ese sí, no es sólido.

Si sobre algo no sabes o no tienes la respuesta a la pregunta, acéptalo. El hecho de desconocer es incómodo para el ego que quiere saberlo todo y siempre quiere opinar y tener razón. En realidad, el ego no sabe nada, simplemente hace ver que sabe.
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Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo.

No trates de forzar, manipular y controlar a los otros.

Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son. Están donde están: en su particular grado de evolución personal y hacen y dicen lo que tienen capacidad de ser.

Dicho en otras palabras, vive siguiendo la vida sagrada del Tao.

domingo, 26 de julio de 2009

Austeridad

Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Arístipo que vivía confortablemente a base de adular al rey. Y le dijo Arístipo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas». A lo que replicó Diógenes: «Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey».

La palabra austeridad deriva del latín austeritas, austeritati, austerus, a, um, cosa áspera y acerba al gusto, como es el sabor de las frutas que aún no están maduras.
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La austeridad es una de las grandes virtudes del ser humano. El diccionario la define como la “cualidad de austero”, y a éste, como “severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral” y también como “sobrio, sencillo, sin ninguna clase de alardes”.
La austeridad no sólo es virtud de las personas individualmente consideradas, sino también de las empresas o agrupaciones de cualquier tipo. Es la virtud de oro, con valor definitorio, de un buen gobierno. En éste, la austeridad se manifiesta en la actitud prudente y equilibrada de los gobernantes; en la limpieza, claridad, acatamiento de las leyes, el respeto de los principios democráticos y la cooperación entre los organismos y poderes del Estado. Y sobre todo, en el manejo con absoluta pulcritud del dinero público, que no sólo deberá administrarse con honradez y sin ningún despilfarro, sino también con eficaz aplicación al bienestar y progreso de la sociedad.
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Sin embargo, no debemos confundir austeridad con tacañería. El dinero que se tiene no es para atesorarlo con alma de usurero, sino para usarlo con prudencia y buen tino, sin alardes ni exageraciones y en beneficio de quien lo tiene, de su familia, y a ser posible, de la sociedad en la que se vive. No tiene sentido acumular recursos sin emplearlos en lo que sea necesario, aunque sin descuidar, el ahorro en previsión del futuro.
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A qué llamamos austeridad

El verdadero sentido de la palabra austeridad sólo se conoce cuando se enlaza con la modestia. Lo modesto es rehusar lo innecesario, desde el momento en que lo innecesario nada significa. Se es naturalmente modesto, mas no por renuncia, sino por predisposición natural, por ideales o por instinto. De igual forma se es igualmente austero: se rehusa el lujo porque el lujo nada significa por sí, aunque, sin rechazar lo necesario. Sería absurdo que, en nombre de la austeridad, un mendigo renunciara al dinero. En su verdadero sentido se llama, pues, austeridad a la modestia o predisposición a rehusar lo innecesario. Que los mendigos o que los necesitados en general prediquen austeridad resultaría pues, absurdo.

La cuestión está en vivir con la mayor dignidad, como corresponde al ser humano, y al mismo tiempo, poder ayudar a otras personas. Por ello, lo conveniente es introducir en nuestras vidas, como compromiso social, un principio de austeridad, o lo que es lo mismo: moderarnos en el consumo y uso de cosas y práctica de actitudes que no son de estricta necesidad para vivir.
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Resistirnos al consumismo significa vivir un estilo y sentido de la vida diferente. Para ello necesitamos discernir qué necesitamos de verdad y de qué podemos prescindir. Liberados de los objetos que nos ahogan, seremos más libres y nos encontraremos más a nosotros mismos y a los demás.

¿Cuál es el límite de la moderación?

Quien consume indiscriminadamente, sin ton ni son aquello que beneficiaría a los necesitados, se convierte en un ser insolidario, egoísta; en un ser pasivo y vacío que está en la vida para acaparar y usar. Por el contrario, quien modera sus ansias de consumir, vive con austeridad y no lo hace por mortificación, sino porque prefiere tener más tiempo para sí y los demás.

Uno de los ejemplos más claros que denotan falta de austeridad se da con los hijos. Desde que nacen nos esforzamos en mimarlos en exceso, partiendo del principio de que ellos han de tener todo lo que nosotros no pudimos alcanzar. Nos volcamos en facilitarles todo cuanto se les antoja. De esta forma consiguen ropa de marca, juegos, ordenador, moto, coche, etc. Les acostumbramos a vivir sin carecer de nada y a conseguirlo todo sin esfuerzo. Los niños así educados no sabrán hacer frente a sus obligaciones, no comprenderán el valor del esfuerzo y lo darán todo por hecho. No generarán el necesario sentido de la responsabilidad. En lugar de responder con entereza a las dificultades que suele plantear la vida, se convertirán en personas víctimas de la frustración si no obtienen lo que quieren y además, fácilmente. Así se llega a conformar una sociedad insolidaria y falta de valores por individualista y egoísta.

Un nuevo enfoque

Un primer paso para desembarazarnos de este autoimpuesto y autoasumido estilo de vida occidental, en el que al consumo compulsivo se le denomina “nivel de vida” y a la posibilidad de conseguirlo se le llama “bienestar”, pasa por ser conscientes de las cosas que tenemos y de las que podríamos prescindir sin que nos pasara absolutamente nada. Bueno sí, tendríamos más tiempo para nosotros y para estar con los demás. Seguro que llegamos a la conclusión de que podemos vivir con mucho menos, prescindiendo de muchas cosas superfluas. Por supuesto, sin llegar al extremo contrario que es el ascetismo, como doctrina moral que se basa en la oposición sistemática al cumplimiento de necesidades en algunos casos básicas –comer- por considerarlas de orden inferior, apegadas al cuerpo y frente a la supremacía del alma. Pero en cambio, sí podemos tener como guía la frugalidad entendida como la adquisición de bienes y servicios de manera comedida. Comprar y usar lo que necesitemos y con finalidad a largo plazo. Una forma es reducir lo superfluo o frenar hábitos costosos; buscar la eficiencia o evitar las opciones más caras por la sola razón de la imagen o el nombre comercial. La filosofía sería vivir más con menos y ayudar siempre a los que más necesitan.

Como dice la sabiduría popular: "No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita".
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En consecuencia, para ser más felices, seamos más austeros.