sábado, 10 de enero de 2009

Serenidad (II)

En la primera parte del post hablé de lo que es Serenidad. Sin embargo, lo que más nos importa ahora es saber cómo alcanzarla. En definitiva, la pregunta es ¿cómo se practica una actitud de serenidad cuando todos debemos afrontar a diario problemas personales, familiares, laborales, sociales o económicos? Es evidente que toda esa presión nos conduce a un estado opuesto a la serenidad: el nerviosismo, la irritabilidad, el malestar, el enfado. Parece pues imposible que en medio de tantas preocupaciones y contratiempos, podamos conservar la serenidad para resolverlo todo sin caer en la desesperación o afectar a los demás con nuestra impaciencia y mal humor. Antes de responder, profundicemos en las causas que subyacen en la falta de serenidad.

El descontrol mental es el enemigo de la serenidad

Todas nuestras alteraciones emocionales no se deben -como algunos piensan- sólo al padecimiento de experiencias adversas y desagradables sufridas en el pasado. No es lo ocurrido en el pasado lo que nos hace daño, sino la interpretación que realizamos de ello y la manera como lo recordamos y reaccionamos. Es nuestro recuerdo el que nos causa el dolor y sufrimiento que padecemos en el momento presente. (Véase el post sobre Perdón). En consecuencia, el enemigo a combatir está en nuestro interior. Somos nosotros los que en una parte muy importante creamos nuestro malestar psicológico y nuestra realidad, pues aunque las circunstancias puedan contribuir a agravarlo, casi siempre, lo hacen con un papel secundario. Por eso, la solución parte de nosotros: de nuestra manera de enfocar la realidad a través de nuestras creencias muchas veces erróneas y dañinas -los famosos “yo soy así”, “deberían de”, “tengo que”, “por qué no”, “eso es injusto”, “no tengo por qué aceptarlo” etc.).

Cuando intentamos luchar contra nuestras emociones negativas y tratamos de eliminarlas, lo que realmente estamos haciendo es darles fuerza y energía de modo que las hacemos más reales, más patentes y perdurables en nuestra vida. Al combatirlas sólo conseguimos avivarlas. Ese rechazo y la lucha contínua contra ellas nos producen desgaste emocional y sufrimiento. Por el contrario, la aceptación de las situaciones nos libera y da paz mental y espiritual.

Cuanto más nos empeñamos en alcanzar algo de forma obsesiva, más se instala en nosotros la duda de si lo lograremos y con ello, la sensación de ansiedad que es lo opuesto a un estado de serenidad. De hecho, empezamos a sentir ansiedad cuando notamos que estamos empezando a ponernos nerviosos y esto, a su vez, nos provoca mayor ansiedad. Debemos fluir con la vida aceptando y adaptándonos a las cosas que nos da, sin preocuparnos por el futuro. Ojo, digo preocuparnos, no digo no ocuparnos. Son cosas distintas. Preocuparse es obsesionarse por controlar qué ocurrirá y cómo se producirá. Ocuparse es hacer lo posible porque salga bien sin obsesionarse con el resultado.
La vida está llena de cosas buenas y no tan buenas; circunstancias positivas y otras que no lo son y debemos enfocarla considerando que no existen problemas sino oportunidades de crecimiento y de cambio, pero ante todo, debemos saber que nuestros pensamientos provocan nuestras emociones; que estás son las que generan nuestros sentimientos y que estos, a la postre, se proyectan o traducen en actitudes vitales. Jampolsky decía: "No son las demás personas ni las circunstancias las que nos perturban, sino más bien nuestros propios pensamientos y actitudes sobre esas personas y circunstancias las que nos producen inquietud".

La paz con uno mismo y con los demás es hermana gemela del equilibrio mental. Si de verdad deseamos paz, necesariamente habremos de poner fin a las hostilidades, luchas e inquietudes que fatigan nuestro cuerpo y espíritu. El equilibrio personal vendrá siempre de nuestro interior, de la aceptación propia y de la aceptación de los demás. Por el contrario, la intranquilidad y el desasosiego tienen como fuente primordial la lucha que libramos en nuestra propia mente cuando nos proponemos alcanzar a toda costa objetivos irreales o la solución de conflictos irresolubles. Muchas veces hay que saber decir basta y hay que saber perder. Sin embargo, a menudo no lo logramos porque hacemos depender nuestra paz interior, nuestro equilibrio personal, de las actitudes de los demás, de que cambien o hagan lo que nosotros queremos. Deseamos dominar sus vidas y eso, además de muy difícil, no tiene sentido.

Es frecuente que culpabilicemos de nuestro estado de ánimo, depresiones, mal carácter, desidia o desgracia al hecho que, familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos o conocidos no respondan exactamente con su conducta a las expectativas concretas que teníamos depositadas sobre ellos, o no persigan nuestros objetivos. Perdemos los nervios, nos desequilibramos y atormentamos porque los demás no amoldan su vida y su conducta a la nuestra y por eso, les acusamos de ser la causa de nuestras desdichas y malestar.

Es absurdo hacer depender el equilibrio personal, nuestra felicidad y paz interior, de la conducta de los demás. Porque al proponernos cambiar a otra persona, le estamos otorgando el poder de decidir si disfrutaremos o no de paz y bienestar, pues dependemos de su actitud con nosotros, comportamiento que, lógicamente, no está en nuestras manos gobernar. No existe una pretensión o una actitud más inmadura e infantil que esa. Pese a ello, pocos adultos llegan a comprender que la paz y el equilibrio mental, son siempre un proceso interior, dinámico y particular de cada individuo. Cada persona es quien decide, elige y crea su propio clima interior y exterior –su realidad- precisamente, fomentando en su mente pensamientos de paz, sosiego, serenidad, y bondad.

Si no aceptamos a los demás como son, con sus limitaciones y defectos, damos entrada en nuestro corazón al desasosiego, las lamentaciones y los sentimientos negativos. Cada uno de nosotros se crea sus propios estados depresivos, de frustración, de venganza, de confusión y de ira al imponernos metas inalcanzables o queriendo imponer nuestra voluntad -la que creemos acertada- a los demás. Insisto, son nuestros pensamientos, nuestra forma de ver el mundo y a las personas con las que nos relacionamos, lo que tiene que cambiar a positivo para lograr alcanzar equilibrio y serenidad plena.

¿Cómo puede encontrar cualquiera su propio equilibrio personal y mantenerlo? Con la autoobservación y con la vigilancia interior. Cada vez que te descubras a ti mismo culpando a otros de tus desgracias y problemas, pretendiendo cambiarles para que se amolden a tus deseos y pretensiones, estás produciendo y alentando tu propio malestar. Siempre que dentro de ti, en tu mente o en tu corazón, se produzca una reacción desequilibrada, haz lo posible por serenarte poniendo en práctica ideas de comprensión, perdón y generosidad (Véanse los post´s sobre ellos).

Actitudes mentales que nos impiden alcanzar Serenidad

1. Pensar que los demás son siempre culpables de lo que nos ocurre y que han de ser ellos quienes resuelvan nuestros problemas.

2. Obsesionarnos con encontrar la solución casi de manera inmediata a la aparición del problema. Por lo general todo en la vida requiere de un tiempo de maduración y espera.

3. Tener pensamientos recurrentes y adoptar actitudes repetitivas que siempre nos conducen al mismo lugar. Si algo no funciona, no sigas haciéndolo porque te va a conducir a idéntico resultado. Además, tendrá un elevado coste personal para ti en: ansiedad, enfado y frustración, consumiendo tu energía, tiempo y buen humor.

4. Reaccionar y actuar por impulsos, privando a nuestra inteligencia de la oportunidad de conocer y dilucidar todas las vertientes del problema y sus posibles soluciones.

Actitudes mentales con las que alcanzar Serenidad

1. Debemos intentar cada día entender, que hay cosas que no podemos modificar. Sólo, cada uno de nosotros de manera interna, puede cambiar aceptando con serenidad que a lo largo del camino de nuestra vida nos relacionaremos con personas y situaciones que son como son, que no podemos cambiar y frente a las que no podemos hacer nada.

2. Evitar encerrarnos en nosotros mismos. El apoyo y ayuda de los demás es fundamental para solucionar muchas veces nuestras dificultades. Nuestra familia y amigos de confianza nos pueden ayudar. Tener el punto de vista de otros es siempre enriquecedor pues están fuera del problema y de esa manera pueden verlo y analizarlo con más claridad.

3. Concentrarnos en una labor o actividad. Parece contradictorio pensar en mantener la atención rodeados de tanta tensión y preocupación. Sin embargo, es posible salir de ese estado mental negativo encaminando nuestros esfuerzos o focalizando nuestra atención en realizar nuestro trabajo lo mejor que sepamos. Necesitamos liberar nuestra mente, salir del círculo vicioso y estar en condiciones de analizar las cosas con calma. No existe mejor distracción que el propio trabajo y la actividad productiva. Seguramente todos hemos tenido la experiencia de “distraernos del problema” sin darnos cuenta. Pasa lo mismo después de conciliar un buen sueño reparador. Cuando despertamos, tendemos a estar más lúcios, más frescos y liberados de la ansiedad y el pesimismo más resolutivos. Es entonces cuando, con serenidad, podemos pensar la mejor forma de abordarlo y decidir su mejor solución.

4. Cuidarnos físicamente. Esta observación parece elemental y obvia, pero es que hay personas que se afectan tanto anímicamente que dejan de comer y dormir por las preocupaciones que sufren. Sabemos que las personas se vuelven más irritables ante la falta de alimento y descanso. Por lo tanto, este descuido merma nuestra capacidad de análisis y decisión y nos impide tener serenidad.

5. Dejar de observarnos y victimizarnos por nuestros problemas: ocuparnos menos de nosotros mismos y prestar más atención a lo que necesiten los demás, especialmente aquellos que nos importan. Eso nos distraerá.

6. Reconocer nuestras limitaciones y errores: tratar de corregirlos, sin dramatismo, pero con determinación y confianza.

7. Mantener una actitud optimista para afrontar la vida con decisión y alegría.

8. No dejarse influir o afectar por ciertas pretensiones y actitudes apremiantes o descalificadoras de aquellos que necesitan autoafirmarse en detrimento de nosostros.

9. No responder jamás a provocaciones, ni entrar en discusiones inútiles acerca de la valía personal u otras cuestiones estériles que no conducen a nada.

10. Ser firmes y no aceptar o transigir con aquellas imposiciones arbitrarias o no razonadas de aquellos con los que no estamos de acuerdo.

11. Aceptar la vida tal y como nos viene, con sus dudas, incertidumbres y dificultades: tratando de mejorar aquello que de nosotros dependa y no agobiándonos por dificultades y fracasos ya pasados.

12. No perder el tiempo con quejas inútiles ni caer en la trampa de juzgar, criticar y descalificar a los demás.

La serenidad hace a la persona dueña de sus emociones, adquiriendo fortaleza no sólo para dominarse, sino para soportar y afrontar la adversidad sin afectar el trato y las relaciones con los demás.

Por todo ello, es muy importante tener siempre en mente la llamada Oración de la Esperanza, que encabeza este post y entre cuyas plegarias se incluye una que menciona a la Serenidad:

“DIOS concédeme SERENIDAD para aceptar las cosas que no puedo cambiar, VALOR, para cambiar aquellas que puedo cambiar, y SABIDURÍA para reconocer la diferencia entre unas y otras".

sábado, 3 de enero de 2009

Serenidad (I)

Identificamos serenidad con todo lo apacible y sosegado. Referido a las personas describimos como serenas a aquellas personas que transmiten tranquilidad y paz, que son cordiales y dulces en el trato, y lo más importante, que no se alteran o turban por ninguna circunstancia.

El valor de la serenidad permite mantener un estado de ánimo apacible y sosegado aún en las situaciones más adversas, sin exaltarnos o deprimirnos, encontrando soluciones a través de una reflexión cuidadosa y sin exagerar ni minimizar los problemas.

Cuando las dificultades nos aquejan caemos fácilmente en la desesperación, nos sentimos tristes, irritables, desganados y muchas veces, creemos estar atrapados en un callejón sin salida. A simple vista, el valor de la serenidad parece que sólo debe ser patrimonio moral de aquellos que tienen pocos problemas. En realidad, todos los tenemos, la diferencia radica en la manera de afrontarlos y darles solución.

La serenidad es una sensación de bienestar que parte de nuestro interior y que permite centrarnos en las situaciones que suceden a nuestro alrededor desde una posición de fortaleza y confianza. Las personas serenas piensan siempre antes de decidir y actuar, y no sienten miedo, preocupación o ansiedad por el porvenir. No se condicionan por las experiencias negativas del pasado ni se preocupan por el futuro. Por eso, con la serenidad se vive el presente, se adopta una actitud positiva ante las dificultades y se mantiene un ánimo optimista para la superación de las dificultades. Esto no significa esperar que las cosas pasen o se arreglen por sí solas. Antes al contrario, la actitud serena nos lleva a actuar de acuerdo con lo que cada uno cree mejor para sí, atendiendo a las circunstancias que le rodean y lo que debe afrontar.

Tener serenidad exige disciplina mental personal. Sin embargo, la recompensa es disponer de una herramienta fantástica para enfrentar y superar la adversidad y las pérdidas. Aunque no siempre se tiene la capacidad para mantener la serenidad con respuestas adecuadas a la situación o el momento, lo importante es saber que lo que cuenta es la importancia del presente, del vivir aquí y ahora, con aquello que contamos, y partiendo de un planteamiento fundamental: 1) El pasado no existe: no lo podemos cambiar y 2) El futuro está por venir: no sabemos lo que va a ocurrir.

Ahora bien, serenidad no debe identificarse con indiferencia, complacencia o ignorancia. Muy al contrario, las personas serenas se toman su tiempo, valoran las situaciones, toman decisiones y actúan con base meditada en ellas. Esta actitud facilita la resolución de conflictos y reporta un pensamiento más elaborado –todo lo contrario de lo que es y provoca la ira- Con el pensamiento y la voluntad acude el discernimiento y la solución más apropiada y eficaz.

Por tanto se alcanza serenidad a través de un trabajo en profundidad sobre uno mismo. Una tarea de autoconocimiento y consciencia que desarrollaré con mayor profundidad en la segunda parte de este post.

Es un hecho que en nuestra sociedad se da poco la serenidad porque siempre hay motivos de preocupación. Lo habitual es hablar de angustias, penas y tristezas derivadas de un mundo basado en la competitividad, el consumo y el miedo al futuro por el deseo de intentar a toda costa asegurar nuestra vida. Todo ese control obsesivo de lo que ha de venir es radicalmente contrario a la serenidad. Por eso, las consultas médicas están llenas de pacientes que acuden solicitando remedios para el estrés y la ansiedad que padecen. Todo el mundo parece anhelar algo más de calma, serenidad y tranquilidad de la que habitualmente dispone en su vida. Para la mayoría esa búsqueda es infructuosa porque no conoce los métodos para llegar a encontrarla. Como ya he dicho, para ello es prioritario un planteamiento de inicio: no tener tanto en cuenta el pasado y dejar de preocuparse desmesuradamente por el futuro. El presente debe ser encarado con actitud positiva y optimismo sin vernos afectados o turbados por las dificultades y partiendo de la idea de que todo problema tiene su solución pues por definición, si no fuera así, no existiría el problema. Por eso para alcanzar serenidad hay que aprender a “parar la mente”.

Es la mente la que con frecuencia nos atormenta haciendo mucho ruido en nuestro interior, produciendo contínuos pensamientos de inseguridad, miedo y temor al fracaso. Nos tortura con juicios de valor, sobre nosotros mismos y los demás. Nos genera incesantes pensamientos de deseo, añoranza, nostalgia, frustración, etc. Por eso se hace necesario disciplinarla y ejercer sobre ella cierto autocontrol de nuestros pensamientos. Recordemos que la secuencia es muy clara: pensamientos -> emociones -> estados. Buenos pensamientos = buenos estados y a la inversa.

¿Qué podemos hacer entonces para evitar esas situaciones contrarias a la serenidad? Fundamentalmente distraer nuestra mente haciendo cosas: todo aquello que nos gusta o logre evadirnos. Cada uno aquello que le funcione: ejercicio físico, relacionarse con amigos o personas con las que nos sintamos bien; contacto y comunicación con la naturaleza; compañía de animales domésticos, meditación, lectura o cualquier actividad que a uno le reporte concentración y atención para evitar instalarse en el malestar por lo que ha ocurrido o en el miedo por lo que ha de venir.

Tener serenidad se podría traducir entonces como una nueva visión de las circunstancias y una recuperación de la confianza en la vida. La serenidad es aceptación y confianza, tranquilidad y fe, tanto en uno mismo como en los demás. Aceptación de los demás y de las circunstancias que nos tocan vivir. Y especialmente, aceptación entendida como valoración, agradecimiento, comprensión y encuadre de que, lo que ocurre a nuestro alrededor, es en gran medida producto de nuestros pensamientos, emociones y actitudes. Es decir, vivimos lo que nosotros sentimos y lo que proyectamos al mundo con nuestro comportamiento.

El cambio personal desde las actitudes reactivas hasta las actitudes conscientes, es el camino para convertir una actitud miedosa y alterada de la vida, en una actitud serena, tranquila, de calma y de aceptación.

En ocasiones podemos llegar a la saturación del sufrimiento. Sólo en ese estado, o bien quiebra nuestra salud mental, o bien por fin, sometemos a nuestro sistema de creencias a una revisión y a un cambio que nos haga ser de otra manera, sentir diferente y lograr por fin paz interior. Si fuéramos conscientes de que esa revisión nos puede ayudar, la haríamos inmediatamente todos, pues la serenidad, es uno de los caminos que, bien transitado, más momentos de felicidad nos puede dar. Todos deseamos felicidad. La vida es una perpetua búsqueda de ella y de amor, aunque la mayoría de ocasiones y considerando las situaciones que nos rodean parezca todo lo contrario.

En resumen, la serenidad es una meta que se consigue cuando uno hace una revisión y revaloriza su sistema de creencias. Al hacerlo descubrimos que muchas de nuestras creencias sobre la vida son falsas o no funcionan, muchas de ellas son producto de la educación recibida y de las relaciones personales que hemos tenido. Entonces, uno se hace consciente de que tiene mecanismos de defensa que son contraproducentes pues más que defendernos actúan contra nosotros mismos. Esos mecanismos son en realidad nuestros enemigos y por eso, hay que sustituirlos inmediatamente. Cuando eso ocurre, entonces de repente, uno se encuentra en la calma, en la aceptación y en la confianza básica a través de la consciencia, la sabiduría y la experiencia.

Como nos dice Isabel Salama –psicóloga clínica- los estados de depresión o bajada del estado de ánimo o la euforia que se traducen en una "falsa" subida de dicho estado de ánimo es lo que en psicopatalogía se conoce como actitud ciclotímica. Ambas actitudes, potencialmente observables en todos los seres humanos -y sobre todo en algunos cuya personalidad es ciclotímica- son la antítesis de la serenidad. Esto es tratable psicológicamente, sin embargo, el trastorno extremo emocional de los estados de ánimo es lo que llamaríamos trastorno bipolar, enfermedad psiquiátrica crónica que requiere un tratamiento farmacológico y psicológico de por vida.

Y para acabar esta primera parte un par de frases sobre la serenidad que me gustan especialmente:

“La serenidad no es estar a salvo de la tormenta, sino encontrar la paz en medio de ella”. (Thomas de Kempis).

"Si soy incapaz de lavar los platos con alegría, si quiero terminar pronto para sentarme y tomar el postre, también seré incapaz de disfrutar el sabor de ese postre. Con el tenedor en la mano, pensaré en lo que tengo que hacer después, y su textura, su aroma y el placer de comerlo se perderán. Siempre seré arrastrado hacia el futuro y nunca seré capaz de vivir el momento presente". (Thich Nhat Hanh).

En la segunda parte explicaré con más detalle los mecanismos desencadenantes de la falta de serenidad y las actitudes mentales adecuadas para combatirlos.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Confianza (II)

En la primera parte traté de la confianza en los demás. Ahora hablaré sobre la confianza en uno mismo: la confianza propia entendida como la convicción sobre nuestras capacidades y cualidades. Esta es una confianza que se consigue a medida que constatamos nuestra aptitud en las tareas que realizamos y logramos habilidad relacionándonos bien con los demás. Es por tanto, un sentimiento interior que podemos desarrollar. Para ello ya vimos que la infancia es una etapa trascendental, en particular, la relación con los padres. Ese vínculo paterno-filial nos tiene que reportar seguridad y atención y eso se obtiene sintiendo que nos aman. A lo largo de nuestra vida, aunque necesitemos ser escuchados, respetados y valorados -saber y sentir que se cree en nosotros y en nuestras capacidades- tenemos que saber que la confianza es algo que hay que desarrollar continuamente. Para ello es fundamental actuar y relacionarnos con los demás empleando paciencia, cuidando las formas y las acciones y, siendo siempre conscientes de nuestras limitaciones. Para sentir que los demás confían y creen en nosotros, es esencial que primero lo hagamos en nosotros mismos.

Confianza en nosotros mismos

Si no gozamos de equilibrio interior, es difícil sentirnos confiados y confiar en los demás. Es importante recibir el reconocimiento de los demás porque nos ayuda y anima. Sin embargo, lo importante es hacer las cosas con el corazón y porque realmente las deseamos: confiadamente. Nunca actuar por proyectar una imagen hacia los demás o pensando en el qué dirán o en obtener su aprobación. Si realmente no hacemos las cosas con convencimiento nos estaremos engañando, traicionando nuestra propia confianza y a la postre, la del resto. Actuando sin confianza en nosotros mismos esa misma confianza se ve disminuida y a través de ella nuestra autoestima. Para disfrutar de buena autoestima debemos estar convencidos de que la vida que llevamos está acorde con lo que sentimos y queremos.

Las relaciones hay que cuidarlas o descartarlas

Es nuestra responsabilidad seleccionar y cuidar a las personas con las que nos relacionamos y, algo muy importante, apartarnos de las que nos dañan y con su actitud lastiman nuestra confianza y autoestima.

Para que exista una relación sincera es imprescindible que exista confianza. Depende pues de nosotros generar confianza como punto de arranque y garantía de la buena salud de nuestras relaciones. Esto nos permitirá abrirnos a los demás, y relacionarnos con ellos sinceramente. La confianza es imprescindible para que las relaciones -amorosas, familiares o amistosas- sean un verdadero encuentro sereno y positivo que nos enriquezca como personas con equilibrio, armonía y autenticidad.

En consecuencia, confiar es abrir la puerta para poder recorrer el camino de nuestra vida de manera más sosegada. Es la esperanza y la ilusión con la que debe moverse todo ser humano que quiera sentirse bien dando sentido y proyecto a su vida.

Quien no goza de confianza en sí mismo, posterga las decisiones, demora continuamente la resolución de los asuntos pendientes, va dejando por el camino cosas sin hacer y mantiene una actitud de parálisis. Así, pone de manifiesto para sí y para los demás, que es una persona en quien no se puede confiar.

Cuestión de honestidad

Al ser tan necesario que sea verdadera, la confianza no puede ser ciega sino que ha de sustentarse en el conocimiento personal. Un conocimiento sobre nuestras posibilidades y limitaciones que ha de ser honesto, sincero y sin falsas expectativas.

Si no somos honestos con nosotros mismos, al final tenderemos a infravalorarnos y nuestra autoestima se verá afectada. Nos volveremos pesimistas, viviremos sin entusiasmo, dudaremos continuamente y seremos poco asertivos. Se complicará nuestra convivencia y nos condenaremos a una cierta invisibilidad social que terminará minando nuestro ánimo. Sin confianza personal propia se tiende a ser una persona dependiente que otorga autoridad sobre su vida a quienes creemos superiores o simplemente a depender de aquellos que creemos saben mejor lo que necesitamos.

Una forma para conocer si nuestra confianza está dañada es analizar nuestras dudas, esas que nos asaltan sobre cómo llevar a cabo algo. Qué hacer en un determinado momento o qué sentimos sobre los demás. Desconfiando de uno mismo y de los demás, nos precipitamos hacia una visión negativa de todo y de todos. Nos bloqueamos y tendremos tendencia a querer controlar las circunstancias y las relaciones sociales. La falta de confianza provoca que se adopten imprudentemente decisiones o se rechace asumir riesgos del acontecer cotidiano. De esa manera dejamos de aprender, de experimentar y en definitiva, de vivir la vida.

6 pasos para desarrollar confianza:

1. Conocernos a nosotros mismos lo mejor posible: ser conscientes de nuestras limitaciones e intentar superarlas.

2. Ser activos y no tener miedo a actuar: opinar, elegir, comprometernos con nosotros mismos, los demás y la vida en general siendo capaces de asumir riesgos con prudencia y sensatez.

3. Valorar nuestras capacidades y posibilidades: aplicarlas y sentirnos contentos por poseerlas.

4. Iniciar y mantener relaciones de calidad: donde la comunicación abierta, positiva y sincera sea una constante y un objetivo.

5. Dejar de lado la tensión, el sufrimiento y el control continuo: de las personas y las circunstancias.

6. Ser naturales y espontáneos actuando con el corazón: permitir mostrarnos a los demás transparentes y auténticos, pero siempre respetuosos.

Y para acabar una frase de Emerson:

“La confianza en sí mismo es el primer secreto del éxito”

domingo, 21 de diciembre de 2008

Confianza (I)

En sociología y psicología social, la confianza es la creencia en que una persona o grupo será capaz y deseará actuar de una manera concreta en una determinada situación. La confianza es una hipótesis sobre la conducta propia y futura de otros. Es una especie de apuesta que consiste en no inquietarse por el no-control de los otros, de las circunstancias y del tiempo.

La confianza se considera por lo general la base de todas las instituciones. Todo es cuestión de confianza pues sin ella no podríamos convivir. Al subir a un tren, a un autobús o al avión, ponemos nuestra confianza en su conductor o piloto en la creencia de que nos llevarán a destino sanos y salvos. Cuando nos sirven un plato en un restaurante confían en que después de degustarlo abonaremos la cuenta, de la misma manera en que nosotros confiamos que los alimentos están en buenas condiciones para ser consumidos. Vamos al médico o al abogado con la confianza de que nos van a curar o ayudar a resolver la controversia. Las relaciones comerciales, las relaciones amistosas, las relaciones amorosas, las laborales, las de la sociedad en general, se basan en la confianza entre las personas. El éxito de las empresas tiene como fundamento básico la unión y confianza entre los miembros de los equipos.

La confianza es una potentísima energía que nos provee de alegría, optimismo, esperanza, seguridad y en el fondo, bienestar y felicidad. La confianza nos hace sentirnos libres, fuertes y mejores. Por el contrario, la desconfianza y el recelo debilitan, nos generan malestar, miedo, tensión, insatisfacción y sufrimiento. Cuando alguien ha violado gravemente la confianza que habíamos depositado en él -sobre todo si nos han traicionado varias veces- se apodera de nosotros la duda constante y la inquietud. A partir de ahí, la respuesta es la parálisis que nos impide tener iniciativas. Sufrimos desconfianza.

El hombre necesita confiar en sus congéneres para poder vivir. Sólo a través del vínculo social basado en la confianza ha sido posible nuestro desarrollo como especie. El bebé necesita de sus padres para salir adelante. Requiere sus cuidados, atenciones y debe recibir sobre todo amor y confianza. Por eso los niños que no reciben amor, son reprimidos y castigados arbitrariamente por sus progenitores o las personas que les cuidan, serán adultos inseguros, con baja autoestima personal, recelosos, sin confianza en sí mismos y desconfiados con los demás. En definitiva, personas insatisfechas y con dificultades para obtener momentos de felicidad.

La confianza es pues el sentimiento por el cual nos conducimos seguros en la vida y nos permite darnos y recibir de los demás de manera satisfactoria. Por eso las relaciones comerciales se basan fundamentalmente en confianza. Sin confianza no pueden existir buenos negocios. La lealtad de los clientes y los proveedores alcanza su grado máximo existiendo confianza plena. En el comercio tradicional la palabra dada era sagrada: era por sí sóla, el mayor compromiso. No era necesario siquiera firmar un documento entre los contratantes pues el prestigio social y la honorabilidad de los comerciantes -sobre la base de la confianza- estaban absolutamente comprometidos sólo, a través de la palabra.

Cuando los ciudadanos no confían en sus gobernantes y en sus instituciones, el sistema político y la democracia se resienten gravemente. Por eso se dice que el sistema auténticamente democrático es aquél en el que los individuos se sienten seguros, confiados y pueden "dormir tranquilos". La desconfianza por contra genera recelos y malas relaciones a todos los niveles. Las tensiones entre países y las guerras parten siempre de la desconfianza y el miedo a sufrir agresiones. Muchas guerras preventivas se han iniciado por desconfianza y temor al supuesto enemigo por el que se teme ser atacado.

Para desarrollar confianza es necesario primero ser conscientes de que la confianza es algo que se construye y también se destruye. Cuando alguien ha recibido siempre confianza y no la ha traicionado, tiende a comportase más generosamente con los demás: es más confiado. Por el contrario, el defraudado reacciona con mayor cautela y suele ser más exigente en sus relaciones con los otros a quienes exige un comportamiento casi impecable. Por eso se dice que la confianza se crea y se destruye, se gana y se pierde. Se gana poco a poco, pero se pierde con extraordinaria rapidez. Todos sabemos que cuando se ha roto, es muy difícil de reestablecer. Es algo así como una figura de porcelana, podemos volver a pegar los trozos rotos pero siempre, notaremos las señales de la fractura.

La confianza implica reciprocidad. No puede ser unilateral: prestada por una de las partes. A medida que vamos relacionándonos con otros y comprobamos que cumplen con nuestras expectativas, experimentamos que aquella crece y se consolida. Esperamos confiados porque estamos convencidos de que vamos a recibir por otros aquello a lo que se comprometieron. Damos en la confianza de que recibiremos. Aquellos que sólo reciben y nunca dan, acaban con la confianza y con la relación. Por eso cuando se establece una relación de mutua confianza y se ha firmado un pacto y quien lo incumple lo hace mediante engaño, ese engaño se considera especialmente grave pues el que lo ha consumado, se ha aprovechado de la confianza previa existente.

La confianza debemos saber administrarla. Tenemos que ser pacientes y saber ganarnos la confianza de los demás. No podemos pretender que todo el mundo confíe en nosotros inmediatamente. Hay que aprender a construirla y ganarla poco a poco. De igual manera no siempre se puede confiar en todo el mundo y en cualquier circunstancia. Sería una actitud no cautelosa. La realidad cotidiana nos dice que, en determinadas circunstancias, resulta necesario saber tomar precauciones. No podemos ser ingenuos y exigirla o darla incondicionalmente. Cada persona se abre o da, lo que puede o lo que sabe, según su forma de ser y entender la vida. Hay que ser pacientes y conocernos bien y conocer a los demás, pues no todo el mundo es igual ni responde de la misma manera o igual que nosotros. Por eso quizá alguien dijo que: “Siempre confía plenamente el que nunca engaña”.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Entusiasmo

Con entusiasmo se ve la vida con otros ojos, se transforma la realidad y se crean resultados brillantes
________________________________

La palabra entusiasmo proviene del griego "en-theos-usmus" y significa “Dios dentro de ti”. Es decir, la energía creadora de la vida con poder para crear o la capacidad de la mente para generar ideas geniales e innovadoras que den resultados brillantes. Por eso, para los griegos un entusiasta era una persona “tomada” por los dioses, guiada por su fuerza y sabiduría, y que podía transformar la naturaleza.

Sólo las personas entusiastas son capaces de vencer los desafíos de lo cotidiano y acometer con resolución los problemas.

La persona entusiasta es aquella que cree firmemente en su capacidad de transformar las cosas, cree en si, en los demás y cree en la fuerza que tiene para cambiar las circunstancias y su realidad. El entusiasmo nos impulsa a actuar, a transformar el mundo movidos por la fuerza y la creencia en que las acciones a emprender son viables y acertadas.

Con entusiasmo se encara la vida de otra manera. El entusiasmo va más allá del optimismo. Aunque los entusiastas son optimistas, estamos ante actitudes distintas. Optimismo es pensar que va a producirse siempre algo positivo viendo el lado favorable de las cosas.

En cambio, el entusiasmo, es fundamentalmente acción y ante todo deseo y propósito de transformar. Sólo se es entusiasta actuando con entusiasmo. Si esperamos a tener las condiciones ideales para entusiasmarnos, jamás nos entusiasmaríamos por algo, pues el entusiasmo sólo funciona anticipadamente y no con posterioridad. No son "las cosas que van bien" las que atrae entusiasmo, es con entusiasmo con lo que hacemos bien las cosas y con lo que alcanzamos resultados favorables. Hay personas que se quedan siempre esperando a que las condiciones mejoren, que llegue el éxito, que mejore su trabajo, que cambie la relación con su pareja o con su familia para luego lograr entusiasmarse. De esa manera, nunca logran entusiasmarse por nada. El entusiasmo siempre funciona a la inversa.

Si creemos que es imposible entusiasmarnos por las condiciones actuales en las que nos toca vivir, lo más probable es que no superemos esa situación. Es necesario creer en uno mismo, en la capacidad de actuar y transformar la realidad. Dejar de lado los pensamientos negativos, orillar el escepticismo y desterrar completamente la incredulidad. Es preciso ser entusiasta con la vida, con uno mismo y con los demás.

Cómo ser entusiasta.

El entusiasmo es una cualidad que parte de un estado de fe, de afirmación de uno mismo; una forma distinta de mirar la vida. Es una fuerza que se genera voluntariamente y que a medida que se ejercita, con autoafirmación, perseverancia, coraje, constancia y voluntad, crece dentro de nosotros. Actúa con entusiasmo y éste se incrementará en ti. Sin importar como te sientas, sé siempre entusiasta, actúa con determinación, firmeza y dinamismo. Para ello, comienza cuidando tu actitud corporal -por ejemplo camina erguido-. En definitiva, cultiva los buenos pensamientos y la alegría de vivir, activa tu atención consciente y céntrate en la búsqueda de resultados. Enfócate hacia la prosperidad y el éxito y ¡arriba siempre el animo!

Para lograr entusiasmo es fundamental ser consciente y practicar las siguientes 4 actitudes:

1. Revisa tus pensamientos. Acostúmbrate siempre a pensar positivamente. Impide que los pensamientos negativos te asalten y se adueñen de tu mente.

2. Recuerda que el poder está en las palabras. Hablar impecablemente alimenta tu entusiasmo. Cuando uses una palabra o frase negativa, haz lo posible por ser consciente de que ese no es el camino y cambia inmediatamente lo que estás diciendo.

3. A nuestro cerebro le influyen las actitudes corporales que adoptemos. Permanece alerta sobre la postura del cuerpo que adoptas en cada momento: eleva tu mirada, levanta la cabeza, camina erguido, abre los ojos, fíjate en la realidad que te rodea. Sonríe y habla con firmeza y tono alegre.

4. Actúa. El Universo premia la acción. La acción impulsa y atrae entusiasmo. La actitud decidida a triunfar genera a su vez una energía que nos conduce a obtener resultados. Eso es entusiasmo. El Entusiasmo y la Acción son los padres de la Prosperidad y el Éxito.

Únicamente las personas entusiastas, alcanzan sus objetivos, hacen realidad sus sueños y logran ser grandes profesionales y empresarios de éxito.

Una actitud entusiasta te permitirá siempre persistir, insistir, resistir y nunca desistir. Nada puede reemplazar a la determinación de querer conseguir algo con entusiasmo. Una vez que estás decidido a lograrlo, lo conseguirás, jamás falla.

Para terminar, haré una reflexión sobre las actitudes exageradamente entusiasta y partiendo de la idea de que todo en exceso es contraproducente. Hay que ser entusiastas sin arrollar, ningunear o despreciar a los demás. Así, el Dalai Lama nos dice que tenemos que encontrar el equilibrio entre EL ENTUSIASMO Y LAS TRES ERRES: "Respétate a ti mismo", "Respeta a los demás", y "Responsabilízate de tus acciones". Es importante considerar esta recomendación y aplicarla. Si de verdad queremos que haya armonía en el mundo, empecemos por amarnos a nosotros mismos y a los demás, asumiendo siempre las consecuencias de nuestras acciones. No podemos ser entusiastas contra los demás porque entonces iremos contra nosotros mismos y de esa manera no será posible que alcancemos felicidad.

En definitiva, para alcanzar éxito y felicidad en la vida el entusiasmo es un requisito indispensable.

Y como siempre, una frase final, en este caso de Emerson:

“Nada que valga la pena se logro jamás en la vida, sin entusiasmo”.


domingo, 7 de diciembre de 2008

Optimismo

La realidad es en ocasiones compleja y gris. Sin embargo, con optimismo la enfocamos positivamente como mejor manera de resolver sus retos
__________________
El término optimismo surge del latín "optimum": "lo mejor". Optimismo es la chispa mágica, que nos ayuda a ver la parte positiva de las personas o de las cosas en cualquier circunstancia en que nos encontremos. Es una de las actitudes mentales más poderosas para ayudarnos a alcanzar nuestros deseos y metas.

Para la psicología, optimismo es la característica de la personalidad que media entre los acontecimientos externos y la interpretación personal que hacemos de ellos. Es la tendencia a esperar que el futuro depare resultados favorables y que nos ayuda a enfrentar las dificultades con buen ánimo y perseverancia. El optimista ve siempre el lado bueno de las personas y las circunstancias, confía en sus capacidades y en la ayuda de los demás.

La principal diferencia entre una actitud optimista y su contrapuesta –el pesimismo- es el enfoque de la realidad. Empeñarnos en descubrir inconvenientes y dificultades nos provoca desánimo y apatía. En cambio, el optimismo es la actitud mental dispuesta a encontrar siempre posibilidades, ventajas y soluciones.

Las personas más optimistas tienen mejor humor, son más perseverantes y gozan de mejor estado de salud y tienen más éxito. Los que poseen altos niveles de optimismo y esperanza -ambos tienen que ver con la expectativa de resultados positivos en el futuro y con la creencia en la propia capacidad de alcanzar metas- salen fortalecidos y obtienen enseñanazas de situaciones traumáticas y estresantes.

Todos los seres humanos tenemos problemas, sin embargo, hay que evitar la actitud mental que propicia que nos amarguen la vida. Con actitud optimista, es posible resolverlos, sabiendo que los problemas tienen solución de forma más sencilla si confiamos en nuestra capacidad para afrontarlos. Por el contrario, el pesimista se pone gafas negras para ver la vida y hace de la tristeza y la melancolía sus compañeras inseparables.

Sin embargo, alcanzar el éxito no siempre es la consecuencia directa del optimismo. A veces, pese al esfuerzo y el optimismo, las cosas no resultan como queremos. Lo bueno del optimismo es que nos ayuda a volver a intentarlo, a analizar qué ha fallado, dónde se hemos cometido errores. Sólo así es posible superar las dificultades y lograr objetivos, pues con optimismo, se refuerza y alienta la perseverancia. Por eso también, el optimista sabe buscar ayuda como alternativa para alcanzar los objetivos que se ha propuesto, en una actitud que en nada demerita el esfuerzo o la iniciativa personal.

Cuidado con el falso optimismo

El auténtico optimista no es ingenuo ni se deja llevar por simples ilusiones. Debemos pensar y considerar detenidamente todas las posibilidades antes de tomar decisiones y actuar. Si una persona desea iniciar una actividad sin medios, recursos, conocimientos o experiencia, fracasará en sus objetivos por muy optimista que sea. Los falsos optimistas se engañan a sí mismos inventándose una realidad falsa que creen ingenuamente les propiciará una vida más fácil y cómoda. Por ejemplo el estudiante que no estudia y que por optimismo piensa que el examen será fácil y lo aprobará con los pocos conocimientos con los que cuenta. Eso no es optimismo real pues como digo, el optimista siempre actúa y persevera.

Se podría pensar que el optimismo es una actitud individual que nada tiene que ver con el resto de gente. Sin embargo, con actitud optimista tenemos mejor disposición hacia los demás: cuando conocemos a alguien esperamos una actitud positiva y abierta; en el trabajo buscamos y esperamos compañeros colaboradores e implicados en las responsabilidades; en la escuela, queremos tener profesores y alumnos dedicados. Si nuestras expectativas no se cumplen, con optimismo adoptaremos la actitud mental que nos lleva a pensar que las personas pueden cambiar, aprender y adaptarse con nuestra ayuda. El optimista reconoce el momento adecuado para dar aliento, motivar y servir a los demás.

En la amistad y en la búsqueda de pareja es fundamental ser optimistas. Algunas personas se encierran en sí mismas después de fracasos y desilusiones, como si ya no pudieran volver jamás a confiar en nadie. El optimismo supone reconocer que cada persona tiene algo bueno, con sus cualidades y aptitudes, pero también defectos, que debemos aceptar y ayudarles a superar.

Cómo ser optimista

Dicen los psicólogos que el optimismo es “la propensión a ver y valorar las cosas en su aspecto más favorable”. ¿El vaso está medio lleno o está medio vacío? El optimista suele ver lo que hay en el vaso y no lo que falta.

Y entonces, la pregunta es ¿se nace optimista o se puede aprender a serlo? El fundador de la psicología positiva Martin Seligman, afirma que hasta las personas más cínicas son capaces de aprender optimismo y mejorar sus vidas. Lo importante es remarcar que mientras el pesimista se siente impotente ante la adversidad, el optimista considera los golpes de la vida como desafíos temporales y reversibles. También la investigadora estadounidense Carol Dweck, autora del libro “Mindset” opina que el optimismo puede aprenderse. Considera que está al alcance de todos ser optimista con sólo adoptar lo que ella define como “mentalidad de cambio”: tener conciencia de que somos personas cambiantes, que crecemos cada vez que nos arriesgamos a aprender algo nuevo y que el optimismo aumenta, cuando nos damos cuenta de que somos dueños de nuestro destino. La mejor manera de fomentar el optimismo es educando a nuestros hijos con una “mentalidad de crecimiento”: aumentando su autoconfianza felicitándolos por sus esfuerzos y, reforzando positivamente sus logros.

4 pasos para ser optimista:

1. Atiende a la gente –sus cualidades y capacidades- y las circunstancias en general en sus aspectos buenos y positivos. Reconoce el esfuerzo, el interés y la dedicación de los demás.

Por ejemplo, una persona con un jefe autoritario puede pensar. “Es imposible trabajar bien con este hombre que esconde su mediocridad mediante su autoritarismo”. Sin embargo, el optimista se centrará en los aspectos positivos de su jefe, intentará entender el estrés que sufre, los problemas que tiene que superar en su trabajo, etc. Con esa mentalidad colaborará con él de la mejor manera posible. Como dijo Marta Tonetti, “Los optimistas aceptan a los demás como son, y no malgastan energías queriendo cambiarlos, sólo influyen en ellos con paciencia y tolerancia”.

2. Aporta, sugiere y busca soluciones, erradicando las críticas o las quejas. No es más optimista el que menos ha fracasado, sino quien ha sabido encontrar en la adversidad un estímulo para superarse, fortaleciendo su voluntad y empeño.

El optimista busca en los errores y equivocaciones, una experiencia positiva de aprendizaje. Todo requiere esfuerzo y el optimismo es la alegre manifestación del mismo, de esta forma, las dificultades y contrariedades dejan de ser una carga, transformándose en oportunidades para mejorar. El optimista dice “puede ser muy difícil pero es posible”. El pesimista dice: “puede ser posible, pero es muy difícil”.

3. Aprende a ser sencillo, humilde y a tener esperanza. No temas pedir ayuda a otros que saben más, tienen más experiencia y pueden ayudarte a encontrar la solución de manera más rápida o eficaz.

La persona optimista es la que espera, piensa, desea siempre lo mejor, aunque sabe aceptar cualquier situación no favorable de manera “deportiva” y en paz. Ser optimista cuando todo sale bien es sencillo, sin embargo, el triunfo personal y los éxitos fáciles pueden conducir a un optimismo falso. En cambio, el verdadero optimista cuando sufre una desgracia, estará triste, pero no desesperará. El optimista vence siempre al desaliento y al abandono.

4. Ser optimistas es actuar y ser perseverantes en la búsqueda y logro de resultados. No hagas alarde de seguridad en ti mismo tomando decisiones a la ligera; considera y prepáralo todo bien antes de actuar. El falso optimismo es la mera actitud mental que lleva a algunos a considerar que sólo pensando que las cosas irán bien, saldrán bien y por sí solas.

Ver la realidad de las cosas es algo difícil, pues la mayoría de las personas analizan las situaciones con tal carga de subjetivismo -con un enfoque tan personal- que les resulta complicado centrarse en la dificultad real. Hay otras personas más realistas que tratan de analizar los hechos con objetividad pero también les añaden su particular interpretación. Las personas optimistas van más allá de los datos reales para centrarse, primero, en las circunstancias positivas y después, en las posibilidades de mejora de la situación. Teniendo en cuenta las dificultades, aunque siempre con la actitud positiva de saber que pueden superarse. Por eso, la crítica negativa, es incompatible con el optimismo. Wiston Churchill dejó dicho: “Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”. Pues eso.
-
Y para acabar, una frase anónima que me gusta especialmente porque creo sintetiza a la perfección la esencia del optimismo:

“El optimista tiene siempre un proyecto; el pesimista, una excusa”


sábado, 29 de noviembre de 2008

Bondad

La Madre Teresa de Cálcuta es un ejemplo de bondad. Célebre por su labor humanitaria en India con niños y enfermos. Fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1979 y beatificada por el Papa Juan Pablo II en 2003.
__________________________________
La Bondad es la natural inclinación a hacer el bien, de forma amable, generosa y firme. Para ello es fundamental ser pacientes, tener capacidad para comprender a los demás y estar siempre dispuestos a ayudar. La bondad es una actitud fruto de una mentalidad positiva y equilibrada que brota de los buenos sentimientos y que se practica desinteresadamente: con desapego. Se es bondadoso por la satisfacción de ayudar a los demás. La bondad se expresa siempre mediante palabras amables y sencillas, porque los bondadosos gozan de paz interna y sosiego.

Para entender bien la bondad podemos contrastarla con otras actitudes. Por ejemplo, las personas indiferentes son insensibles a lo que les ocurre a quienes les rodean. Luego están las que permanecen en el reino de las buenas intenciones, pero jamás actúan. En el extremo contrario encontramos las malas personas que, en lugar de ayudar a los demás, buscan siempre dañarles en beneficio propio. La falta de bondad es fruto del egoísmo causado por el miedo a perder o a ser menos: un pensamiento negativo muy recurrente de ausencia o carencia.

Por eso, el no bondadoso es incapaz de sentir compasión y ve a los demás como rivales o enemigos en potencia a los que debe superar por miedo. Se siente más seguro cultivando la desconfianza, el rencor y el odio que la simpatía o la amistad. Prefiere anular o superar a sus semejantes, a intentar conocerles y ayudarles, salvo que a cambio pueda obtener algo para su beneficio.

La falta de bondad deshumaniza y hace a las personas insensibles e indeseables. En cambio, los buenos al final –como en las películas- siempre triunfan por sus buenas intenciones y por su actitud. Y es así por una verdad inmutable dictada por la ley del karma: aquello que siembras recoges y además, multiplicado.

Decía que el bondadoso ofrece ayuda, y lo hace sin forzar, con naturalidad y paz. Sin embargo, ser bondadoso no quiere decir ser blando, sumiso, ingenuo o no tener carácter; condescender con la injusticia o dejar pasar. Todo lo contrario, los buenos se distinguen por su fortaleza –siendo enérgicos y hasta exigentes- aunque siempre con optimismo y actitud positiva que se reflejan en su cálida sonrisa y los sentimientos de confianza, comprensión, amabilidad, cariño y respeto que infunden a su alrededor. El bondadoso sabe controlar sus pasiones. Jamás responde con insultos y desprecio ante quienes así lo tratan, pues por el dominio que tiene sobre su persona, procura comportarse siempre educadamente a pesar del ambiente adverso. Como dijo Lao Tse hace más de 2.500 años: “No hay mayor prueba de fortaleza que el lujo de permitirse ser delicado”.
-
Para ser bondadosos

1. Interesémonos por conocer bien a las personas para saber tratarlas de la mejor manera posible atendiendo a su forma de ser.

2. Mantengamos una actitud amable, abierta y generosa hacia los demás.

3. Practiquemos compasión hacia las personas que sufren.

4. Mostrémonos siempre dispuestos a dar aliento, apoyo y entusiasmo al que lo necesite.

5. Sonriamos siempre.

6. Evitemos ser pesimistas: ver lo bueno y positivo de todas las personas y circunstancias.

7. Tratemos a los demás como quisiéramos que nos trataran: con amabilidad, educación y respeto.

8. Correspondamos a la confianza y buena fe que depositan en nosotros.

9. Sepamos corregir sin criticar, con el ánimo de enseñar y dando ejemplo con nuestra propia actitud: la mejor educación es un buen ejemplo.

10. Visitemos a nuestros amigos: especialmente a los que están enfermos, los que sufren problemas económicos; aquellos que se ven afectados en sus relaciones familiares y, en general, ayudemos a todos los necesitados siendo serviciales desinteresadamente.

Hay muchas maneras de ser bondadosos. La vida nos da cada día infinidad de oportunidades para serlo. Cada cual debe ejercer bondad de la manera que más se adecue a su forma de ser. No tomemos a la ligera los más pequeños actos de bondad: las gotas de agua, al juntarse, llenan inmensos mares.

Obstáculos para la bondad

1. Desconocer cómo son los demás, no prestarles atención y actuar indiferentes a sus circunstancias y necesidades.

2. Practicar el culto a la fuerza y en general, la dureza de corazón como manifestaciones de poder y autoridad.

3. Erradicar de nuestra mente la idea de que siendo buenos, nos van a ver como tontos y que eso nos va a perjudicar.

Sin embargo, es cierto que a veces resulta difícil mantener una actitud bondadosa. En ocasiones tenemos actitudes agresivas, malos modales y hablamos de forma desconsiderada. Queremos que la razón esté de nuestra parte; mostramos desentendimiento o indiferencia hacia los problemas de los demás o les juzgamos o criticamos por considerarles poco aptos, faltos de entendimiento y habilidad para resolver situaciones vitales. En el fondo, incurrimos en esa falta de bondad porque nos creemos superiores. Equivocadamente, muchas veces nuestro ego se regocija cuando son otros los que cometen errores. Algunas personas lo necesitan para sentirse mejor. Sin embargo, nada de eso tiene efectos positivos para nadie. Ni para la persona que tiene que afrontar las consecuencias, ni para el que juzga porque nada positivo se obtiene de ello. Sólo resentimiento y enfado por aquél al que, sin comprender, criticamos y juzgamos.

La bondad es todo lo contrario. El verdaderamente bondadoso no juzga jamás. Intenta comprender a la otra persona y no busca ni explicaciones ni justificaciones. Sólo desea dar soluciones o ayudar a quien se siente mal y perdonar al que se ha equivocado. La bondad siempre ve lo bueno de los demás, y lo positivo de las situaciones.

La bondad es generosa y no espera nada a cambio. No necesitamos hacer propaganda de nuestra bondad, porque entonces pierde su valor y su esencia. No es bondad. La bondad no tiene medida, es desinteresada, por eso jamás espera retribución. Bondad es deseo de servir.

En definitiva, y siempre volvemos al mismo sitio, la bondad es expresión de amor hacia los demás y hacia la naturaleza, como expresiones máximas de la esencia de la vida.

Para ser bondadosos hay que tener pensamientos positivos, porque lo importante no es el color, la forma, la fealdad o la belleza externa de las personas o las cosas, sino, paradójicamente lo que cada uno de nosotros guardamos de verdad en nuestro interior: bondad. Sin ella, el mundo no podría haber llegado a ser. Sólo la bondad salva a la humanidad porque el mundo funciona porque muchas personas se preocupan por hacer el bien: realizan su trabajo de forma responsable, cuidan a sus hijos, en definitiva, contribuyen a que el mundo se ponga en marcha cada día y funcione. Ser bondadosos nos da felicidad porque como dijeron dos de los más grandes filósofos de la historia:

“Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro” (Platón).
-
“Solamente haciendo el bien se puede ser realmente feliz” (Aristóteles).

viernes, 14 de noviembre de 2008

Perdón

Juan Pablo II visitando y dando su perdón a Alí Agca en la celda donde permanecía encarcelado. Agca intentó asesinar al Papa de dos disparos en la Plaza de San Pedro del Vaticano en 1981.
__________________________
La palabra perdonar se compone de per –pasar, cruzar, adelante- y donare –dar, regalo-. El perdón verdadero es la ceniza de la ira extinguida. Se perdona de verdad cuando ya no se siente rencor. Así. el perdón es uno de las actitudes más importantes y valiosas de nuestra vida. El odio y el resentimiento hacia los demás, son causas de dolor. Imaginemos por un momento que todos perdonáramos a todos los que nos han hecho daño en alguna ocasión. Sería el final de mucho dolor, conflictos, guerras, injusticias, separaciones y resentimientos en el mundo.

El perdón es una fuerza liberadora. Con el perdón dejo de sentir ira e indignación interior. Es un acto íntimo que nos permite reconciliarnos con el pasado y dejar de sufrir. En cambio, para los que no olvidan, el pasado está presente y el dolor de ayer, convertido hoy en rencor, continúa devorándoles. Con la acción de no perdonar y recordar, esas personas están continuamente reviviendo una experiencia de dolor que les sume en infelicidad y malestar. No perdonar causa frustración y daño permanente. Odiar bloquea, entorpece nuestros pensamientos y envenena la vida. Las personas con capacidad de perdonar gozan de mejor salud, padecen menor ansiedad y se deprimen menos.

¿Por qué debemos perdonar y cómo perdonar?

El psicólogo norteamericano, Robert Enright, afirma que las personas que han sido profunda e injustamente heridas, pueden sanar emocionalmente perdonando a su ofensor. También el fraile dominico Henri Lacordaire dijo: "Quieres ser feliz un instante? Véngate. “Quieres ser feliz toda la vida? Perdona".

El perdón permite liberarnos para seguir adelante más ligero. Expuesto de manera metafórica: “Puedes recordar el frío del invierno, pero ya no tiemblas porque ha llegado la primavera”.

El perdón es bueno para nosotros: quiero dejar de sufrir y sólo puedo hacerlo si, dejando atrás el resentimiento, perdono y olvido.

Existe un proceso para perdonar. Perdonar no es sólo fingir que nada ha ocurrido, disimular o negar lo que nos ha dañado. Perdonar es dejar de lado pensamientos negativos sobre lo ocurrido y que teniéndolos presentes nos provocan dolor hoy por algo que ocurrió ayer.

Para perdonar lo primero es reconocer el daño que hemos sufrido. Después, dejar que las emociones vinculadas con el mismo fluyan hasta disiparse: nos sentimos engañados, ofendidos, heridos o maltratados y sentimos dolor, ira, decepción. Por eso, hay que identificar la fuente de la herida, lo que sentimos y por qué lo sentimos. Dejar que nuestro dolor se cure expresando lo que nos ha hecho daño.

Sin embargo, lo fundamental de este proceso es la disposición a perdonar. Perdonar es en realidad una decisión egoísta. Si nos cuesta encontrar motivos más espirituales, podemos decidir perdonar porque serenará nuestra mente y nos ayudará a recobrar nuestra alegría. Perdonar es la puerta que nos libera de emociones negativas y destructivas.

Una forma de perdonar es sentir compasión. Ponernos en la posición de quien nos ha hecho daño intentando entender su motivación, sus razones, su miedo o su sufrimiento. No juzgar a los que nos han dañado, sino intentar verlos desde una visión distinta, de forma compasiva. Por lo general, descubriremos que son personas vulnerables, con grandes heridas, carencias y miedos. Al perdonar nos libraremos del dominio que ejercen sobre nosotros mediante el odio que seguimos sintiendo. Por eso, el perdón libera nuestra memoria y permite vivir en el presente, superando el ayer doloroso.

Sin embargo en ocasiones la ofensa, el dolor o el daño son tan enormes que no sabemos, o no tenemos fuerzas para perdonar. La razón está en que sufrimos un dolor muy intenso. En esos casos debemos saber que el dolor, como todo en la vida, tiene un proceso. El dolor debe remitir y lo hará con el tiempo. Lo que es contraproducente para nuestra felicidad, es seguir recreándose en lo ocurrido trayéndolo a nuestra memoria, una vez que el dolor va perdiendo intensidad. Si recordar es volver a vivir, perdonar es olvidar para no sufrir.

Alguien comparó guardar las ofensas y no perdonarlas con meter patatas en una mochila y cargar con ella todos los días y a todas partes. Cuantas más patatas-ofensas guardemos en nuestra mochila emocional, más pesada será su carga. Con el paso del tiempo esas patatas se van deteriorando y además de tener que acarrear su peso, deberemos soportar el hediondo olor de su podredumbre. Actuar y vivir así, es arrastrar un peso emocional insoportable. Todos cargamos con esa mochila, aunque debemos aprender a vaciarla de vez en cuando porque somos nosotros quienes soportamos su carga. Por tanto, el perdón, no es un regalo para el otro. La realidad es que los más beneficiados por el perdón son los que lo dan.

Perdonar es la poderosa afirmación de que las cosas malas no arruinarán nuestro presente, aun cuando hayan arruinado nuestro pasado. Responsabilizar a las personas por sus acciones no es lo mismo que culparlas por nuestros sentimientos. Estos, son sólo cosa nuestra.

El perdón, en definitiva, es una expresión de amor y la consecuencia final de la bondad.
Y para acabar una frase de Mark Twain:
"Perdonar es la fragancia que la violeta deja ir, cuando se levanta el zapato que la aplastó".

jueves, 6 de noviembre de 2008

Generosidad

La generosidad es el hábito de dar y entender a los demás que refleja deseo de ayudar. Hay algo profundo que actúa en la generosidad pues la acción de dar relaciona a dos, el que entrega y quien recibe. Esa relación hace que nazca un nuevo sentido de pertenencia entre ambos. El vínculo activo de alguien –el que crea felicidad dando- con el otro al que ofrecemos nuestra generosidad. Por eso, la acción de dar es creativa de bienestar. Practicando generosidad la persona se desprende libremente de algo, sin sensación de pérdida. Antes al contrario, obtiene por ello una gran satisfacción.

Dar es lo inverso al apego, actitud que siente y fomenta el ego. Éste siempre persigue el interés propio y la individualización. El ego nos esclaviza pues funciona continuamente con las ideas de posesión, carencia y pérdida. Por el contrario, la auténtica libertad nos la da el desapego, pues las personas libres viven en el espíritu y no en lo material. Cuanto más desapego más libertad y a la inversa.

Nuestro mundo en general –no así las sociedades primitivas donde todo se compartía- nos ha enseñado a actuar con apego. Estamos apegados a todo lo que nos rodea, especialmente a todo lo material. Se nos ha hecho creer que el apego hace que nuestra vida funcione y sea segura. Tenemos muy marcada la creencia de que si no defendemos y protegemos lo que es nuestro, otros vendrán, se lo apropiarán y entonces sufriremos. Vivimos con miedo y en continua defensa de lo que entendemos nos pertenece. Por eso, el apego, es en esencia miedo a perder. Pero es una creencia falsa o cuando menos exagerada y contraproducente pues esa actitud cuanto más acusada, mayor angustia y desazón nos genera.

El desapego no debe ser confundido con la indiferencia o la renuncia. Desapego es estar abierto a compartir y dar. Ser generosos es darnos a los demás. Y al hablar de dar no estamos hablando sólo de bienes materiales –quizá los menos relevantes- sino de bienes del espíritu: prestar ayuda; dar consuelo; ser serviciales; estar atentos, etc. Darse a uno mismo de la mejor manera y en todos los aspectos.

Ahora bien, hay que dar de corazón. Mientras demos porque nos lo ordenan, o porque pensamos que es lo correcto, no experimentaremos el profundo placer de dar. Eso no es generosidad. La acción de dar tiene que brotar de nuestro corazón: tiene que ser espontánea, confiada, libre y alegre. Ser generoso porque se desea, no porque nos preocupe nuestra imagen o nos convenga en una concreta circunstancia. Eso sería interés y egoísmo camuflado.

El Dalai Lama nos dice que el mayor grado de serenidad interior proviene de cultivar el amor, la compasión y el buen dar. Cuanto más generosos somos, mejor nos sentimos con nosotros mismos. Cultivar un sentimiento íntimo y afectuoso hacia los demás ofreciéndoles lo mejor de nosotros, aporta paz a nuestra mente y bienestar a nuestro espíritu. Ser generosos elimina temores e inseguridades. Nos fortalece a los ojos de los demás, y nos produce sensación de paz y libertad.

Todo lo valioso de la vida, sólo vale si lo damos. ¿Qué gozo nos reporta tener amor sino lo damos a otros? ¿Cómo se disfrutan los bienes materiales sin compartirlos con quienes queremos?

Como alguien dijo: “Todo lo que das te lo das. Todo lo que no das, te lo quitas”. Lo mejor de esta frase es que es aplicable a todas las cosas: las buenas y las que no lo son. Si das amor recibes amor; si das odio obtendrás odio. Si no das amor te lo quitas de recibir; si no odias, no atraerás hacia ti al odio.

Los más generosos son aquellos que menos tienen. La razón estriba en que al no poseer nada, ningún sentimiento de apego padecen ni temen perder nada. Son pues completamente libres. De ello, es buen ejemplo la foto que encabeza esta entrada.

¡Que maravilloso ejemplo de desapego y amor! ¿verdad?

sábado, 1 de noviembre de 2008

Compasión

Compasión es la actitud personal por la que nos acercamos a los sentimientos y puntos de vista de los demás. El significado de la palabra compasión es “sufrir con”. Sin embargo, no debemos pensar que cuando una persona practica compasión está asumiendo el sufrimiento de otra. No es eso. Si así fuera, la compasión duplicaría por dos el sufrimiento en lugar de aliviarlo. La auténtica compasión es positiva porque reconforta al que la recibe y hace que se sienta bien el que la da.

Compasión es por tanto, el sentimiento de identificación con el dolor del otro. Para eso hay que comprender su sufrimiento. Sólo puedes entenderlo partiendo de la identificación –hemos sufrido algo igual o muy similar- o de la bondad. Es participar de su dolor sin prejuicios, de manera abierta, sincera y sin reservas. Necesitamos para ello imaginar cómo es el otro, qué está viviendo, cómo siente lo que le ocurre. En definitiva, “ponernos en sus zapatos”. Para San Pablo compasión es "reír con los que ríen y llorar con los que lloran". Para Benedicto XVI “la capacidad de amar corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos".

La compasión nos permite evitar el pensamiento egocéntrico porque con ella nos estamos dando y abriendo a otros. Interesarnos por los demás enriquece. Salir de nuestro mundo y adentrarnos en el mundo de los miedos, las pasiones, las limitaciones, los complejos, los temores, las esperanzas, las frustraciones y en definitiva, el sufrimiento de otros seres humanos, es un reto que al practicarlo nos ayuda a ser mejores personas.

Somos más compasivos cuando el dolor de los otros es conocido para nosotros. Alguien que por ejemplo ha perdido un hijo, es quien de verdad comprende esa tragedia. Contemplar el mundo, desde el punto de vista del otro nos transforma. Acercarnos a las emociones e intenciones de los otros, ayuda a relacionarnos con ellos mejor. El hombre es un animal social que necesita interactuar con los demás para su desarrollo. La comunicación y la colaboración son herramientas fundamentales para vivir en sociedad. La compasión es el amor que damos al otro cuando este siente dolor. Por eso, es una herramienta tan poderosa y útil en nuestro trato con los demás.

Con la práctica de la compasión nos sentimos más satisfechos con nosotros mismos. Somos más abiertos y flexibles. A través de ella llegamos a la comprensión porque nos alejamos de los prejuicios y los dogmatismos.

Algunos consideran que identificarse con otros o implicarse en su dolor es un gesto de debilidad. Todo lo contrario. Quien muestra compasión demuestra fortaleza pues no necesita juzgar. Sólo desea ayudar. Muchas veces las personas únicamente necesitamos hablar. Expresar lo que nos angustia y que alguien esté ahí, escuchando con comprensión y apoyo.

Por tanto, con la compasión consolamos y tranquilizamos a los otros. Cuando los demás ven que nos aproximamos a la comprensión de su punto de vista se abandonan, dejan de resistir y sienten alivio. Les ayudamos a liberarse de su angustia, de su zozobra espiritual. Todos necesitamos sentir que somos entendidos. La primera forma de dar comprensión comienza interesándonos sinceramente por los demás.

Pero para practicar la compasión debemos primero controlar bien nuestra vida. Nadie puede dar lo que no tiene: no se puede ser compasivo con otros si antes no lo es uno consigo mismo. Si yo niego u oculto mi propio sufrimiento, no podré identificarme con el de los demás.

En definitiva, la compasión es una relación en estado puro sin juicios de valor que nos ayuda a todos. Con compasión crecemos como personas porque ayudamos a los otros y nos confiere gozo y bienestar.

Por eso el Dalai Lama suele decir:

“Si quieres que otros sean felices, ten compasión. Si quieres ser feliz, ten compasión”