domingo, 8 de marzo de 2009

Los 4 Acuerdos Toltecas

En el sur de México, hace miles de años vivió un pueblo: los toltecas. Los antropólogos han definido a los toltecas como una nación o raza, pero en realidad, fueron un pueblo de artistas y científicos dedicados al estudio y preservación del conocimiento espiritual y las prácticas de sus antepasados. Por eso algunos definen a los toltecas como un pueblo de “mujeres y hombres de conocimiento”.

Los toltecas vivían a las afueras de México en la ciudad de Teotihuacan –que significa lugar en el que el hombre se convierte en Dios- y formaron una comunidad de conocimiento integrada por maestros y estudiantes. Los maestros recibían el nombre de naguales.

Durante milenios, los maestros naguales se vieron forzados a esconder su sabiduría ancestral y a mantener su existencia en secreto. Afortunadamente, el conocimiento esotérico tolteca fue conservado y transmitido de una generación a otra por distintos linajes de naguales hasta llegar a nuestros días. Gracias a ello, hoy podemos conocer y aprovechar las poderosas enseñanzas de los toltecas.

El conocimiento de los toltecas toma como base –al igual que la mayoría de las tradiciones esotéricas del mundo- la unidad esencial de la verdad. Los toltecas no crearon ninguna religión propiamente dicha, aunque se muestran respetuosos con todos los maestros espirituales.

El conocimiento tolteca nos habla del espíritu pero va más allá, pues nos invita a practicar una determinada forma de pensar y actuar. Sus consejos fáciles de practicar en apariencia, tienen un efecto poderosísimo para transformar nuestra realidad y de esa manera, nuestra vida. A través de ellos se nos garantiza el poder transitar con mayor facilidad por el amor y la felicidad.

El conocimiento tolteca se basa en 4 Acuerdos que son los siguientes:

1. Se impecable con tus palabras

Para los toltecas es muy importante lo que decimos. Ellos distinguen entre las buenas palabras y las malas palabras. Las malas palabras son semillas de odio. Las buenas palabras son semillas de amor. Con las palabras hacemos “magia” y es por ello que nos invitan a ser “magos blancos” utilizando bien nuestras palabras para: crear, compartir, dar y amar.

Por el contrario, si empleamos mal las palabras, seremos “magos negros” y de esa manera no haremos sino enviar “veneno emocional” a todos aquellos a los que las dirijamos: culparemos, reprocharemos, mentiremos, destruiremos, expresaremos rabia, celos y envidia. Con malas palabras sembramos vientos y en consecuencia, a la postre, sólo podremos cosechar malos frutos y tempestades.

El término impecable significa actuar “sin pecado”. Es decir, emplear la fuerza y la energía de las palabras hacia los demás atentos para no causarles daño u ofensa. Tenemos que hacer lo posible por emplear las palabras en la buena dirección: la del perdón, la verdad y el amor.

Por eso el consejo es: utiliza tus palabras siempre correctamente: para compartir amor y hacer bien a todos. Las palabras, según las emplees, te liberarán o te esclavizarán. Si no has de decir algún bueno, mejor no lo digas. Porque como bien dice el adagio: “Somos dueños de nuestras silencios y esclavos de nuestras palabras”. (Véase la práctica del silencio por el Taoismo).

2. No te tomes nada personalmente

Nos dicen los toltecas que cuando tomamos las cosas personalmente estamos aceptando de esa manera el “veneno emocional” que nos envían los demás. Al considerar “personal” lo que el otro nos dice, estamos tragando ese veneno y, sólo entonces, es cuando nos hace daño.

La pregunta es ¿y por qué nos tomamos las cosas personalmente? Nos tomamos las cosas de forma personal por nuestro ego. Y, ¿qué es el ego? El ego es “la importancia personal” que te das a ti mismo. Tener ego es pensar que tú eres lo más importante del mundo; considerar que todo gira a tu alrededor, que tú mereces algo diferente a los demás, que eres distinto y mejor.

Cuanto más ego tienes, más personal te tomas lo que los demás dicen u opinan sobre ti.

Sin embargo, debes considerar que lo que otras personas dicen, lo que hacen, lo que piensan y las opiniones que expresan sobre ti, es sólo una proyección de la realidad de sus mentes. Nada de lo que piensan o hacen los otros está causado en realidad por ti. Su punto de vista, su forma de ver el mundo y su actitud frente a ti sólo surgen de sus creencias. Todo es fruto de la “programación” que recibieron durante su educación, a la que los toltecas llaman “domesticación”. El mundo es lo que ellos creen que es. Y algunos tienen una visión muy distorsionada porque están profundamente dormidos.

Si no te tomas nada personal, serás inmune a las acciones y opiniones de los demás, y entonces, te ahorrarás muchísimo sufrimiento.

3. No hagas suposiciones

En muchas ocasiones no hace falta que sean los demás los que digan, hagan u opinen sobre nosotros. A falta de eso somos nosotros mismos los que nos autogeneramos mucho “veneno emocional”. ¿Cómo lo hacemos? Mediante nuestros pensamientos generadores de suposiciones que, a fuerza de repetirnos, llegamos a creer verdaderas. Por eso, para evitarte ese veneno emocional, ¡no hagas suposiciones! ¿Para qué? ¡Evítalas! intentando averiguar la verdad. Es siempre mejor preguntar que hacer suposiciones. Con suposiciones sólo logramos construir grandísimos dramas. Al suponer, la mayoría de las veces, estás representándote una realidad equivocada o distorsionada y de esa manera tú mismo, sin intervención de nadie más te estás generando muchísimo sufrimiento.

Por tanto, ¡no des nada por supuesto! Si tienes dudas, ¡acláralas! Si sospechas, ¡pregunta! Expresa siempre lo que de verdad deseas y comunícate con los demás con la mayor claridad y sinceridad posibles. Suponer, te hace inventar historias sin fundamento que sólo te sirven para “envenenar” y “torturar” tu mente.

4. Haz siempre lo máximo que puedas

El último de los 4 acuerdos toltecas nos dice: “Haz siempre, según las circunstancias, lo máximo que esté en tu mano”. Por tanto, no te exijas siempre de la misma manera. No es posible que hagas o actúes igual cuando estás enfermo que cuando estás sano. No tienes la misma capacidad.

Si actúas siempre de la mejor manera posible y haces todo cuando esté en tu mano, obtendrás un efecto poderosísimo: nadie te podrá culpabilizar, juzgar y condenar. Ni tan siquiera tú mismo, pues tu conciencia estará tranquila: has hecho todo lo que podías según las circunstancias. Si has hecho lo máximo que podías, no caben los reproches.

Ahora bien, si haces las cosas porque te sientes obligado, por el qué dirán los demás, entonces no estás haciendo lo máximo que puedes de forma correcta. Lo máximo que puedas tienes que hacerlo siempre con libertad y por convicción. Si haces las cosas “porque tocan” o de manera forzada, es preferible que no las hagas.

Con la práctica de estos 4 acuerdos, los toltecas nos dicen que transformaremos nuestra vida permitiéndonos sentirnos más felices. Además, estos acuerdos tienen efectos muy poderosos para transformar nuestras realidad y que se incrementan a medida que los ponemos en práctica.

Para los toltecas, los hombres vivimos en un mundo de sueño. Los humanos no sabemos realmente quienes somos pues vivimos entre niebla y humo. El sueño de los humanos, esa niebla o humo, están conformados por todas las reglas de la sociedad: sus creencias; sus leyes; sus religiones; las diferencias culturales y las maneras de ser; los gobiernos; las enseñanzas; los prejuicios culturales; los acontecimientos sociales; sus celebraciones, etc. Estamos en definitiva “programados” para vivir, actuar e interpretar la realidad de una manera muy concreta. La que generación tras generación se ha ido programando en nuestra mente. Y esa manera, no es precisamente la más idónea para ser felices. Todo lo contrario, nos hacemos mucho daño a nosotros mismos, y también generamos mucho sufrimiento a los demás.

Por eso, debemos ser capaces de despertar de ese sueño y una de las maneras es poner en práctica a conciencia esos 4 acuerdos que tienen como elemento fundamental y común en todos ellos la práctica de la verdad.

¡Sigamos a los toltecas y despertemos aplicando sus Acuerdos!

(Este post ha sido elaborado a través de la información obtenida del libro del Dr. Miguel Ruiz que lleva por título los Cuatro Acuerdos).

domingo, 1 de marzo de 2009

Desapego

El pensamiento oriental en general suele coincidir en que la contención del deseo es esencial para evitar el sufrimiento y de esa manera, experimentar felicidad. Por contra la necesidad insatisfecha crea desasosiego y frustración. Sin embargo, una cosa son necesidades naturales o reales y otras aquellas que nos autoimponemos.

Sócrates, el más grande y virtuoso filósofo de la antigüedad, cuando paseaba por el mercado de Atenas y contemplaba los bazares repletos decía: "¡Qué rico soy, cuántas cosas hay que yo no preciso!". Los estoicos, con Séneca a la cabeza, dejaron dicho: "Se es pobre no por tener poco, sino por desear mucho". Por su parte los hedonistas de Epicuro reivindicaban la moderación en los deseos y defendían una idea muy similar: "Si quieres ser rico, no te afanes en aumentar tus bienes sino en disminuir tu codicia". (Ataraxia).

Esto nos lleva a considerar que hay ricos-pobres –los que jamás se conforman con lo que tienen- y hay pobres-ricos –los que aun no teniendo mucho, están satisfechos con lo que tienen.

Algunos psicoanalistas sostienen que la curación de algunas alteraciones sólo es posible cuando asumimos que somos seres limitados e incompletos. Todos, de una u otra manera, sufrimos carencias y debemos aprender a reconocerlas y a asumirlas. No podemos ser todo ni tampoco podemos tenerlo todo. El deseo es señal de una carencia, de un vacío. Cuando lo satisfacemos, la dicha nos dura muy poco y enseguida surge de nuevo otro deseo. Todo deseo satisfecho crea nuevos deseos. Los deseos irreales o inalcanzables son causa de profundo dolor y frustración; como lo es el deseo continuo de tener, alcanzar o conseguir cosas. En realidad, hay personas que son como pozos sin fondo que sólo por momentos parecen llenarse y rebozar. Sin embargo, su estar lleno es efímero. Pronto retorna la falta, la oquedad. Por eso hay que saber que no se trata de seguir rellenando inútilmente lo que no se puede rellenar, sino de renunciar a ese continuado relleno. En definitiva, en aceptar nuestra incompletud, sabiendo ver las cosas de la manera más positiva y optimista posible: el vaso medio vacío o medido lleno. La plenitud no está tanto en lograr lo que anhelas, sino en valorar aquellos de lo que dispones.

Hay 4 leyes básicas de la psicología transpersonal, que se han inspirado en ideas propias del budismo. Son las siguientes:

1.- Existe el sufrimiento, la decadencia, la impermanencia y la degradación.

2.- Se sufre por dos razones: Cuando uno tiene lo que no quiere y cuando uno no tiene lo que quiere o desea. El fundamento de las dos formas de sufrimiento es el apego.

3.- El camino de la libertad es el desapego, el desencadenamiento de la vida, de las cosas, de la personalidad y del ego. Cuando nos apegamos tenemos miedo de perder lo que tenemos o de no conseguir lo que queremos. Para Krishnamurti: “el apego corrompe”.

4.- El camino para lograr el desapego es el “camino medio”. Éste tiene que ver con la recta intención y el buen comportamiento, con la recta palabra y con practicar la meditación y la observación consciente de la realidad que nos rodea.

Según la psicología transpersonal, hasta los 35 años aproximadamente uno construye su ego -posición económica, trabajo, familia, etc.- “para ser alguien en la vida” o mejor dicho “parecer alguien en la vida”. Sin embargo, lo más esencial en cada uno de nosotros es transpersonal. Somos parte de una sabiduría divina o cósmica que está oculta detras de nuestro ego. El ego es una ilusión, una construcción que hacemos de nosotros mismos y la causa del sufrimiento. El desapego es justo lo contrario: la liberación del sufrimiento y con él, el tránsito por la felicidad. Por eso se dice que la construcción del ego es un camino de sufrimiento.

Para ser feliz es necesario parar el ego, parar los pensamientos y dejar que fluya la intuición que es la sabiduría que todos tenemos dentro. Para lograr esto ayuda mucho meditar sobre la verdadera importancia de las cosas, su trascendencia y en definitiva, si vale la pena luchar tanto en ocasiones para conseguir aquello que realmente no es tan importante para nuestra esencia verdadera, aunque sí para nuestro ego. Por eso tenemos que cambiar de “chip” mental y ver el mundo con otros ojos, de otra manera, con desapego de las cosas.

Las disciplinas orientales son más sabias y útiles para ese propósito pues nos muestran caminos para la liberación del sufrimiento psicológico innecesario; malestar que cuando es muy intenso, puede incluso llegar a generar enfermedades mentales. Por su parte, la mayoría de la psicología y psicoterapia occidentales van en sentido contrario. En lugar de enseñar a los individuos a liberarse, a fluir y aceptarse, lo que hacen es simplemente ayudarles a adaptarse a la sociedad fortaleciendo su personalidad. En definitiva, tienden a reafirmar el Yo de los individuos, su ego, en lugar de ayudarles a superarlo.

El desapego no es indiferencia

Algunos consideran que es difícil sentir amor y no experiementar apego a aquello que queremos. Tan es así que muchas veces hasta confundimos uno y otro.

Amor y apego no siempre deben ir de la mano. Los hemos entremezclado hasta tal punto, que ya casi los consideramos la misma cosa. Entendemos erróneamente el desapego como dureza de corazón, indiferencia o insensibilidad, y no es así. El desapego no es indiferencia por lo que ocurre, sino una manera sana de aceptar la realidad y de relacionarse con los demás, cuyas premisas son: independencia, no posesividad y no adicción. La persona no apegada es capaz de controlar sus temores a la perdida, a la no obtención del resultado, al abandono. Sabe que todas esas cosas no tienene en realidad trascendencia. De esa manera no hay cabida al egoismo ni a la deshonestidad.

La ley del desapego

Siguiendo a Deepak Chopra, esta ley nos dice que para adquirir cualquier cosa en el universo físico, debemos renunciar a nuestro apego a ella. Esto no significa que renunciemos a la intención de cumplir nuestro deseo. No renunciamos a la intención ni al deseo; renunciamos al interés por el resultado. Combinando al mismo tiempo la intención concentrada y el desapego, conseguiremos lo que deseamos.

El apego, por el contrario, se basa en el temor y en la inseguridad. Es algo que produce ansiedad y acaba por hacernos sentir vacíos. El apego es producto de la conciencia de la pobreza. En cambio, el desapego es sinónimo de conciencia de riqueza, y a partir de ahí se cuenta con la libertad para crear y hacerlo todo posible. Entonces, las cosas vendrán a nosotros espontáneamente y sin esfuerzo. Con apego somos prisioneros de la inquietud, la desesperanza, las necesidades mundanas, los intereses triviales. En definitiva, arrastramos una conciencia de la pobreza y de la carencia, y de esa manera, arrastramos una existencia mediocre.

La gente busca constantemente seguridad, pero con el tiempo descubriremos que esa búsqueda es en realidad algo muy efímero. Hasta el apego al dinero es una señal de inseguridad.

Quienes buscan la seguridad la persiguen durante toda la vida sin encontrarla jamás. La seguridad es evasiva y efímera porque no puede depender exclusivamente del dinero. El apego al dinero siempre creará inseguridad, no importa cuánto dinero se tenga en el banco. De hecho, algunas de las personas que más dinero tienen son las más inseguras.

La búsqueda de la seguridad es una ilusión. Esto significa que la búsqueda de seguridad y de certeza es en realidad un apego a lo conocido. ¿Y qué es lo conocido? Lo conocido es el pasado. Lo conocido no es otra cosa que la prisión del condicionamiento anterior. Allí no hay evolución, absolutamente ninguna evolución. Y cuando no hay evolución, sobrevienen el estancamiento, el desorden, el caos y la decadencia.

La incertidumbre, por otra parte, es el suelo fértil de la creatividad pura y de la libertad. La incertidumbre es penetrar en lo desconocido en cada momento de nuestra existencia. Lo desconocido es el campo de todas las posibilidades, siempre fresco, siempre nuevo, siempre abierto a la creación de nuevas manifestaciones.

Sin la incertidumbre y sin lo desconocido, la vida es sólo una vil repetición de recuerdos gastados. Nos convertimos en víctimas del pasado, y nuestro torturador de hoy es el Yo que ha quedado de ayer.

Renunciemos a nuestro apego a lo conocido y adentrémonos en lo desconocido, así entraremos en el campo de todas las posibilidades. Esto significa que en cada momento de nuestra vida habrá emoción, aventura, misterio. Pero cuando hay apego, la intención queda atrapada en una forma de pensar rígida y se pierden la fluidez, la creatividad y la espontaneidad.

Cuando nos apegamos a algo, congelamos nuestro deseo, lo alejamos de esa fluidez y esa flexibilidad infinitas y lo encerramos dentro de un rígido marco que obstaculiza el proceso total de la creación.

Esta ley no obstaculiza la fijación de metas. Siempre tenemos la intención de avanzar en una determinada dirección, siempre tenemos una meta. Sin embargo, entre el punto A y el punto B hay un número infinito de posibilidades, y si la incertidumbre está presente, podremos cambiar de dirección en cualquier momento si encontramos un ideal superior o algo que nos llena más. Al mismo tiempo, será menos probable que forcemos las soluciones de los problemas, lo cual hará posible que nos mantengamos atentos a las oportunidades. La ley del desapego acelera el proceso de creación de aquello que tenemos intención de obtener. Cuando entendemos esta ley, no nos sentimos obligados a forzar las soluciones de los problemas. Porque cuando forzamos las soluciones, solamente creamos nuevos problemas. No existen problemas sino oportunidades de cambiar y mejorar. Cuando nuestro estado de preparación se encuentre con la oportunidad, la solución aparecerá espontáneamente. Lo que resulta de esto es lo que denominamos comúnmente «buena suerte». La buena suerte no es otra cosa que la unión del estado de preparación con la oportunidad.

Ésta es, según Deepak Chopra la receta perfecta para el éxito, y como vemos, se basa en la ley del desapego.
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¡Que ustedes se desapeguen bien!



sábado, 14 de febrero de 2009

Lealtad

Entendemos por lealtad la cualidad de aquellas personas que respetan y cumplen los acuerdos ya sean tácitos o explícitos. El término leal proviene del latín legalis, es decir, lo que es conforme con la ley. Por tanto, las personas leales son “personas de ley” en quienes se puede confiar porque mantendrán su palabra. Cumplirán los compromisos adquiridos, defendiendo aquello en lo que creen con independencia de las dificultades que ello conlleve, en los buenos y en los malos momentos.

La lealtad en el sentido que quiero explicar aquí comprende el amor que nos vincula hacia una persona, una causa o unos hechos. Es por tanto una virtud que desarrolla nuestra conciencia pero que podemos cultivar con una adecuada actitud mental. Cuanto más evolucionada es una persona, más tiende a tener la lealtad como uno de sus valores rectores de vida. Lealtad como compromiso personal de defender siempre aquello en lo que creemos. Con lealtad la amistad y las relaciones personales y sociales alcanzan el grado máximo de profundidad. La lealtad conlleva estar cerca, dar nuestro apoyo y ayuda libre, espontánea y fraternal a las personas que nos importan, con especial intensidad en los momentos más duros o difíciles.
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La lealtad en nuestro lugar de trabajo supone no trabajar sólo porque nos pagan un salario, sino que hay un plus: porque creemos en lo que hacemos y nos sentimos parte y como tal, esencia del mismo. La lealtad con la sociedad -en general- supone sentirse miembros y responsables de lo que en ella sucede.

La lealtad como he dicho es esencial en la relación con los demás. Es imposible que exista verdadera amistad sin lealtad pues sólo con ella se genera la confianza mutua entre los amigos. Es nuestro deber ser leales a aquellos que dependen de nosotros: la familia, nuestros empleados etc. La lealtad como el resto de virtudes se potencia cuidando nuestros pensamientos y actitudes vitales. La práctica de la lealtad desarrolla nuestra conciencia y nos hace mejores personas. Sin embargo, la lealtad no existe y actúa sóla. Siempre va a acompañada de otras actitudes y valores como los de la amistad, el respeto, la responsabilidad y la honestidad entre otras.

Para ser leal hay que ser fundamentalmente congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos –honestos- pero también desarrollar franqueza, sinceridad, nobleza y rectitud. Es decir, la verdad debe estar siempre presente. No es posible ser leal si no se dice la verdad, se dicen sólo medias verdades o se dice sólo lo que creemos gustará o los demás desean escuchar. Si escondemos situaciones y hechos, -independientemente de las motivaciones que se tengan- es difícil ser leal a la larga.

Por eso se dice que la lealtad no funciona si aquellos valores que hemos mencionado no son permanentes en el tiempo. No se puede ser leal a ratos o según situaciones. De hecho la persona leal, primero debe ser leal consigo misma de modo que actúe siempre igual hacia sí y con las personas con las que se relaciona.

La lealtad es un valor básico para que el mundo en el que convivimos sea mejor. No podemos vivir bien si no confiamos en los demás y si los demás no confían en nosotros. Para confiar es esencial actuar con verdad. Ocurre sin embargo en ocasiones que no somos del todo conscientes de nuestros compromisos y de la responsabilidad que asumimos primero al alcanzarlos y luego, lo que supondrá mantenerlos.

Si no asumimos la realidad de las situaciones existentes o manipulamos o maquillamos la realidad, estaremos incurriendo en lo contrario de la lealtad. Se llama deslealtad. Por eso es importante saber que siempre se puede decir la verdad sabiéndola decir. No es leal la actitud que nos lleva a la sumisión, adulación o fingido respeto hacia los demás por no herirles o por temor. Podemos querer mucho a una persona, desear no hacerle daño con la verdad, pero eso no significa que debamos escondérsela o le ocultemos aquello que, antes o después, debe conocer por incómodo o desagradable que pueda resultarle. La persona auténtica y totalmente leal es recta, digna e incorruptible.

Probablemente nadie entienda mejor que es la lealtad que aquel a quien le hayan traicionado en alguna ocasión.

Qué es lealtad en 5 notas

1. Lealtad es ser quien eres siempre de manera auténtica.

2. Lealtad es perdonarte a ti mismo aun cuando a veces no logres entenderte.

3. Lealtad es respeto a nuestras creencias, convicciones, ideales y decisiones, como la más sublime expresión de nuestro ser.

4. Lealtad es luchar con alegría y convicción por aquello que queremos aunque nos exija esfuerzo y sacrificio.

5. Lealtad es acompañar a quien se ama en sus dudas y en sus defectos.

Para ser leales

1. La persona leal, lo es siempre y con respecto a todo: sus ideas, la familia, los amigos, las instituciones, su país.

2. La lealtad sólo está presente donde hay verdad.

3. Tenempos que tener sentido de pertenencia, cuidar las cosas que nos importan y aquellos a quienes importamos.

4. Renovar continuamente el compromiso de ser honestos, francos, sinceros y nobles con todas aquellas ideas y personas que nos importan.

5. La palabra dada es sagrada: los compromisos se alcanzan para cumplirlos.

6. Propiciaremos un buen ambiente de trabajo en la medida de nuestras posiblidades y desde nuestra respectiva responsabilidad.

9. Comuniquémonos de manera directa, sencilla y clara, hablándo a los demás como nos gusta que nos hablen a nosotros.

Cómo desarrollar lealtad hacia los demás

1. Haciendo lo que esté en nuestra mano para ayudar a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, a la empresa en la que trabajamos o a nuestro país en general.

2. Esforzándonos por ayudar a otras personas a mejorar y superar sus defectos y dificultades siendo sinceros y generosos con ellos.

3. Interesándonos por los problemas de nuestra sociedad, nuestra comunidad, nuestro país y llevando a cabo acciones sociales o ciudadanas con compromiso en favor de ellas.

4. Apreciando, valorando y respetando nuestra cultura, identidad, valores e ideales.

Actitudes desleales

Para ser leales también resulta interesante conocer qué actitudes son contrarias a este valor. A saber:

- Las críticas no constructivas que se hacen de las personas, haciendo hincapié en sus defectos, lo limitado de sus cualidades o lo mal que hacen su trabajo.

- Divulgar los secretos o confidencias que se nos han realizado.

- Quejándonos continuamente del modo de ser de alguien y no haciendo nada para superar o acabar con esa situación o relación.

- No cuidando a nuestros amigos, no prestándoles la atención y cercanía que merecen o simplemente dejando de relacionarlos con ellos por razones injustificadas y de poca trascendencia sin darles explicación alguna.

- La desidia en el trabajo, la falta de implicación o la dejadez en el cumplimiento de nuestras obligaciones sin ningún compromiso en lo que hacemos o esperan de nosotros.

Sin embargo, no basta con contradecir las actitudes desleales. Para ser leal, es necesario detenernos a considerar algunos puntos:

- En toda relación se adquiere un deber hacia las personas: la confianza y el respeto que debe de haber entre padres e hijos; la empresa con los empleados; entre los amigos; los alumnos hacia su escuela.

- Se deben buscar y conocer las virtudes permanentes para cualquier situación, de otra manera se es “leal” mientras se comparten las mismas ideas.

- La lealtad no sólo es consecuencia de un sentimiento afectivo, es el resultado del discernimiento para elegir lo que es correcto.

- Si se coloca como valor fundamental el alcance de objetivos, se pierde el sentido de lealtad. La persona que participa en una actividad sólo por el éxito que obtendrá, fácilmente abandonará la empresa cuando las cosas no salgan bien o deje de obtener los beneficios esperados.

- Lo importante es vivir las virtudes por lo que representan, por el convencimiento que tenemos de ellas y no porque nos interese respetarlas.

Con todo lo anterior veremos que aún sin darnos cuenta, las relaciones que hemos sabido mantener se deben en gran medida a la vivencia del valor de la lealtad.

Por mantener incólume una amistad, por evitar un daño a un amigo, me enfrento a quien sea. Porque tengo unos principios más honestos, porque la bajeza y ruindad de algunos no me da miedo, porque no abandono a los míos cuando las cosas se ponen feas... porque, en definitiva, soy leal.

Y recuerda, eres desleal contigo mismo y con los demás cuando niegas con tus actos, lo que pregonas con tus palabras.

Dos frases para acabar:

“La lealtad es el camino más corto entre dos corazones” de José Ortega y Gasset.

“Hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca” de Antonio Genovesi.


sábado, 7 de febrero de 2009

Humildad (II)

Decía en la primera parte de este post que desde una perspectiva espiritual, la virtud de la humildad consiste en saber inclinarse ante la vida. En la necesidad de ser conscientes de nuestras debilidades y limitaciones en comparación con la grandeza del universo. Esa actitud nos conducirá a aceptar y reconocer nuestra pequeñez y futilidad ante aquella.

Lo que todos necesitamos y cómo ser humildes

Todos deseamos una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien, y la comprensión de los demás cuando -a pesar de la buena voluntad- nos hemos vuelto a equivocar. Necesitamos que se fijen en lo positivo y no sólo en nuestros defectos; que haya un clima de cordialidad en nuestro trabajo o en nuestro hogar; que se nos exija, pero con buenas formas; que nadie hable mal a nuestra espalda; que haya alguien que nos defienda cuando nos critican y no estamos presentes; que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos; que se nos haga una corrección positiva de las cosas que hacemos mal, en lugar de criticarnos; que nos ayuden en definitiva, cuando estamos necesitados… Por tanto, estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de ser capaces de hacer por los demás.

Lo contrario de la humildad: la soberbia

“Por el orgullo buscamos la superioridad ante los demás. La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia” decía Santo Tomás.

La soberbia es la afirmación desordenada del propio Yo. El hombre humilde, cuando identifica algo no positivo en su vida puede enmendarlo, aunque le duela. El soberbio al no aceptar, o no ver ese defecto, no puede corregirlo, y se queda con él. El soberbio no se conoce o se conoce mal. Su soberbia lo contamina todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo. El soberbio exige un trato especial porque se cree distinto y entonces, hay que intentar ser siempre cuidadoso evitando herir su susceptibilidad. Su actitud dogmática en las conversaciones, sus intervenciones irónicas -no le importa dejar en mal lugar a los demás por quedar bien él- la tendencia a poner punto final a las conversaciones que surgen con naturalidad, etc., son manifestaciones de algo más profundo: un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando el único horizonte de su vida es sólo ella misma.

Hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir y practicar manifestaciones de humildad que sirvan para ayudar y hacer felices a los demás. Si no luchamos por olvidarnos cada vez más de nosotros mismos, pasaremos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos daremos cuenta de que necesitan una palabra de aliento; que valoremos lo que hacen; animarles a ser mejores y en definitiva, ayudarles.

El egoísmo ciega y nos cierra el corazón de los demás. La humildad por el contrario abre constantemente el camino hacia los otros a través de pequeños detalles de servicio. Ese espíritu alegre, de apertura y disponibilidad hacia los demás, es capaz de transformar cualquier realidad por difícil que sea.

La falta de humildad

Se muestra en la susceptibilidad; en querer ser el centro de atención en todas las conversaciones; en la molestia por considerar que a otros se les aprecia más; en sentirnos desplazados o con la creencia de que no nos atienden como merecemos. Los arrogantes hablan continuamente por el placer de oírse a sí mismos y para que los demás les oigan: siempre tienen algo que decir, o algo que corregir a los demás. Se creen el centro del universo. Su imaginación está siempre funcionando, impidiendo de esa manera que su alma crezca.

Con todo, la virtud de la humildad no consiste sólo en rechazar los movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas. La humildad no se manifiesta en el desprecio, sino en el olvido de uno mismo, reconociendo con alegría, que nadie goza de nada que antes no haya recibido.

¿Cómo buscar y encontrar la humildad?

4 pasos fundamentales:

1. Conócete. "Conócete a ti mismo" decían los griegos. La Biblia dice que es necesaria la humildad para ser sabios. Sin embargo, es difícil conocerse. La soberbia, que siempre está presente dentro del hombre, ensombrece la conciencia, disimula los defectos propios, busca continuamente justificación a los fallos y a los errores. No es infrecuente que, ante un hecho claramente negativo, el orgullo se niegue a aceptar que aquella acción haya sido real. De ahí las excusas que llevan a pensar: "no puedo haberlo hecho yo", o bien, "bueno, tampoco es tan negativo”, o incluso, "la culpa es claramente de los demás".

Por ello, es muy útil buscar el defecto personal dominante para poder evitar las peores inclinaciones con más eficacia. También conviene identificar nuestras mejores cualidades -no para envanecerse- sino para ser optimistas y desarrollar las buenas tendencias y virtudes a partir de aquellas.

2. Aceptate. Una vez hemos conseguido un conocimiento personal más o menos profundo de nosotros mismos, viene el segundo escalón de la humildad: aceptar la propia realidad. Resulta difícil aceptarse porque la soberbia se rebela cuando la realidad es negativa o no nos gusta. Aceptarse no es lo mismo que resignarse. Si se acepta con humildad un defecto, error o limitación, sabremos contra qué luchar y entonces, es posible vencerlo. Ya no se camina a ciegas sino que conocemos al enemigo. Pero si no se acepta la realidad, ocurre como en el caso del enfermo que no quiere reconocer su enfermedad: de esa manera no podrá curarse. Sin embargo, sabiendo que hay remedio, se podrá cooperar con los médicos para mejorar. Hay defectos que podemos superar y hay límites naturales que debemos saber aceptar que están ahí.

Es distinto un error que una limitación. Los errores son más fáciles de superar porque suelen ser involuntarios. Una vez descubiertos se pone el remedio y las cosas vuelven al cauce de la verdad. Si el defecto es una limitación, hay que saber aceptarla y a partir de ese momento trabajar para superarla. Sin embargo, sin humildad no se aceptan las propias limitaciones ni pueden superarse. El que no acepta las propias carencias se expone a hacer el ridículo, por ejemplo, hablando de lo que no sabe o alardeando de lo que no es.

Vive según tu conciencia o acabarás pensando como vives. Es decir, si tu vida no es fiel a tu propia conciencia, acabarás cegando tu conciencia con teorías justificadoras pero falsas que harán incoherente tu vida.

3. Olvídate de ti. El orgullo y la soberbia llevan a que el pensamiento y la imaginación giren en torno al propio Yo. Muy pocos llegan al nivel de lograr olvidarse de si. La mayoría de la gente vive pensando en si mismo, sólo centrados en sus problemas. El pensar demasiado en uno mismo se convierte en un vicio: se encuentra un cierto gusto en la lamentación por las propias dificultades e incluso en atraer la atención de los demás por ellas.

El olvido de uno mismo no es lo mismo que indiferencia ante los problemas. Se trata más bien de superar el estar demasiado pendientes de nosotros. En la medida en que se consigue el olvido de sí, se consigue que alcancemos paz y alegría. Es lógico que así sea, pues la mayoría de las preocupaciones provienen de conceder demasiada importancia a nuestros problemas, algunos reales pero otros muchos imaginarios o exagerados. El que consigue el olvido de sí está en el polo opuesto del egoísta que continuamente esta pendiente de lo que le gusta o le disgusta, lo que le conviene o no. Con olvido de si, se puede decir que se consigue un grado aceptable de humildad. Por tanto ese olvido de nosotros mismos nos conduce a un cierto abandono que consiste en algo así como una dejación responsable. Las cosas que ocurren -tristes o alegres- ya no preocupan, solo ocupan. Es lo que algunos llaman fluir con la vida y sin mostrar resistencia.

4. Date. Este es el grado más alto de la humildad, porque más que superar cosas negativas se trata de vivir la caridad, es decir, vivir para dar comprensión y amor a los demás. Si se han subido los tres escalones anteriores: ha mejorado el conocimiento propio, la aceptación de la realidad y la superación del yo como eje de todos los pensamientos e imaginaciones, entonces es el momento de darse a los demás. Si se mata el egoísmo, se puede vivir el amor, porque ambos son totalmente incompatibles entre sí: o el amor mata al egoísmo o el egoísmo mata al amor.

En este cuarto nivel, la humildad y la caridad conducen una a la otra y practicamente se confunden. Una persona humilde -al librarse de las alucinaciones que provoca la soberbia- ya es capaz de amar a los demás por sí mismos, nunca por el interés o el provecho que pueda obtener de su relación con ellos.

Cuando la humildad llega al nivel de darse, se experimenta muchísima más alegría que cuando se busca y se encuentra el placer egoístamente. La persona generosa experimenta siempre, una felicidad interior que es desconocida para el egoísta y el orgulloso.

Por eso es muy importante no hacer nunca nada por rivalidad o por vanagloria, sino con humildad y por amor. Si actuamos así, no veremos -como tantas veces pasa- la paja en el ojo ajeno sin percibir la viga en el propio. Sin humildad las faltas más pequeñas del otro las aumentamos; las mayores faltas propias tendemos a justificarlas o quitarles importancia.

Por el contrario, la humildad nos hace reconocer pronto los errores propios y nuestras carencias. Estaremos en condiciones de ver con comprensión los defectos de los demás y poder ofrecerles y prestarles nuestra ayuda. También estaremos en condiciones de quererles y aceptarlos con todas sus deficiencias, fallos y limitaciones. Entonces ya, sus defectos, no nos importarán.

Y para concluir, como siempre, un par de frases que me gustan sobre la humildad:

“Donde hay soberbia, allí habrá ignorancia; mas donde hay humildad, habrá sabiduría”. (Salomón).
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“Si asumimos una actitud de humildad, crecerán nuestras cualidades”. (Dalai Lama).

sábado, 31 de enero de 2009

Humildad (I)

La palabra humildad tiene su origen en la latina humus, tierra; Humilde, en su etimología, significa inclinado hacia la tierra como virtud de realismo, pues consiste en ser conscientes de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia. Más exactamente, la humildad es la sabiduría de lo que somos. Es decir, es la sabiduría de aceptar nuestro nivel real de evolución como personas.

Los humildes son personas modestas que no piensan que son mejores o más importantes que otros, aunque esto no tiene nada que ver con experimentar sensación de inferioridad.

Con el valor de la humildad no existe la necesidad de decir o hacer gala de nuestras virtudes ante los demás. Una persona que vive la humildad sabe escuchar y aceptar a todos. Humildad es conocer nuestras cualidades utilizándolas siempre de manera benevolente. Ser humilde es también dejar ser y dejar hacer, reconociendo y entendiendo la forma de vivir de los demás. Por eso, en la medida en que somos humildes, adquirimos grandeza para los otros.

Sólo podemos servir y ayudar sinceramente a lo demás a través de la humildad. Una persona humilde se adapta a todo y a todos y es siempre prudente en sus palabras.

Para ser humilde, debemos conocernos bien a nosotros mismos: ser conscientes de nuestras limitaciones y nuestras carencias y en consecuencia, ser comprensivos y entender las de los demás. Por eso, humildad y paciencia, caminan juntas por la misma senda.

Seamos humildes. No con simulada sencillez, ni falsa modestia, que equivaldrían a rebuscada soberbia, sino con auténtica humanidad. No hay peor soberbia que pretender ser tenido por humilde. El auténtico humilde no sabe que lo es. Nadie parece tan grande como cuando confiesa su pequeñez, ni para nada se necesita más fuerza que para ser humilde. Por ello, la humildad es una escasa virtud bastante difícil de practicar. Tiende a ser una virtud sublime que se predica y de la que a todos les gusta hablar, pero de las menos frecuentes. Humildad y verdad están unidas pues la verdad se busca y se encuentra siempre a través de la humildad.

El humilde ve las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo. En la medida en que un hombre es más humilde crece en él una visión más correcta de la realidad.

Mientras el orgullo y la soberbia nos separan de las personas, la humildad, nos une. No es fácil ser humilde aunque es fácil sentirnos humildes: basta con levantar la vista hacia la bóveda celeste cualquier noche estrellada y admirar el universo en su grandeza. La reflexión inmediata es que sólo somos la infinitésima parte de una mota de polvo en un inmenso e infinito océano sideral.

Humildad sin embargo, no significa desvalorización. Tomar conciencia de las capacidades propias es compatible con la humildad. La persona humilde sabe que puede no haber hecho lo suficiente y siente entonces la responsabilidad de hacer más, y por ende, de superarse. Manteniendo una saludable autoestima no se necesita la alabanza ajena. La vanidad es un desesperado intento de escapar de una percepción de inferioridad o de vacuidad propias.

Quien aprende a ser humilde, logra una vida feliz. Con humildad se desarrolla la capacidad de admitir los errores, y la crítica pasa a ser entendida como una vía de crecimiento. Con humildad es fácil perdonar y apreciar lo que tenemos, pues tomamos conciencia de que todo es un regalo. El poeta León Felipe lo describió muy bien: “Así es mi vida, piedra, como tú; como tú, piedra pequeña; como tú, piedra ligera; como tú, canto que ruedas, por las calzadas, y por las veredas; como tú, guijarro humilde de las carreteras;...”.

La humildad en la Filosofía

La humildad no es una virtud reconocida como tal en todos los sistemas filosóficos. Es más, en algunas corrientes filosóficas se ha cuestionado hasta el punto de considerarla un vicio en la medida en que representaría una debilidad para afirmar el propio ser. Ninguno de los grandes filósofos griegos -Sócrates, Platón, Aristóteles- elogiaron la humildad como una virtud digna de practicarse, ya que nunca llegaron a desarrollar un concepto de Dios lo suficientemente rico para poner de manifiesto la pequeñez del ser humano. En Occidente, es sólo a partir del advenimiento del cristianismo cuando esta virtud llegar a ser considerada el fundamento imprescindible de toda moral cristiana. Para Nietzsche, la humildad no puede significar más que una bajeza, una debilidad de instintos propia de quien actúa inspirado por una moral de esclavos. En su idea del superhombre, no tiene cabida alguna. Sin embargo, la filosofía de Oriente, con un desarrollo espiritual mayor que la de Occidente, nunca dudó en asignarle un papel relevante dentro de las virtudes del sabio. Así, los verdaderos maestros de la sabiduría mística de Oriente ascendieron a sus más altos niveles de conciencia trascendiendo su ego, transformándose en seres universales al fundirse con el río de la vida. Para todos ellos, los primeros peldaños del sendero estuvieron hechos de humildad. La humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz o discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para -precisamente en razón de esa carencia- buscar activamente llenarse de él, a través de los maestros, de la meditación, del diálogo con sus semejantes o del conocimiento de si mismos. Para estas filosofías, la mente humilde es receptiva por naturaleza y por ello, la mejor dispuesta a escuchar, aprender y aceptar. En el caso opuesto está la mente arrogante que creyendo saberlo todo, se cierra al conocimiento. En esa carencia de conciencia de los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser más importante que los demás. Por eso el arrogante, con frecuencia, incurre en la crítica destructiva que sólo le lleva al enfrentamiento inútil.

En cambio, el auténticamente humilde considera que las experiencias de la vida son posibilidades abiertas para aprender más. En su capacidad para comprender, sabe que el camino de la sabiduría es infinito, y por esa razón, no es posible presumir de sabios o eruditos. La humildad como conciencia de nuestra falible esencia, nos facilita la tarea de reconocer nuestros errores, y es el primer paso para mejorar y superarnos. Mientras el soberbio pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue su camino de progresión personal, sin temer recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero.

Ser humilde es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí, comenzar a trabajar para que desaparezcan tus miedos y sufrimientos. Por eso, habitualmente se dice que, la vida nos proporciona una larga lección de humildad.

Y para concluir un par de frases:

“Los más generosos acostumbran a ser los más humildes”. René Descartes.

“El secreto de la sabiduría, el poder y el conocimiento es la humildad”. Ernest Hemingway.

domingo, 18 de enero de 2009

Honestidad

La honestidad es una cualidad humana por la que nos comportamos y expresamos con coherencia y sinceridad, y respetando los valores de verdad y justicia. Con honestidad no hay contradicciones ni discrepancias entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace: se dice lo que se piensa y se hace lo que se ha dicho. Nuestro interior y lo que manifestamos al exterior, es idéntico. Esa integridad proporciona claridad y ejemplo a los demás.

La honestidad es lo contrario de la hipocresía o la artificialidad: que es pensar de una manera y actuar de otra. A medio plazo esa impostura se descubre y provoca en los demás, al principio, confusión y después, a la larga, desconfianza y rechazo.

La honestidad es un valor indispensable para que las relaciones humanas se desenvuelvan en un ambiente de confianza y armonía, pues garantiza respaldo, seguridad y credibilidad a las personas. Se necesita honestidad para fortalecer y desarrollar autoestima, sabiduría y estabilidad propias. Las motivaciones egocéntricas, los propósitos ocultos y los sentimientos y hábitos negativos no nos permiten alcanzar una actitud honesta. Tenemos que ser honestos con el corazón y también con la cabeza. De lo contrario, se produce autoengaño o tendencia a mentir a los demás oscureciendo los asuntos con excusas y explicaciones confusas.

No siempre, somos conscientes del grado de honestidad o deshonestidad de nuestros actos: el autoengaño hace que perdamos la perspectiva de la honestidad hacia nosotros mismos, obviando todas aquellas visiones que pudieran alterar nuestra decisión.

Se dice que “el barco de la verdad puede tambalearse, pero nunca se hunde”. El fruto de la honestidad: ser digno de confianza, garantiza que el barco nunca zozobre. Por ello, el valor de la verdad le hace a uno honesto y digno de confianza. Lo mismo que, confiar en los demás proporciona la base y la conexión necesaria para mantener unas buenas relaciones personales. De ahí que sea preciso compartir con honestidad los sentimientos y las motivaciones de cada uno. Cuando hay honestidad y actuamos de corazón, también hay cercanía. Sin estos principios, ni los individuos ni la sociedad pueden funcionar auténticamente bien.

La aplicación personal de la honestidad es útil porque funciona y crece a medida que se ejercita. Hay que ser honesto de manera tan completa y sincera como sea posible en todo momento. Cuando se obtiene la experiencia del éxito siendo honestos, el compromiso con la honestidad e integridad se refuerzan. Ser honesto con el propio ser -verdadero y fiel con nuestros propósitos- nos hace sentirnos bien. Para ello se requiere pureza en las motivaciones y consistencia en el esfuerzo.

Una persona honesta se rige por códigos de conducta respetuosos con la vida. El principal y más importante: no dañar a los demás. Honestidad es también no hacer nunca un mal uso de lo que se nos confía. Cualquier cosa: sentimientos, confidencias, bienes materiales, etc. La persona honesta es grata y estimada; el honesto es bondadoso, amable, correcto, justo, desinteresado y admite que está equivocado, cuando lo está; sus sentimientos son transparentes, su buena autoestima le motiva a ser mejor, no aparenta y en definitiva, se muestra a los demás como quién es. La honestidad garantiza confianza, seguridad, responsabilidad, confidencia, lealtad y en una palabra, integridad. Se vive de forma congruente entre lo que se piensa con nuestro cerebro, lo que se siente con nuestro corazón y lo que se dice y se hace. El valor de la honestidad es visible en cada acción que se realiza. Cuando existe honestidad y limpieza en lo que se hace, hay cercanía y cariño de los demás.

Cómo desarrollar honestidad

1. Siendo personas de palabra: lo que decimos lo cumplimos.

2. Actuando con rectitud de acuerdo con nuestros valores.

3. Diciendo la verdad como actitud de respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos.

4. Pensando positivamente.

Cómo ser honestos

1. Siendo sinceros en palabras, comportamientos y afectos. La honestidad consiste en decir la verdad a quien corresponde, de modo oportuno y en el lugar correspondiente.

2. Cumpliendo nuestros compromisos y obligaciones según lo acordado, sin reservas, engaños, excusas o retrasos injustificados.

3. Evitando la murmuración y la crítica de los demás, sin inventar ni exagerar.

4. Guardando discreción y seriedad con las confidencias personales y secretos profesionales.

5. Cuidando la administración de los bienes materiales y los intereses económicos, especialmente si no son propios.

6. Siendo fieles a las promesas dadas y a los compromisos asumidos.

7. Actuando diligentemente y cumpliendo con nuestros deberes y obligaciones, asumiendo siempre nuestra responsabilidad.

8. Aceptando serenamente los errores y faltas cometidos así como sus consecuencias; rectificando y pidiendo disculpas cuando dañamos a otros.

La paradoja de la honestidad y la dificultad de su ejercicio pleno

La honestidad es uno de los valores que más y mejor imagen personal generan, siendo por ello esgrimido como "cualidad" por aquellos que quieren ganarse el favor de otros. Pero la gran contradicción estriba en el hecho de que mientras más se use como una forma de atraer a los demás -como una careta- más deshonesto se es. Y por el contrario, mientras menos se persiga como "carta de presentación", como forma de acercarnos a otros, más se logra. Una falta de honestidad, de veracidad, es aparentar una imagen que no corresponde con la realidad. Por ejemplo, es muy deshonesto aparentar virtudes que no se tienen.

Ser deshonesto es ser falso, injusto, impostado, ficticio, demagogo. La deshonestidad no respeta a la persona en sí misma y busca la sombra, el encubrimiento: es una disposición a vivir en la oscuridad y sobre todo defender el interés individual aún a expensas de los demás. Ser honesto es ser transparente. Para eso es necesario desprenderse de las "máscaras" que el ser humano se pone para defenderse, para ocultar sus inseguridades o miedos. El recelo, la agresividad, las apariencias, son algunas de esas máscaras. Preocuparse excesivamente por “el qué dirán”, justificarse o excusarse continuamente, aparte de mostrar inseguridad en uno mismo, es una clara evidencia de falta de honestidad.

Siendo honestos debo decir que creo que es muy difícil ser honestos siempre en todo momento, con todo el mundo y al cien por cien. Nadie es perfecto y todos, de una u otra manera en alguna ocasión nos mentimos, incluso, a nosotros mismos. Algunos muchísimo a sí mismos. Es hasta cierto punto inevitable: somos humanos y vivimos en sociedad. Como alguien dijo, la educación y en definitiva, la civilización, se asientan sobre cierto grado de hipocresía. Sostener lo contrario, además de irreal, sería deshonesto por mi parte. Quizá por ello, Stephen Vincent Benet sostenía que: “La honestidad es tan rara como un hombre que no se engaña a sí mismo”. Y es que es extremadamente complejo ser siempre y totalmente honesto y no herir sensibilidades diciendo a los demás todo lo que pensamos, sentimos o vivimos. Por eso Thomas Paine dejó escrito que: “El que no se atreve a ofender no puede ser honesto.” Al final quizá sólo nos quede el genial y humorístico sistema que proponía Groucho Marx: “Sólo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Y si responde inmediatamente que "sí" y siempre, entonces sabes que está corrupto”. Es hilarante aunque sirve muy bien para explicar lo que estamos tratando.

Lo que NO es honestidad

No es simple honradez, pues esta es sólo una consecuencia particular de ser honestos y justos y referida a cuestiones materiales.
No es mero reconocimiento de nuestras emociones "así me siento" o "así soy yo”. Es necesario analizar nuestros sentimientos y ordenarlos para nuestro propio bien y el de los demás.
No es ser descarnadamente sinceros. Hay que expresar toda la verdad con las personas adecuadas y en los momentos correctos.
No es sólo y mera transparencia hacia el exterior. La honestidad debe comprender todos nuestros actos, los internos y los que manifestamos hacia afuera.

Hay que tomar la honestidad en serio, ser conscientes de cómo nos afecta cualquier falta de ella por pequeña que sea. Reconocer que es una condición muy importante para las relaciones humanas, para la amistad y para una adecuada vida en sociedad.

A continuación incluyo una declaración que contiene todos los ingredientes de la honestidad. Fue realizada por Mr. P.H. Spaak, Presidente de la Primera Sesión de la Asamblea General de la ONU, celebrada en enero de 1946. Dice así:

“Nuestras deliberaciones deben ser plenas, deben ser minuciosas y deben ser corteses. Los votos que hacemos deben ser libres. Sobre todo es esencial que las decisiones, una vez tomadas, sean aceptadas lealmente y todos hagamos lo mejor para implementarlas en su totalidad”.

Y para acabar, como es mi costumbre, un par de frases sobre honestidad que me gustan especialmente:

“Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas”, de Gabriel García Márquez, y,

“Fingimos lo que somos, seamos lo que fingimos”, de Pedro Calderón De La Barca.

sábado, 10 de enero de 2009

Serenidad (II)

En la primera parte del post hablé de lo que es Serenidad. Sin embargo, lo que más nos importa ahora es saber cómo alcanzarla. En definitiva, la pregunta es ¿cómo se practica una actitud de serenidad cuando todos debemos afrontar a diario problemas personales, familiares, laborales, sociales o económicos? Es evidente que toda esa presión nos conduce a un estado opuesto a la serenidad: el nerviosismo, la irritabilidad, el malestar, el enfado. Parece pues imposible que en medio de tantas preocupaciones y contratiempos, podamos conservar la serenidad para resolverlo todo sin caer en la desesperación o afectar a los demás con nuestra impaciencia y mal humor. Antes de responder, profundicemos en las causas que subyacen en la falta de serenidad.

El descontrol mental es el enemigo de la serenidad

Todas nuestras alteraciones emocionales no se deben -como algunos piensan- sólo al padecimiento de experiencias adversas y desagradables sufridas en el pasado. No es lo ocurrido en el pasado lo que nos hace daño, sino la interpretación que realizamos de ello y la manera como lo recordamos y reaccionamos. Es nuestro recuerdo el que nos causa el dolor y sufrimiento que padecemos en el momento presente. (Véase el post sobre Perdón). En consecuencia, el enemigo a combatir está en nuestro interior. Somos nosotros los que en una parte muy importante creamos nuestro malestar psicológico y nuestra realidad, pues aunque las circunstancias puedan contribuir a agravarlo, casi siempre, lo hacen con un papel secundario. Por eso, la solución parte de nosotros: de nuestra manera de enfocar la realidad a través de nuestras creencias muchas veces erróneas y dañinas -los famosos “yo soy así”, “deberían de”, “tengo que”, “por qué no”, “eso es injusto”, “no tengo por qué aceptarlo” etc.).

Cuando intentamos luchar contra nuestras emociones negativas y tratamos de eliminarlas, lo que realmente estamos haciendo es darles fuerza y energía de modo que las hacemos más reales, más patentes y perdurables en nuestra vida. Al combatirlas sólo conseguimos avivarlas. Ese rechazo y la lucha contínua contra ellas nos producen desgaste emocional y sufrimiento. Por el contrario, la aceptación de las situaciones nos libera y da paz mental y espiritual.

Cuanto más nos empeñamos en alcanzar algo de forma obsesiva, más se instala en nosotros la duda de si lo lograremos y con ello, la sensación de ansiedad que es lo opuesto a un estado de serenidad. De hecho, empezamos a sentir ansiedad cuando notamos que estamos empezando a ponernos nerviosos y esto, a su vez, nos provoca mayor ansiedad. Debemos fluir con la vida aceptando y adaptándonos a las cosas que nos da, sin preocuparnos por el futuro. Ojo, digo preocuparnos, no digo no ocuparnos. Son cosas distintas. Preocuparse es obsesionarse por controlar qué ocurrirá y cómo se producirá. Ocuparse es hacer lo posible porque salga bien sin obsesionarse con el resultado.
La vida está llena de cosas buenas y no tan buenas; circunstancias positivas y otras que no lo son y debemos enfocarla considerando que no existen problemas sino oportunidades de crecimiento y de cambio, pero ante todo, debemos saber que nuestros pensamientos provocan nuestras emociones; que estás son las que generan nuestros sentimientos y que estos, a la postre, se proyectan o traducen en actitudes vitales. Jampolsky decía: "No son las demás personas ni las circunstancias las que nos perturban, sino más bien nuestros propios pensamientos y actitudes sobre esas personas y circunstancias las que nos producen inquietud".

La paz con uno mismo y con los demás es hermana gemela del equilibrio mental. Si de verdad deseamos paz, necesariamente habremos de poner fin a las hostilidades, luchas e inquietudes que fatigan nuestro cuerpo y espíritu. El equilibrio personal vendrá siempre de nuestro interior, de la aceptación propia y de la aceptación de los demás. Por el contrario, la intranquilidad y el desasosiego tienen como fuente primordial la lucha que libramos en nuestra propia mente cuando nos proponemos alcanzar a toda costa objetivos irreales o la solución de conflictos irresolubles. Muchas veces hay que saber decir basta y hay que saber perder. Sin embargo, a menudo no lo logramos porque hacemos depender nuestra paz interior, nuestro equilibrio personal, de las actitudes de los demás, de que cambien o hagan lo que nosotros queremos. Deseamos dominar sus vidas y eso, además de muy difícil, no tiene sentido.

Es frecuente que culpabilicemos de nuestro estado de ánimo, depresiones, mal carácter, desidia o desgracia al hecho que, familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos o conocidos no respondan exactamente con su conducta a las expectativas concretas que teníamos depositadas sobre ellos, o no persigan nuestros objetivos. Perdemos los nervios, nos desequilibramos y atormentamos porque los demás no amoldan su vida y su conducta a la nuestra y por eso, les acusamos de ser la causa de nuestras desdichas y malestar.

Es absurdo hacer depender el equilibrio personal, nuestra felicidad y paz interior, de la conducta de los demás. Porque al proponernos cambiar a otra persona, le estamos otorgando el poder de decidir si disfrutaremos o no de paz y bienestar, pues dependemos de su actitud con nosotros, comportamiento que, lógicamente, no está en nuestras manos gobernar. No existe una pretensión o una actitud más inmadura e infantil que esa. Pese a ello, pocos adultos llegan a comprender que la paz y el equilibrio mental, son siempre un proceso interior, dinámico y particular de cada individuo. Cada persona es quien decide, elige y crea su propio clima interior y exterior –su realidad- precisamente, fomentando en su mente pensamientos de paz, sosiego, serenidad, y bondad.

Si no aceptamos a los demás como son, con sus limitaciones y defectos, damos entrada en nuestro corazón al desasosiego, las lamentaciones y los sentimientos negativos. Cada uno de nosotros se crea sus propios estados depresivos, de frustración, de venganza, de confusión y de ira al imponernos metas inalcanzables o queriendo imponer nuestra voluntad -la que creemos acertada- a los demás. Insisto, son nuestros pensamientos, nuestra forma de ver el mundo y a las personas con las que nos relacionamos, lo que tiene que cambiar a positivo para lograr alcanzar equilibrio y serenidad plena.

¿Cómo puede encontrar cualquiera su propio equilibrio personal y mantenerlo? Con la autoobservación y con la vigilancia interior. Cada vez que te descubras a ti mismo culpando a otros de tus desgracias y problemas, pretendiendo cambiarles para que se amolden a tus deseos y pretensiones, estás produciendo y alentando tu propio malestar. Siempre que dentro de ti, en tu mente o en tu corazón, se produzca una reacción desequilibrada, haz lo posible por serenarte poniendo en práctica ideas de comprensión, perdón y generosidad (Véanse los post´s sobre ellos).

Actitudes mentales que nos impiden alcanzar Serenidad

1. Pensar que los demás son siempre culpables de lo que nos ocurre y que han de ser ellos quienes resuelvan nuestros problemas.

2. Obsesionarnos con encontrar la solución casi de manera inmediata a la aparición del problema. Por lo general todo en la vida requiere de un tiempo de maduración y espera.

3. Tener pensamientos recurrentes y adoptar actitudes repetitivas que siempre nos conducen al mismo lugar. Si algo no funciona, no sigas haciéndolo porque te va a conducir a idéntico resultado. Además, tendrá un elevado coste personal para ti en: ansiedad, enfado y frustración, consumiendo tu energía, tiempo y buen humor.

4. Reaccionar y actuar por impulsos, privando a nuestra inteligencia de la oportunidad de conocer y dilucidar todas las vertientes del problema y sus posibles soluciones.

Actitudes mentales con las que alcanzar Serenidad

1. Debemos intentar cada día entender, que hay cosas que no podemos modificar. Sólo, cada uno de nosotros de manera interna, puede cambiar aceptando con serenidad que a lo largo del camino de nuestra vida nos relacionaremos con personas y situaciones que son como son, que no podemos cambiar y frente a las que no podemos hacer nada.

2. Evitar encerrarnos en nosotros mismos. El apoyo y ayuda de los demás es fundamental para solucionar muchas veces nuestras dificultades. Nuestra familia y amigos de confianza nos pueden ayudar. Tener el punto de vista de otros es siempre enriquecedor pues están fuera del problema y de esa manera pueden verlo y analizarlo con más claridad.

3. Concentrarnos en una labor o actividad. Parece contradictorio pensar en mantener la atención rodeados de tanta tensión y preocupación. Sin embargo, es posible salir de ese estado mental negativo encaminando nuestros esfuerzos o focalizando nuestra atención en realizar nuestro trabajo lo mejor que sepamos. Necesitamos liberar nuestra mente, salir del círculo vicioso y estar en condiciones de analizar las cosas con calma. No existe mejor distracción que el propio trabajo y la actividad productiva. Seguramente todos hemos tenido la experiencia de “distraernos del problema” sin darnos cuenta. Pasa lo mismo después de conciliar un buen sueño reparador. Cuando despertamos, tendemos a estar más lúcios, más frescos y liberados de la ansiedad y el pesimismo más resolutivos. Es entonces cuando, con serenidad, podemos pensar la mejor forma de abordarlo y decidir su mejor solución.

4. Cuidarnos físicamente. Esta observación parece elemental y obvia, pero es que hay personas que se afectan tanto anímicamente que dejan de comer y dormir por las preocupaciones que sufren. Sabemos que las personas se vuelven más irritables ante la falta de alimento y descanso. Por lo tanto, este descuido merma nuestra capacidad de análisis y decisión y nos impide tener serenidad.

5. Dejar de observarnos y victimizarnos por nuestros problemas: ocuparnos menos de nosotros mismos y prestar más atención a lo que necesiten los demás, especialmente aquellos que nos importan. Eso nos distraerá.

6. Reconocer nuestras limitaciones y errores: tratar de corregirlos, sin dramatismo, pero con determinación y confianza.

7. Mantener una actitud optimista para afrontar la vida con decisión y alegría.

8. No dejarse influir o afectar por ciertas pretensiones y actitudes apremiantes o descalificadoras de aquellos que necesitan autoafirmarse en detrimento de nosostros.

9. No responder jamás a provocaciones, ni entrar en discusiones inútiles acerca de la valía personal u otras cuestiones estériles que no conducen a nada.

10. Ser firmes y no aceptar o transigir con aquellas imposiciones arbitrarias o no razonadas de aquellos con los que no estamos de acuerdo.

11. Aceptar la vida tal y como nos viene, con sus dudas, incertidumbres y dificultades: tratando de mejorar aquello que de nosotros dependa y no agobiándonos por dificultades y fracasos ya pasados.

12. No perder el tiempo con quejas inútiles ni caer en la trampa de juzgar, criticar y descalificar a los demás.

La serenidad hace a la persona dueña de sus emociones, adquiriendo fortaleza no sólo para dominarse, sino para soportar y afrontar la adversidad sin afectar el trato y las relaciones con los demás.

Por todo ello, es muy importante tener siempre en mente la llamada Oración de la Esperanza, que encabeza este post y entre cuyas plegarias se incluye una que menciona a la Serenidad:

“DIOS concédeme SERENIDAD para aceptar las cosas que no puedo cambiar, VALOR, para cambiar aquellas que puedo cambiar, y SABIDURÍA para reconocer la diferencia entre unas y otras".

sábado, 3 de enero de 2009

Serenidad (I)

Identificamos serenidad con todo lo apacible y sosegado. Referido a las personas describimos como serenas a aquellas personas que transmiten tranquilidad y paz, que son cordiales y dulces en el trato, y lo más importante, que no se alteran o turban por ninguna circunstancia.

El valor de la serenidad permite mantener un estado de ánimo apacible y sosegado aún en las situaciones más adversas, sin exaltarnos o deprimirnos, encontrando soluciones a través de una reflexión cuidadosa y sin exagerar ni minimizar los problemas.

Cuando las dificultades nos aquejan caemos fácilmente en la desesperación, nos sentimos tristes, irritables, desganados y muchas veces, creemos estar atrapados en un callejón sin salida. A simple vista, el valor de la serenidad parece que sólo debe ser patrimonio moral de aquellos que tienen pocos problemas. En realidad, todos los tenemos, la diferencia radica en la manera de afrontarlos y darles solución.

La serenidad es una sensación de bienestar que parte de nuestro interior y que permite centrarnos en las situaciones que suceden a nuestro alrededor desde una posición de fortaleza y confianza. Las personas serenas piensan siempre antes de decidir y actuar, y no sienten miedo, preocupación o ansiedad por el porvenir. No se condicionan por las experiencias negativas del pasado ni se preocupan por el futuro. Por eso, con la serenidad se vive el presente, se adopta una actitud positiva ante las dificultades y se mantiene un ánimo optimista para la superación de las dificultades. Esto no significa esperar que las cosas pasen o se arreglen por sí solas. Antes al contrario, la actitud serena nos lleva a actuar de acuerdo con lo que cada uno cree mejor para sí, atendiendo a las circunstancias que le rodean y lo que debe afrontar.

Tener serenidad exige disciplina mental personal. Sin embargo, la recompensa es disponer de una herramienta fantástica para enfrentar y superar la adversidad y las pérdidas. Aunque no siempre se tiene la capacidad para mantener la serenidad con respuestas adecuadas a la situación o el momento, lo importante es saber que lo que cuenta es la importancia del presente, del vivir aquí y ahora, con aquello que contamos, y partiendo de un planteamiento fundamental: 1) El pasado no existe: no lo podemos cambiar y 2) El futuro está por venir: no sabemos lo que va a ocurrir.

Ahora bien, serenidad no debe identificarse con indiferencia, complacencia o ignorancia. Muy al contrario, las personas serenas se toman su tiempo, valoran las situaciones, toman decisiones y actúan con base meditada en ellas. Esta actitud facilita la resolución de conflictos y reporta un pensamiento más elaborado –todo lo contrario de lo que es y provoca la ira- Con el pensamiento y la voluntad acude el discernimiento y la solución más apropiada y eficaz.

Por tanto se alcanza serenidad a través de un trabajo en profundidad sobre uno mismo. Una tarea de autoconocimiento y consciencia que desarrollaré con mayor profundidad en la segunda parte de este post.

Es un hecho que en nuestra sociedad se da poco la serenidad porque siempre hay motivos de preocupación. Lo habitual es hablar de angustias, penas y tristezas derivadas de un mundo basado en la competitividad, el consumo y el miedo al futuro por el deseo de intentar a toda costa asegurar nuestra vida. Todo ese control obsesivo de lo que ha de venir es radicalmente contrario a la serenidad. Por eso, las consultas médicas están llenas de pacientes que acuden solicitando remedios para el estrés y la ansiedad que padecen. Todo el mundo parece anhelar algo más de calma, serenidad y tranquilidad de la que habitualmente dispone en su vida. Para la mayoría esa búsqueda es infructuosa porque no conoce los métodos para llegar a encontrarla. Como ya he dicho, para ello es prioritario un planteamiento de inicio: no tener tanto en cuenta el pasado y dejar de preocuparse desmesuradamente por el futuro. El presente debe ser encarado con actitud positiva y optimismo sin vernos afectados o turbados por las dificultades y partiendo de la idea de que todo problema tiene su solución pues por definición, si no fuera así, no existiría el problema. Por eso para alcanzar serenidad hay que aprender a “parar la mente”.

Es la mente la que con frecuencia nos atormenta haciendo mucho ruido en nuestro interior, produciendo contínuos pensamientos de inseguridad, miedo y temor al fracaso. Nos tortura con juicios de valor, sobre nosotros mismos y los demás. Nos genera incesantes pensamientos de deseo, añoranza, nostalgia, frustración, etc. Por eso se hace necesario disciplinarla y ejercer sobre ella cierto autocontrol de nuestros pensamientos. Recordemos que la secuencia es muy clara: pensamientos -> emociones -> estados. Buenos pensamientos = buenos estados y a la inversa.

¿Qué podemos hacer entonces para evitar esas situaciones contrarias a la serenidad? Fundamentalmente distraer nuestra mente haciendo cosas: todo aquello que nos gusta o logre evadirnos. Cada uno aquello que le funcione: ejercicio físico, relacionarse con amigos o personas con las que nos sintamos bien; contacto y comunicación con la naturaleza; compañía de animales domésticos, meditación, lectura o cualquier actividad que a uno le reporte concentración y atención para evitar instalarse en el malestar por lo que ha ocurrido o en el miedo por lo que ha de venir.

Tener serenidad se podría traducir entonces como una nueva visión de las circunstancias y una recuperación de la confianza en la vida. La serenidad es aceptación y confianza, tranquilidad y fe, tanto en uno mismo como en los demás. Aceptación de los demás y de las circunstancias que nos tocan vivir. Y especialmente, aceptación entendida como valoración, agradecimiento, comprensión y encuadre de que, lo que ocurre a nuestro alrededor, es en gran medida producto de nuestros pensamientos, emociones y actitudes. Es decir, vivimos lo que nosotros sentimos y lo que proyectamos al mundo con nuestro comportamiento.

El cambio personal desde las actitudes reactivas hasta las actitudes conscientes, es el camino para convertir una actitud miedosa y alterada de la vida, en una actitud serena, tranquila, de calma y de aceptación.

En ocasiones podemos llegar a la saturación del sufrimiento. Sólo en ese estado, o bien quiebra nuestra salud mental, o bien por fin, sometemos a nuestro sistema de creencias a una revisión y a un cambio que nos haga ser de otra manera, sentir diferente y lograr por fin paz interior. Si fuéramos conscientes de que esa revisión nos puede ayudar, la haríamos inmediatamente todos, pues la serenidad, es uno de los caminos que, bien transitado, más momentos de felicidad nos puede dar. Todos deseamos felicidad. La vida es una perpetua búsqueda de ella y de amor, aunque la mayoría de ocasiones y considerando las situaciones que nos rodean parezca todo lo contrario.

En resumen, la serenidad es una meta que se consigue cuando uno hace una revisión y revaloriza su sistema de creencias. Al hacerlo descubrimos que muchas de nuestras creencias sobre la vida son falsas o no funcionan, muchas de ellas son producto de la educación recibida y de las relaciones personales que hemos tenido. Entonces, uno se hace consciente de que tiene mecanismos de defensa que son contraproducentes pues más que defendernos actúan contra nosotros mismos. Esos mecanismos son en realidad nuestros enemigos y por eso, hay que sustituirlos inmediatamente. Cuando eso ocurre, entonces de repente, uno se encuentra en la calma, en la aceptación y en la confianza básica a través de la consciencia, la sabiduría y la experiencia.

Como nos dice Isabel Salama –psicóloga clínica- los estados de depresión o bajada del estado de ánimo o la euforia que se traducen en una "falsa" subida de dicho estado de ánimo es lo que en psicopatalogía se conoce como actitud ciclotímica. Ambas actitudes, potencialmente observables en todos los seres humanos -y sobre todo en algunos cuya personalidad es ciclotímica- son la antítesis de la serenidad. Esto es tratable psicológicamente, sin embargo, el trastorno extremo emocional de los estados de ánimo es lo que llamaríamos trastorno bipolar, enfermedad psiquiátrica crónica que requiere un tratamiento farmacológico y psicológico de por vida.

Y para acabar esta primera parte un par de frases sobre la serenidad que me gustan especialmente:

“La serenidad no es estar a salvo de la tormenta, sino encontrar la paz en medio de ella”. (Thomas de Kempis).

"Si soy incapaz de lavar los platos con alegría, si quiero terminar pronto para sentarme y tomar el postre, también seré incapaz de disfrutar el sabor de ese postre. Con el tenedor en la mano, pensaré en lo que tengo que hacer después, y su textura, su aroma y el placer de comerlo se perderán. Siempre seré arrastrado hacia el futuro y nunca seré capaz de vivir el momento presente". (Thich Nhat Hanh).

En la segunda parte explicaré con más detalle los mecanismos desencadenantes de la falta de serenidad y las actitudes mentales adecuadas para combatirlos.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Confianza (II)

En la primera parte traté de la confianza en los demás. Ahora hablaré sobre la confianza en uno mismo: la confianza propia entendida como la convicción sobre nuestras capacidades y cualidades. Esta es una confianza que se consigue a medida que constatamos nuestra aptitud en las tareas que realizamos y logramos habilidad relacionándonos bien con los demás. Es por tanto, un sentimiento interior que podemos desarrollar. Para ello ya vimos que la infancia es una etapa trascendental, en particular, la relación con los padres. Ese vínculo paterno-filial nos tiene que reportar seguridad y atención y eso se obtiene sintiendo que nos aman. A lo largo de nuestra vida, aunque necesitemos ser escuchados, respetados y valorados -saber y sentir que se cree en nosotros y en nuestras capacidades- tenemos que saber que la confianza es algo que hay que desarrollar continuamente. Para ello es fundamental actuar y relacionarnos con los demás empleando paciencia, cuidando las formas y las acciones y, siendo siempre conscientes de nuestras limitaciones. Para sentir que los demás confían y creen en nosotros, es esencial que primero lo hagamos en nosotros mismos.

Confianza en nosotros mismos

Si no gozamos de equilibrio interior, es difícil sentirnos confiados y confiar en los demás. Es importante recibir el reconocimiento de los demás porque nos ayuda y anima. Sin embargo, lo importante es hacer las cosas con el corazón y porque realmente las deseamos: confiadamente. Nunca actuar por proyectar una imagen hacia los demás o pensando en el qué dirán o en obtener su aprobación. Si realmente no hacemos las cosas con convencimiento nos estaremos engañando, traicionando nuestra propia confianza y a la postre, la del resto. Actuando sin confianza en nosotros mismos esa misma confianza se ve disminuida y a través de ella nuestra autoestima. Para disfrutar de buena autoestima debemos estar convencidos de que la vida que llevamos está acorde con lo que sentimos y queremos.

Las relaciones hay que cuidarlas o descartarlas

Es nuestra responsabilidad seleccionar y cuidar a las personas con las que nos relacionamos y, algo muy importante, apartarnos de las que nos dañan y con su actitud lastiman nuestra confianza y autoestima.

Para que exista una relación sincera es imprescindible que exista confianza. Depende pues de nosotros generar confianza como punto de arranque y garantía de la buena salud de nuestras relaciones. Esto nos permitirá abrirnos a los demás, y relacionarnos con ellos sinceramente. La confianza es imprescindible para que las relaciones -amorosas, familiares o amistosas- sean un verdadero encuentro sereno y positivo que nos enriquezca como personas con equilibrio, armonía y autenticidad.

En consecuencia, confiar es abrir la puerta para poder recorrer el camino de nuestra vida de manera más sosegada. Es la esperanza y la ilusión con la que debe moverse todo ser humano que quiera sentirse bien dando sentido y proyecto a su vida.

Quien no goza de confianza en sí mismo, posterga las decisiones, demora continuamente la resolución de los asuntos pendientes, va dejando por el camino cosas sin hacer y mantiene una actitud de parálisis. Así, pone de manifiesto para sí y para los demás, que es una persona en quien no se puede confiar.

Cuestión de honestidad

Al ser tan necesario que sea verdadera, la confianza no puede ser ciega sino que ha de sustentarse en el conocimiento personal. Un conocimiento sobre nuestras posibilidades y limitaciones que ha de ser honesto, sincero y sin falsas expectativas.

Si no somos honestos con nosotros mismos, al final tenderemos a infravalorarnos y nuestra autoestima se verá afectada. Nos volveremos pesimistas, viviremos sin entusiasmo, dudaremos continuamente y seremos poco asertivos. Se complicará nuestra convivencia y nos condenaremos a una cierta invisibilidad social que terminará minando nuestro ánimo. Sin confianza personal propia se tiende a ser una persona dependiente que otorga autoridad sobre su vida a quienes creemos superiores o simplemente a depender de aquellos que creemos saben mejor lo que necesitamos.

Una forma para conocer si nuestra confianza está dañada es analizar nuestras dudas, esas que nos asaltan sobre cómo llevar a cabo algo. Qué hacer en un determinado momento o qué sentimos sobre los demás. Desconfiando de uno mismo y de los demás, nos precipitamos hacia una visión negativa de todo y de todos. Nos bloqueamos y tendremos tendencia a querer controlar las circunstancias y las relaciones sociales. La falta de confianza provoca que se adopten imprudentemente decisiones o se rechace asumir riesgos del acontecer cotidiano. De esa manera dejamos de aprender, de experimentar y en definitiva, de vivir la vida.

6 pasos para desarrollar confianza:

1. Conocernos a nosotros mismos lo mejor posible: ser conscientes de nuestras limitaciones e intentar superarlas.

2. Ser activos y no tener miedo a actuar: opinar, elegir, comprometernos con nosotros mismos, los demás y la vida en general siendo capaces de asumir riesgos con prudencia y sensatez.

3. Valorar nuestras capacidades y posibilidades: aplicarlas y sentirnos contentos por poseerlas.

4. Iniciar y mantener relaciones de calidad: donde la comunicación abierta, positiva y sincera sea una constante y un objetivo.

5. Dejar de lado la tensión, el sufrimiento y el control continuo: de las personas y las circunstancias.

6. Ser naturales y espontáneos actuando con el corazón: permitir mostrarnos a los demás transparentes y auténticos, pero siempre respetuosos.

Y para acabar una frase de Emerson:

“La confianza en sí mismo es el primer secreto del éxito”

domingo, 21 de diciembre de 2008

Confianza (I)

En sociología y psicología social, la confianza es la creencia en que una persona o grupo será capaz y deseará actuar de una manera concreta en una determinada situación. La confianza es una hipótesis sobre la conducta propia y futura de otros. Es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse por el no-control de los otros, de las circunstancias y del tiempo.

La confianza se considera por lo general la base de todas las instituciones. Todo es cuestión de confianza pues sin ella no podríamos convivir. Al subir a un tren, a un autobús o al avión, ponemos nuestra confianza en su conductor o piloto en la creencia de que nos llevarán a destino sanos y salvos. Cuando nos sirven un plato en un restaurante confían en que después de degustarlo abonaremos la cuenta, de la misma manera en que nosotros confiamos que los alimentos están en buenas condiciones para ser consumidos. Vamos al médico o al abogado con la confianza de que nos van a curar o ayudar a resolver la controversia. Las relaciones comerciales, las relaciones amistosas, las relaciones amorosas, las laborales, las de la sociedad en general, se basan en la confianza entre las personas. El éxito de las empresas tiene como fundamento básico la unión y confianza entre los miembros de los equipos.

La confianza es una potentísima energía que nos provee de alegría, optimismo, esperanza, seguridad y en el fondo, bienestar y felicidad. La confianza nos hace sentirnos libres, fuertes y mejores. Por el contrario, la desconfianza y el recelo debilitan, nos generan malestar, miedo, tensión, insatisfacción y sufrimiento. Cuando alguien ha violado gravemente la confianza que habíamos depositado en él -sobre todo si nos han traicionado varias veces- se apodera de nosotros la duda constante y la inquietud. A partir de ahí, la respuesta es la parálisis que nos impide tener iniciativas. Sufrimos desconfianza.

El hombre necesita confiar en sus congéneres para poder vivir. Sólo a través del vínculo social basado en la confianza ha sido posible nuestro desarrollo como especie. El bebé necesita de sus padres para salir adelante. Requiere sus cuidados, atenciones y debe recibir sobre todo amor y confianza. Por eso los niños que no reciben amor, son reprimidos y castigados arbitrariamente por sus progenitores o las personas que les cuidan, serán adultos inseguros, con baja autoestima personal, recelosos, sin confianza en sí mismos y desconfiados con los demás. En definitiva, personas insatisfechas y con dificultades para obtener momentos de felicidad.

La confianza es pues el sentimiento por el cual nos conducimos seguros en la vida y nos permite darnos y recibir de los demás de manera satisfactoria. Por eso las relaciones comerciales se basan fundamentalmente en confianza. Sin confianza no pueden existir buenos negocios. La lealtad de los clientes y los proveedores alcanza su grado máximo existiendo confianza plena. En el comercio tradicional la palabra dada era sagrada: era por sí sóla, el mayor compromiso. No era necesario siquiera firmar un documento entre los contratantes pues el prestigio social y la honorabilidad de los comerciantes -sobre la base de la confianza- estaban absolutamente comprometidos sólo, a través de la palabra.

Cuando los ciudadanos no confían en sus gobernantes y en sus instituciones, el sistema político y la democracia se resienten gravemente. Por eso se dice que el sistema auténticamente democrático es aquél en el que los individuos se sienten seguros, confiados y pueden "dormir tranquilos". La desconfianza por contra genera recelos y malas relaciones a todos los niveles. Las tensiones entre países y las guerras parten siempre de la desconfianza y el miedo a sufrir agresiones. Muchas guerras preventivas se han iniciado por desconfianza y temor al supuesto enemigo por el que se teme ser atacado.

Para desarrollar confianza es necesario primero ser conscientes de que la confianza es algo que se construye y también se destruye. Cuando alguien ha recibido siempre confianza y no la ha traicionado, tiende a comportase más generosamente con los demás: es más confiado. Por el contrario, el defraudado reacciona con mayor cautela y suele ser más exigente en sus relaciones con los otros a quienes exige un comportamiento casi impecable. Por eso se dice que la confianza se crea y se destruye, se gana y se pierde. Se gana poco a poco, pero se pierde con extraordinaria rapidez. Todos sabemos que cuando se ha roto, es muy difícil de reestablecer. Es algo así como una figura de porcelana, podemos volver a pegar los trozos rotos pero siempre, notaremos las señales de la fractura.

La confianza implica reciprocidad. No puede ser unilateral: prestada por una de las partes. A medida que vamos relacionándonos con otros y comprobamos que cumplen con nuestras expectativas, experimentamos que aquella crece y se consolida. Esperamos confiados porque estamos convencidos de que vamos a recibir por otros aquello a lo que se comprometieron. Damos en la confianza de que recibiremos. Aquellos que sólo reciben y nunca dan, acaban con la confianza y con la relación. Por eso cuando se establece una relación de mutua confianza y se ha firmado un pacto y quien lo incumple lo hace mediante engaño, ese engaño se considera especialmente grave pues el que lo ha consumado, se ha aprovechado de la confianza previa existente.

La confianza debemos saber administrarla. Tenemos que ser pacientes y saber ganarnos la confianza de los demás. No podemos pretender que todo el mundo confíe en nosotros inmediatamente. Hay que aprender a construirla y ganarla poco a poco. De igual manera no siempre se puede confiar en todo el mundo y en cualquier circunstancia. Sería una actitud no cautelosa. La realidad cotidiana nos dice que, en determinadas circunstancias, resulta necesario saber tomar precauciones. No podemos ser ingenuos y exigirla o darla incondicionalmente. Cada persona se abre o da, lo que puede o lo que sabe, según su forma de ser y entender la vida. Hay que ser pacientes y conocernos bien y conocer a los demás, pues no todo el mundo es igual ni responde de la misma manera o igual que nosotros. Por eso quizá alguien dijo que: “Siempre confía plenamente el que nunca engaña”.