viernes, 15 de mayo de 2009

Carisma

La palabra o vocablo carisma proviene del griego χάρισμα /jarisma/, "presente" o "regalo divino". Carisma es la cualidad de ciertas personas para motivar y atraer la atención, adhesión y admiración de otras con facilidad y gracias al magnetismo de su personalidad.

Las personas con carisma son vistas distintas o ejemplares por los demás y por eso, a ser tratadas como líderes. Las personas carismáticas tienen la habilidad de captar la atención de los demás; la gente piensa bien de ellos y trata de imitarlos. Inspiran confianza y buenos sentimientos. Son entusiastas, extrovertidos y gozan de habilidad para escuchar al otro. Las personas carismáticas muestran mas variaciones en el tono de voz, son más proclives a sonreír y a establecer contacto visual, y tienden, consciente o inconscientemente, a contagiarle sus gestos a su interlocutor, en quien se concentran, generando una intensa conexión emocional. Irradian energía, magnetismo. Cuando nos encontramos en presencia de alguien carismático, generalmente queremos compartir tiempo con esa persona por un deseo inconsciente: su presencia llama la atención. Quien tiene carisma, es seguro de si mismo y es audaz. Las personalidades carismáticas disponen de poder social, es decir, tienen autoridad para socializar su pensamiento y su conducta individuales.

Los líderes carismáticos destilan ideas complejas en mensajes sencillos. Se comunican usando símbolos, analogías, metáforas e historias. Destilan cierta tendencia al riesgo y son optimistas y rebeldes. Luchan contra lo convencional o establecido y en ocasiones, pueden llegar a parecer algo excéntricos. Pero al tiempo inspiran confianza en los demás, fe y creencia. No obstante, poseer carisma no significa por ello ser "buena persona", ya que muchos dictadores y déspotas crueles y sanguinarios a través de la historia han sido carismáticos. Por tanto, el carisma no garantiza que su misión sea correcta, ética o exitosa.

Cuando se le pregunta a la gente qué es ser carismático desde un punto de vista político, habitualmente lo identifican con un líder que "tiene personalidad" o "magnetismo".

Las personas carismáticas se encuentran en las actividades públicas o de relaciones humanas. Son dirigentes políticos, sociales, militares y empresariales, vendedores, artistas, estrellas del espectáculo o periodistas. Sin embargo, es bueno destacar que no todos los líderes son carismáticos ni toda persona carismática es un líder.

Hay quienes creen que se nace con carisma. Otros, defienden la tesis de que el carisma se aprende como toda habilidad. En realidad existe cierto componente genético, pero influye la predisposición mental y psicológica y puede darse aprendizaje social para desarrollar la condición carismática. También el carisma depende de los demás. Una persona puede ser carismática para algún grupo de la sociedad y no serlo para otro sector de la misma sociedad.

Para personas consagradas a una causa, el carisma es una fuerza interna. No importa si se es pequeño de estatura, poco atractivo o agraciado, la vestimenta o la elocuencia. Así por ejemplo podemos citar como grandes ejemplos de personalidades carismáticas a la Madre Teresa de Calcuta o Mahatma Ghandi que no destacaron por ninguno de esos rasgos sino precisamente por todo lo contrario.
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Cómo desarrollar carisma

Tener carisma es canalizar tus energías en la gente. Si lo que transmites es estrés y ansiedad, la gente te rechazará. Si transmites tranquilidad y buena disposición, la gente se sentirá atraída por tu forma de actuar y querrán ser más como tú eres.

Para irradiar carisma hay que ser igual que cualquiera. Sin importar a quién le estés hablando, trata a la gente como merece. Respétales como iguales a ti y espera que ellos te acepten como tú eres.

Ciertos estudios han demostrado que la gente que es generalmente llamada carismática siente las emociones con mayor intensidad y además, tiene la capacidad para involucrar a los demás en su forma de sentir. Irónicamente, en muchas sociedades, la supresión de las emociones es algo recomendable. Es un error. No debemos sentir temor a mostrar ira, dolor, tristeza o euforia. Por tanto, no temas comunicar tus sentimientos. El carisma va precisamente en sentido contrario: muestra tus emociones y empatiza con las de los demás.

Una característica de la gente carismática es la habilidad para utilizar el lenguaje corporal cuando se comunican. La gesticulación es muy importante porque ratifica el lenguaje verbal.

Haz que cada persona que conozcas se siente importante sin importar tu primera impresión o la reputación que pueda tener esa persona. Si haces que la gente se sienta bien consigo misma, se encontrarán bien contigo y eso contribuirá a favorecer tu carisma ante ellos. El carisma debe venir del interior de uno mismo y reflejar lo que llevamos dentro.

Ten algo que decir: un mensaje. No tengas miedo a ser controvertido, a forzar en ocasiones, los límites. Si realmente crees en algo o tienes certeza de lo que sientes, comunícalo, siempre de manera respetuosa. Házlo. Con carisma la gente aceptará mejor tus ideas.

La gente se siente atraída por las personas que se encuentran a gusto en su piel. Si la gente percibe que estás esforzandote por impresionarla, se pondrá en guardia y harás que se pregunten qué es lo que intentas ocultar o compensar. Por eso, enorgullécete de lo que eres. Eres una persona única, y los demás sentirán atracción por aquello que te hace único. Cuanto más cómodo te sientas contigo mismo, más atractivo resultarás a los demás. La clave del carisma resida en este consejo: mantente fiel a tu personalidad y a tus creencias. Se tú mismo. Despertarás una mayor atracción en los demás cuando decidas no impresionar a nadie más que a ti mismo. Y recuerda: no se puede gustar a todo el mundo siempre, y desde luego, no hay razón para aspirar a lograrlo.

Asegúrate de mantener el ego a raya. Sé discreto acerca de tus talentos. Desvélalos sólo cuando sea apropiado. Causarás más impresión en la gente si ésta descubre por sí sola lo que eres capaz de hacer. Se preguntará qué otras habilidades secretas posees, y querrá conocerte mejor.

Tu reputación consiste en una mezcla de rasgos contrastados y de rasgos imaginarios. Mostrar las habilidades y luego retirarse. No hay que excederse, los demás se sentirán más atraídos ante tu talento si ven que tu actitud al respecto es de humildad.

Y para acabar, como siempre, una frase que contiene la esencia del tema tratado:

"¿Cómo puedes tener carisma? Preocúpate más en hacer que otros se sientan bien consigo mismo que hacerlos sentir bien contigo." (Dan Reiland).


viernes, 1 de mayo de 2009

Liderazgo

El liderazgo ha sido definido como la "actividad de influenciar a la gente para que se empeñe voluntariamente en el logro de los objetivos del grupo". Por tanto, el liderazgo es el proceso de influir en otros y apoyarlos para que trabajen con entusiasmo en el logro de objetivos comunes. Liderazgo es la capacidad para tomar la iniciativa, gestionar, convocar, promover, incentivar, motivar y evaluar a un grupo. El liderazgo implica a una persona, el lider que influye y motiva a los demás, los seguidores. Por eso el lider debe gozar de influencia y persuasión: carisma para incidir en el actuar de un grupo de individuos, quienes siguen las decisiones del lider, siendo capaz de inspirar y asociar a otros con una idea. Lo único que puede distinguir a un líder es que tenga seguidores: sin seguidores no hay líder.

La regla de oro en el liderazgo: no pongas a las personas en tu lugar: ponte tú en el lugar de las personas. Por tanto, trata a tus congéneres igual que quisieras ser tratado.

Tipos de lideres

- Líder liberal: el líder delega la autoridad para tomar decisiones.

- Líder proactivo: promueve el desarrollo del potencial de las personas.

El líder debe tener ciertas capacidades: transmitir seguridad; habilidad de comunicación, capacidad organizativa y eficiencia. Un buen líder es una persona responsable, comunicativa y organizada.

La definición de liderazgo citada al principio contiene una palabra clave: "voluntariamente”. No se trata sólo de influir en la gente, sino de hacerlo para que voluntariamente se empeñe en los objetivos que correspondan. Por lo tanto, se excluye la coerción.

Liderazgo y motivación son dos caras de una misma moneda, en donde la primera mira al líder y la segunda a sus seguidores; por lo tanto, liderar es provocar motivación.

Los líderes tienden a ser más brillantes, tienen mejor criterio, interactúan más, trabajan bien bajo presión, toman decisiones más rápidamente y se sienten seguros de sí mismos.

El líder es el resultado de las necesidades de un grupo. Un grupo tiende a actuar o hablar a través de uno de sus miembros. La necesidad de un líder es evidente y real, y ésta aumenta conforme los objetivos del grupo son más complejos y amplios. Por ello, para organizarse y actuar como una unidad, los miembros de un grupo eligen a un líder. Este individuo es un instrumento del grupo para lograr sus metas. Las habilidades personales del lider son valoradas en la medida que son útiles al grupo.

El líder no lo es por su capacidad o habilidad en sí mismas, sino porque estas características son percibidas por el grupo como necesarias y las mejores para lograr el objetivo del equipo.

El líder se diferencia de los demás miembros del grupo por ejercer mayor influencia en las actividades y en la organización de aquél. El líder adquiere status al lograr que el grupo o la comunidad logren sus metas. El líder distribuye poder, protagonismo y responsabilidad entre los miembros de su grupo. Esta distribución juega un papel importante en la toma de decisiones y, por lo tanto, también en el apoyo que el grupo le otorga. En síntesis, el líder es un producto no de sus características, sino de sus relaciones funcionales con individuos específicos en una situación concreta.

El liderazgo no depende de los rasgos individuales sino de la interrelación de la personalidad con el resto: el lider tiene que conocer bien a sus seguidores y saber cómo tratarlos. Esto implica comprensión de las necesidades y motivaciones humanas, y capacidad perceptiva para analizar al individuo. Debe orientar el rumbo del liderazgo mediante el incentivo: motivar al subordinado para que ejecute una tarea con una calidad superior; ejecutar sus actos sólo mediante la administración o la coordinación de los actos ajenos; saber presionar entre el deseo de complacer a sus superiores y pares, y el de complacer a sus subordinados. Con percepción social y comprensión de la conducta humana, logrará sarisfacer a los de arriba y a los de abajo.

El líder debe motivar al adepto que forma parte de su equipo, con el fin de que contribuya a la realización de la tarea. La motivación exige que el líder valore tres aspectos: el individuo; el grupo y el individuo y su relación e influencia en el grupo.

El lider genera el entusiasmo que motiva el rendimiento. Los líderes deben saber elegir el momento oportuno; su estilo y aptitudes deben adecuarse a las necesidades del grupo. Existen los denominados líderes audaces creadores. Son aquellos que poseen la pasión y el genio para hacer realidad los sueños que otros creen inalcanzables. Sin embargo, no todas las personas audaces son líderes.

Características de todos los líderes

1. Dedicación: los líderes estratégicos están comprometidos. Los líderes estratégicos reconocen la diferencia entre los medios y el fin.

2. Pasión: Los líderes deben amar la organización y sus objetivos. Pasión e impulso estratégico en crear algo que creen que es único. Expresan claramente sus metas y están apasionadamente comprometidos con hacerlas realidad.

3. Credibilidad: los líderes hacen lo que dicen. La coherencia entre palabras y acciones es esencial: honestidad. Si las circunstancias determinan la realización de cambios, un líder debe estar dispuesto a explicar el motivo y ser capaz de hacerlo. Si no se obtienen los resultados prometidos, un líder debe ser capaz de admitir errores o defectos.

Los líderes estratégicos no sólo dicen lo que la gente quiere oír. No solamente son creíbles, sino previsibles. No hacen promesas irreales ni generan expectativas inalcanzables. Cuando los cambios se hacen necesarios, los líderes los discuten con su equipo. La comunicación en equipo es uno de los rasgos fundamentales de los líderes estratégicos.

4. Aptitudes extraordinarias: ser el mejor en algún aspecto clave y ser capaz de convertir esta cualidad en algo realmente diferente: resuelven problemas de manera singular. Este talento especial es el motor estratégico que posibilita al líder obtener y conservar una ventaja competitiva y, a veces, hasta "injusta". Él puede porque es el líder.

5. Aptitud para establecer un plan estratégico exitoso: la pasión o impulso es inútil si el líder no tiene un plan estratégico claro, comprensible y realista que comunica y hace conocer al equipo hacia donde se dirige. El lider describe a grandes rasgos las expectativas para todas las personas que trabajan en el proyecto. El plan indica al equipo cómo tener éxito -especificando lo que cada miembro del grupo tiene que realizar para triunfar- y explica cómo cada cual encaja dentro de la visión, rumbo y estrategia global del proyecto.

Los líderes son parte de la acción y comparten los riesgos y recompensas de la puesta en marcha del plan estratégico que han creado. Asumen tanto la responsabilidad de los fracasos como de los éxitos. No pueden describir cada actividad del proyecto; sin embargo, deben describir las acciones clave para lograr el éxito, así como de qué manera y en qué momento deben ser ejecutadas.

6. Flexibilidad y disposición para dejar el poder: el líder estratégico comprende que la empresa debe prever y responder con rapidez y decisión a los cambios. Por consiguiente, el plan estratégico y el motor estratégico también deben evolucionar con el transcurso del tiempo. Para tener éxito, los líderes deben mantenerse flexibles. El desafío más grande para la flexibilidad de visión y acción de un líder es saber cuándo debe dejar ese rol a un sucesor y tener la capacidad de hacerlo.

7. Aptitud para formar y conservar el equipo adecuado: Sin un equipo, el líder no puede liderar: sin el equipo adecuado, un líder no puede conducir de forma efectiva.

8. Los líderes deben tener la capacidad de identificar los distintos tipos de personas que necesitan: deberá especificar qué cualidades requieren los miembros de su equipo. Los integrantes del equipo deben ser capaces de fomentar relaciones duraderas y no solamente "hacer lo que se les pide". Una vez que tiene un equipo, el líder debe ser capaz de motivarlo adecuadamente. Algunos equipos requerirán gratificaciones y recompensas inmediatas; algunos necesitarán seguridad y otros responderán positivamente si tienen pleno control sobre lo que hacen y cómo lo hacen. El líder debe tener la capacidad de conservar el personal clave durante el período que dura el proyecto.

Los líderes consolidados comienzan a creer que son infalibles y omnipotentes. Atribuyen el éxito de la organización a su propio talento e ignoran los aportes del equipo. Esta actitud es una invitación al fracaso.

Y para acabar unas frases:

"El liderazgo es la capacidad de transformar la visión en realidad". (Warren Bennis).

"El liderazgo es la fortaleza de las propias convicciones, la capacidad de soportar los golpes, y la energía para promover una idea". (Benazir Bhutto).

"El liderazgo es el arte de conseguir que otra persona haga algo que quieres hacer porque quiere hacerlo". (Dwight Eisenhower).

domingo, 19 de abril de 2009

El bambú: paciencia y perseverancia

“Hay algo muy curioso que sucede
con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada visible con la semilla durante los primeros siete años, hasta tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece… ¡más de 30 metros!
¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No; la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, ese bambú estaba generando, silenciosamente, un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.”
El bambú es un claro ejemplo de paciencia y perseverancia en la naturaleza.
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Tenemos que aprender del bambú. Tendemos con demasiada frecuencia a querer obtener rápida respuesta y solución a las situaciones y dificultades de nuestra vida cotidiana. Todo en la vida requiere de un tiempo de maduración y hemos de ser conscientes de que todo tiene su momento y conlleva su tiempo. La consecución de nuestros objetivos es siempre resultado del crecimiento interno y de la toma de consciencia de nuestras capacidades y de nuestras limitaciones. Nuestras capacidades para saber qué objetivos realistas podemos fijarnos. Y nuestras limitaciones para, siendo conscientes, removerlas y superarlas de modo que no nos impidan avanzar. Y todo eso, requiere tiempo.

Por ello, los impacientes y los ambiciosos sin realismo, todos aquellos que aspiran a todo y además lo quieren rápido, pronto sucumben y abandonan a las primeras de cambio. Otros, tardan un poco más, pero justo antes de conseguirlo, desfallecen porque les ha faltado el empujón final. Por eso, es importante la perseverancia, la ilusión y la fortaleza para llegar hasta el final. Nadie dice que sea fácil. Sin embargo, siempre es mejor haberlo intentado de forma coherente y esperando el momento adecuado –haz lo mejor que puedas según las circunstancias- que no hacerlo o abandonar cuando aparecen las primeras dificultades, quedándote instalado en el desánimo y la frustración.

También es necesario entender que, en muchas ocasiones, nos veremos en situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Eso puede ser extremadamente
frustrante. Sin embargo, acordémonos entonces del proceso de crecimiento del bambú. Es una maravillosa metáfora natural que nos ayudará a entender la esencia de algunos procesos de la vida.
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Aunque el resultado final no pueda ser alcanzado, no importa. Se ha producido uno más sutil pero a la vez muy poderoso: en el proceso nosotros habremos madurado y crecido porque también durante el “camino” se aprende. Las dificultades y el sufrimiento templan el espíritu y nos hacen mejores pues nos ayudan a comprender y entender el esfuerzo y el sacrificio de los demás. Nos transforman.

Los resultados requieren de un proceso que necesita perseverancia y paciencia.

Tenemos que aprender a rectificar sobre la marcha y saber adaptarnos a las nuevas situaciones que aparecen a lo largo del “camino”. Aprender qué nos ayuda a acercarnos al resultado y qué nos aleja para descartarlo.

Y si al final no fuera posible obtener lo que deseamos, sólo nos queda un remedio: saber aceptar con humildad, pensando que aquello no estaba para nosotros y dando gracias por todo lo que hemos comprendido y aprendido durante el intento.

Sin reproches y en paz con nosotros mismos y los demás.

Aprender a oscilar cuando la tierra tiembla. Saber doblarnos sin rompernos.

La sabiduría del bambú es profunda.


lunes, 30 de marzo de 2009

Perseverancia

La perseverancia es la actitud por la cual nos mantenemos constantes en la prosecución de un fin. Es querer algo que uno se autopropone. Comienza con una decisión que se mantiene firme hasta alcanzar la meta. Por eso la perseverancia es crucial para el éxito y un rasgo de carácter esencial para la progresión del ser humano. Muchas cosas buenas en nuestra vida se pierden por titubeos, dudas, vacilaciones y falta de determinación. En definitiva, por ausencia de perseverancia. La fábula de Esopo sobre la tortuga y la liebre nos lo enseña: las carreras se ganan con perseverancia y por encima, en ocasiones, de otras cualidades. La perseverancia es una fuerza irresistible que supera y derroca a otras cualidades. El tiempo es amigo y asistente de quienes usan su buen hacer para aguardar su oportunidad, y enemigo destructivo de quienes avanzan a tientas y a locas. Sin embargo, la persistencia y la perseverancia no pueden actuar aisladas de la inteligencia práctica. Una persona que es sólo persistente puede ser un fastidio irritante, si su insistencia y persevereancia no están bien razonadas. Usando el discernimiento, la perseverancia es un ingrediente esencial en el progreso humano. Por eso es muy importante enseñar a perseverar a los niños e insistirles en el esfuerzo de perfeccionarse a sí mismos. Apoyarles en todo momento, siendo su guía y su aliento por medio del ejemplo. Cuando el camino que recorres parece cuesta arriba, descansa si debes, pero nunca cejes. Recuerda que un fracaso puede ser un triunfo si uno persiste en vez de claudicar. Por eso algunos sostienen que “justo antes de amanecer es cuando más oscuro está”, lo cual anima a no caer en el desánimo. Cuando Thomas Alva Edison (1847-1931) inventó la bombilla, no lo logró fácilmente, sino que llevó a cabo más de 500 prototipos, hasta el punto de que uno de sus colaboradores le preguntó si no se desanimaba ante tantos fracasos. Edison respondió: "¿fracasos? No sé de qué me hablas. En cada uno de los intentos descubrí un motivo por el cual la bombilla no funcionaba. Ahora ya sé casi quinientas maneras de no hacer una bombilla".

Por tanto, la perseverancia es un esfuerzo continuo. Es un valor fundamental en la vida para obtener el resultado querido. Siempre es gratificante iniciar un proyecto porque a través de él existe una gran ilusión, sueños y esperanzas. Las exigencias podrán ser agotadoras. Es precisamente entonces cuando necesitamos tener la perseverancia bien asimilada para no resultar derrotados y tener la satisfacción de luchar alcanzar lo que nos propusimos.

La perseverancia es hermana de la fortaleza y juntas nos ayudan a no dejarnos llevar por lo fácil y lo cómodo. Muchas veces no conocemos realmente nuestras capacidades hasta que nos enfrentamos a dificultades. Sin embargo, las metas que emprendamos, deben ser realistas y estar acompañadas de los medios que vamos a utilizar para conseguirlas. Esas herramientas son nuestras habilidades, posibilidades y conocimientos, y pensar cómo aplicarlas. Por eso, la perseverancia bien aplicada requiere sentido común y saber que, tal vez, no lo logremos de inmediato. Pero lo importante es volverlo a intentar, porque la perseverancia brinda estabilidad, confianza y es un signo de que estamos madurando o tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante las cosas. Necesitamos estar preparados para enfrentar los retos del mundo actual, con un compromiso pleno y decidido para cumplir nuestra vocación con entrega y espíritu de servicio.

Decálogo para desarrollar perseverancia

1. La perseverancia comienza con un conocimiento realista de uno mismo: fortalezas y debilidades.

2. Tenemos que ser constantes en nuestras actividades, prever los obstáculos y ser firmes en las dificultades.

3. Enfrentar los retos sin miedo.

4. Aprender a valernos por nosotros mismos.

5. Ser conscientes de que nadie puede responder por nosotros.

6. Pensar positivamente: “El que persevera alcanza”; “La fuerza de voluntad se adquiere por repetición de actos que requieren esfuerzo”; “La perseverancia desarrolla todas las virtudes”.

7. No hay calidad personal sin esfuerzo para vencer los obstáculos.

8. La perseverancia es una señal de seguridad.

9. No confundir la perseverancia con la rutina.

10. Lo más importante en esta vida no es darnos cuenta de que tenemos problemas, sino cómo hacer para superarlos.

Si por ejemplo una persona abandona un trabajo porque su jefe no le gusta; si deja a su pareja porque "no es perfecta", entonces todo apunta a que es una persona sin perseverancia que se rinde a las primeras de cambio. A la larga tendrá un sentimiento: el de haber sido vencido y no haber luchado por algo que, posiblemente, valía la pena.

El combustible para que la perseverancia pueda moverse largamente es el de la visión a largo plazo y la profundidad. Los seres humanos somos hedonistas por naturaleza, es decir, preferimos el bien y el placer inmediatos. Esa falta de visión provoca que hagamos cosas para obtener satisfacción inmediata. Con la peseverancia, conseguimos no dejarnos llevar por lo fácil y lo cómodo, a cambio de obtener algo más grande y mejor en el futuro. Si vemos la vida con superficialidad, entonces, nos dejaremos llevar por las satisfacciones rápidas.

La dificultad con los propósitos es que siempre decimos el "qué" pero nunca el "cómo". Por otro lado, a veces no conocemos a fondo nuestras capacidades -o falta de ellas- para poder establecer objetivos que realmente podamos alcanzar. A veces nos olvidamos de la sabiduría popular, pero no sería mala idea reflexionar solo un momento sobre el viejo refrán: “el que la sigue la consigue”. La perseverancia brinda estabilidad, confianza y es un signo de madurez.
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Unas cuantas frases de interés que nos ayudan a entender mejor qué es perseverancia:

“Si te caes siete veces, levántate ocho”. (proverbio chino).

“Nuestra mayor gloria no está en no haber caído nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos”. (Olivere Goldsmith).

“Si se siembra la semilla con fe y se cuida con perseverancia, sólo será cuestión de tiempo recoger sus frutos”. (Thomas Carlyle).

“Siempre he creido que no importa cuantos disparos falle... Acertaré en el siguiente”. (Jonathan Swift).

“La vida no es fácil para ninguno de nosotros. ¿Pero qué hay con eso? Tenemos que tener perseverancia y, sobre todo, confianza en nosotros mismos”. (Marie Curie).

viernes, 20 de marzo de 2009

Paciencia

La palabra paciencia tiene por raíz latina "pati" que significa sufrir. De hecho el participio "patiens" se introdujo al castellano como paciente “el que sufre.” Por tanto, la palabra misma nos recuerda que la paciencia implica sufrimiento. Sin embargo es un sufrimiento digno con el que se espera una recompensa: la que nos vendrá con el transcurso del tiempo que cambia las cosas, con la perseverancia, o con la actividad correcta en los momentos adecuados.

Por tanto, la paciencia es la aptitud que nos permite soportar los contratiempos y dificultades. Es la actitud valerosa que nos permite hacer frente a las situaciones adversas sin dejarse superar por ellas. Por eso, la paciencia es una aptitud que debe revelarse precisamente cuando sufrimos situaciones difíciles.

En la tradición cristiana, la paciencia es la perseverancia en la esperanza de que Dios nos ayudará a superar el mal. Su opuesto es la ira.

Es importante considerar que ser paciente no sólo consiste en esperar a que cambien las cosas por sí solas. Paciencia es la cualidad de tolerar o soportar dolor o dificultades sin quejas pero con actitud positiva y luchadora. Por tanto, paciencia integra tres estadios: 1) paso del tiempo; 2) perseverancia para obtener lo que se desea; 3) actitud adecuada en el momento correcto.

En el estadio de paso del tiempo hay que sacar ventaja de ese aparente “tiempo muerto”. No podemos quedarnos ensimismados por aquello que nos ha pasado o “golpeado”. Tenemos que ser conscientes de que el “dolor” irá remitiendo y cuando éste desaparezca, estaremos en mejores condiciones para superar la dificultad. Por tanto, paciencia no es pasividad ante el sufrimiento, no reaccionar o un simple aguantarse: es fortaleza para aceptar con serenidad el dolor y las pruebas a las que la vida nos somete para nuestro contínuo crecimiento.

En lo referente a la paciencia en su estadio de perseverancia, consiste en saber aceptar las situaciones o cosas negativas que nos ocurren pero sin rendirnos. Para ello es fundamental perseguir aquello que deseamos hasta conseguirlo, sin desfallecer y sin sucumbir al desaliento. Haciendo siempre lo máximo que esté en nuestra mano, según las circunstancias.

La paciencia como actividad correcta en el momento adecuado. Cuando “tenemos el tiempo encima” tendemos a desesperarnos, nos irritamos, gritamos y generamos un caos peor sin lograr resultado alguno. Este también es un momento para la paciencia. Nuevamente no se trata de esperar una solución “divina” -si bien podemos orar y pedir ayuda si somos creyentes- pero lo cierto es que también tenemos que enfrentar el problema. Tenemos que sabe pedir ayuda para trabajar en la consecución de la solución.

La vida diaría está llena de prisa y a menudo somos incapaces de disfrutar el presente. Para ello también es necesario paciencia, lo que nos ayudará a vivir mejor: 1) disfrutando las cosas y 2) viendo con claridad el origen de los problemas y la mejor manera de solucionarlos.

La paciencia es parte de la virtud de la fortaleza, que nos permite mantener la fidelidad en medio de las persecuciones y pruebas, y es el fundamento de la grandeza de ánimo y de la alegría de quien está seguro de hacer lo que le dicta su propia conciencia.

La paciencia es un rasgo de personalidad madura. Esto hace que las personas que tienen paciencia sepan esperar con calma a que las cosas cambien a mejor pues, muchas veces, aquellas cosas que no dependen estrictamente de nosotros, hay que saber darles tiempo.

La persona paciente tiende a desarrollar una sensibilidad que le va a permitir identificar los problemas, contrariedades, alegrías, triunfos y fracasos del día a día y, por medio de ella, afrontar la vida de una manera optimista, tranquila y armoniosa.

Es necesario tener paciencia con todo el mundo, incluidos nosotros mismos. Con lo demás es fundamental para lograr mantener buena relaciones sociales. Hay que contar con los defectos de las personas que tratamos –muchas veces están luchando con empeño por superarlos- quizá con su mal genio, con sus faltas de educación y sus suspicacias... que, sobre todo, cuando se repiten con frecuencia, podrían hacernos perder nuestro interés en ayudarlos. El discernimiento y la reflexión nos ayudarán a ser pacientes, sin dejar de corregir cuando sea el momento más indicado y oportuno. Esperar un tiempo, sonreír, ser pacientes en definitiva, puede ayudarnos a ayudar a esas personas.

Paciencia con aquellos acontecimientos que llegan y que nos son contrarios: la enfermedad, la pobreza, los diversos inconvenientes que se presentan cotidianamente: los atascos de tráfico, los olvidos, la visita que se presenta en el momento más inoportuno. Son adversidades, quizá no muy trascendentales, que nos llevarían a reaccionar con irritabilidad e impaciencia. En esos pequeños sucesos también ha de aplicarse paciencia, pues aun siendo menores, son también más frecuentes.

Y para acabar un par de frases:

“La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte”. (Inmanuel Kant).

“La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces”. (Jean Jacques Rousseau).

domingo, 8 de marzo de 2009

Los 4 Acuerdos Toltecas

En el sur de México, hace miles de años vivió un pueblo: los toltecas. Los antropólogos han definido a los toltecas como una nación o raza, pero en realidad, fueron un pueblo de artistas y científicos dedicados al estudio y preservación del conocimiento espiritual y las prácticas de sus antepasados. Por eso algunos definen a los toltecas como un pueblo de “mujeres y hombres de conocimiento”.

Los toltecas vivían a las afueras de México en la ciudad de Teotihuacan –que significa lugar en el que el hombre se convierte en Dios- y formaron una comunidad de conocimiento integrada por maestros y estudiantes. Los maestros recibían el nombre de naguales.

Durante milenios, los maestros naguales se vieron forzados a esconder su sabiduría ancestral y a mantener su existencia en secreto. Afortunadamente, el conocimiento esotérico tolteca fue conservado y transmitido de una generación a otra por distintos linajes de naguales hasta llegar a nuestros días. Gracias a ello, hoy podemos conocer y aprovechar las poderosas enseñanzas de los toltecas.

El conocimiento de los toltecas toma como base –al igual que la mayoría de las tradiciones esotéricas del mundo- la unidad esencial de la verdad. Los toltecas no crearon ninguna religión propiamente dicha, aunque se muestran respetuosos con todos los maestros espirituales.

El conocimiento tolteca nos habla del espíritu pero va más allá, pues nos invita a practicar una determinada forma de pensar y actuar. Sus consejos fáciles de practicar en apariencia, tienen un efecto poderosísimo para transformar nuestra realidad y de esa manera, nuestra vida. A través de ellos se nos garantiza el poder transitar con mayor facilidad por el amor y la felicidad.

El conocimiento tolteca se basa en 4 Acuerdos que son los siguientes:

1. Se impecable con tus palabras

Para los toltecas es muy importante lo que decimos. Ellos distinguen entre las buenas palabras y las malas palabras. Las malas palabras son semillas de odio. Las buenas palabras son semillas de amor. Con las palabras hacemos “magia” y es por ello que nos invitan a ser “magos blancos” utilizando bien nuestras palabras para: crear, compartir, dar y amar.

Por el contrario, si empleamos mal las palabras, seremos “magos negros” y de esa manera no haremos sino enviar “veneno emocional” a todos aquellos a los que las dirijamos: culparemos, reprocharemos, mentiremos, destruiremos, expresaremos rabia, celos y envidia. Con malas palabras sembramos vientos y en consecuencia, a la postre, sólo podremos cosechar malos frutos y tempestades.

El término impecable significa actuar “sin pecado”. Es decir, emplear la fuerza y la energía de las palabras hacia los demás atentos para no causarles daño u ofensa. Tenemos que hacer lo posible por emplear las palabras en la buena dirección: la del perdón, la verdad y el amor.

Por eso el consejo es: utiliza tus palabras siempre correctamente: para compartir amor y hacer bien a todos. Las palabras, según las emplees, te liberarán o te esclavizarán. Si no has de decir algún bueno, mejor no lo digas. Porque como bien dice el adagio: “Somos dueños de nuestras silencios y esclavos de nuestras palabras”. (Véase la práctica del silencio por el Taoismo).

2. No te tomes nada personalmente

Nos dicen los toltecas que cuando tomamos las cosas personalmente estamos aceptando de esa manera el “veneno emocional” que nos envían los demás. Al considerar “personal” lo que el otro nos dice, estamos tragando ese veneno y, sólo entonces, es cuando nos hace daño.

La pregunta es ¿y por qué nos tomamos las cosas personalmente? Nos tomamos las cosas de forma personal por nuestro ego. Y, ¿qué es el ego? El ego es “la importancia personal” que te das a ti mismo. Tener ego es pensar que tú eres lo más importante del mundo; considerar que todo gira a tu alrededor, que tú mereces algo diferente a los demás, que eres distinto y mejor.

Cuanto más ego tienes, más personal te tomas lo que los demás dicen u opinan sobre ti.

Sin embargo, debes considerar que lo que otras personas dicen, lo que hacen, lo que piensan y las opiniones que expresan sobre ti, es sólo una proyección de la realidad de sus mentes. Nada de lo que piensan o hacen los otros está causado en realidad por ti. Su punto de vista, su forma de ver el mundo y su actitud frente a ti sólo surgen de sus creencias. Todo es fruto de la “programación” que recibieron durante su educación, a la que los toltecas llaman “domesticación”. El mundo es lo que ellos creen que es. Y algunos tienen una visión muy distorsionada porque están profundamente dormidos.

Si no te tomas nada personal, serás inmune a las acciones y opiniones de los demás, y entonces, te ahorrarás muchísimo sufrimiento.

3. No hagas suposiciones

En muchas ocasiones no hace falta que sean los demás los que digan, hagan u opinen sobre nosotros. A falta de eso somos nosotros mismos los que nos autogeneramos mucho “veneno emocional”. ¿Cómo lo hacemos? Mediante nuestros pensamientos generadores de suposiciones que, a fuerza de repetirnos, llegamos a creer verdaderas. Por eso, para evitarte ese veneno emocional, ¡no hagas suposiciones! ¿Para qué? ¡Evítalas! intentando averiguar la verdad. Es siempre mejor preguntar que hacer suposiciones. Con suposiciones sólo logramos construir grandísimos dramas. Al suponer, la mayoría de las veces, estás representándote una realidad equivocada o distorsionada y de esa manera tú mismo, sin intervención de nadie más te estás generando muchísimo sufrimiento.

Por tanto, ¡no des nada por supuesto! Si tienes dudas, ¡acláralas! Si sospechas, ¡pregunta! Expresa siempre lo que de verdad deseas y comunícate con los demás con la mayor claridad y sinceridad posibles. Suponer, te hace inventar historias sin fundamento que sólo te sirven para “envenenar” y “torturar” tu mente.

4. Haz siempre lo máximo que puedas

El último de los 4 acuerdos toltecas nos dice: “Haz siempre, según las circunstancias, lo máximo que esté en tu mano”. Por tanto, no te exijas siempre de la misma manera. No es posible que hagas o actúes igual cuando estás enfermo que cuando estás sano. No tienes la misma capacidad.

Si actúas siempre de la mejor manera posible y haces todo cuando esté en tu mano, obtendrás un efecto poderosísimo: nadie te podrá culpabilizar, juzgar y condenar. Ni tan siquiera tú mismo, pues tu conciencia estará tranquila: has hecho todo lo que podías según las circunstancias. Si has hecho lo máximo que podías, no caben los reproches.

Ahora bien, si haces las cosas porque te sientes obligado, por el qué dirán los demás, entonces no estás haciendo lo máximo que puedes de forma correcta. Lo máximo que puedas tienes que hacerlo siempre con libertad y por convicción. Si haces las cosas “porque tocan” o de manera forzada, es preferible que no las hagas.

Con la práctica de estos 4 acuerdos, los toltecas nos dicen que transformaremos nuestra vida permitiéndonos sentirnos más felices. Además, estos acuerdos tienen efectos muy poderosos para transformar nuestras realidad y que se incrementan a medida que los ponemos en práctica.

Para los toltecas, los hombres vivimos en un mundo de sueño. Los humanos no sabemos realmente quienes somos pues vivimos entre niebla y humo. El sueño de los humanos, esa niebla o humo, están conformados por todas las reglas de la sociedad: sus creencias; sus leyes; sus religiones; las diferencias culturales y las maneras de ser; los gobiernos; las enseñanzas; los prejuicios culturales; los acontecimientos sociales; sus celebraciones, etc. Estamos en definitiva “programados” para vivir, actuar e interpretar la realidad de una manera muy concreta. La que generación tras generación se ha ido programando en nuestra mente. Y esa manera, no es precisamente la más idónea para ser felices. Todo lo contrario, nos hacemos mucho daño a nosotros mismos, y también generamos mucho sufrimiento a los demás.

Por eso, debemos ser capaces de despertar de ese sueño y una de las maneras es poner en práctica a conciencia esos 4 acuerdos que tienen como elemento fundamental y común en todos ellos la práctica de la verdad.

¡Sigamos a los toltecas y despertemos aplicando sus Acuerdos!

(Este post ha sido elaborado a través de la información obtenida del libro del Dr. Miguel Ruiz que lleva por título los Cuatro Acuerdos).

domingo, 1 de marzo de 2009

Desapego

El pensamiento oriental en general suele coincidir en que la contención del deseo es esencial para evitar el sufrimiento y de esa manera, experimentar felicidad. Por contra la necesidad insatisfecha crea desasosiego y frustración. Sin embargo, una cosa son necesidades naturales o reales y otras aquellas que nos autoimponemos.

Sócrates, el más grande y virtuoso filósofo de la antigüedad, cuando paseaba por el mercado de Atenas y contemplaba los bazares repletos decía: "¡Qué rico soy, cuántas cosas hay que yo no preciso!". Los estoicos, con Séneca a la cabeza, dejaron dicho: "Se es pobre no por tener poco, sino por desear mucho". Por su parte los hedonistas de Epicuro reivindicaban la moderación en los deseos y defendían una idea muy similar: "Si quieres ser rico, no te afanes en aumentar tus bienes sino en disminuir tu codicia". (Ataraxia).

Esto nos lleva a considerar que hay ricos-pobres –los que jamás se conforman con lo que tienen- y hay pobres-ricos –los que aun no teniendo mucho, están satisfechos con lo que tienen.

Algunos psicoanalistas sostienen que la curación de algunas alteraciones sólo es posible cuando asumimos que somos seres limitados e incompletos. Todos, de una u otra manera, sufrimos carencias y debemos aprender a reconocerlas y a asumirlas. No podemos ser todo ni tampoco podemos tenerlo todo. El deseo es señal de una carencia, de un vacío. Cuando lo satisfacemos, la dicha nos dura muy poco y enseguida surge de nuevo otro deseo. Todo deseo satisfecho crea nuevos deseos. Los deseos irreales o inalcanzables son causa de profundo dolor y frustración; como lo es el deseo continuo de tener, alcanzar o conseguir cosas. En realidad, hay personas que son como pozos sin fondo que sólo por momentos parecen llenarse y rebozar. Sin embargo, su estar lleno es efímero. Pronto retorna la falta, la oquedad. Por eso hay que saber que no se trata de seguir rellenando inútilmente lo que no se puede rellenar, sino de renunciar a ese continuado relleno. En definitiva, en aceptar nuestra incompletud, sabiendo ver las cosas de la manera más positiva y optimista posible: el vaso medio vacío o medido lleno. La plenitud no está tanto en lograr lo que anhelas, sino en valorar aquellos de lo que dispones.

Hay 4 leyes básicas de la psicología transpersonal, que se han inspirado en ideas propias del budismo. Son las siguientes:

1.- Existe el sufrimiento, la decadencia, la impermanencia y la degradación.

2.- Se sufre por dos razones: Cuando uno tiene lo que no quiere y cuando uno no tiene lo que quiere o desea. El fundamento de las dos formas de sufrimiento es el apego.

3.- El camino de la libertad es el desapego, el desencadenamiento de la vida, de las cosas, de la personalidad y del ego. Cuando nos apegamos tenemos miedo de perder lo que tenemos o de no conseguir lo que queremos. Para Krishnamurti: “el apego corrompe”.

4.- El camino para lograr el desapego es el “camino medio”. Éste tiene que ver con la recta intención y el buen comportamiento, con la recta palabra y con practicar la meditación y la observación consciente de la realidad que nos rodea.

Según la psicología transpersonal, hasta los 35 años aproximadamente uno construye su ego -posición económica, trabajo, familia, etc.- “para ser alguien en la vida” o mejor dicho “parecer alguien en la vida”. Sin embargo, lo más esencial en cada uno de nosotros es transpersonal. Somos parte de una sabiduría divina o cósmica que está oculta detras de nuestro ego. El ego es una ilusión, una construcción que hacemos de nosotros mismos y la causa del sufrimiento. El desapego es justo lo contrario: la liberación del sufrimiento y con él, el tránsito por la felicidad. Por eso se dice que la construcción del ego es un camino de sufrimiento.

Para ser feliz es necesario parar el ego, parar los pensamientos y dejar que fluya la intuición que es la sabiduría que todos tenemos dentro. Para lograr esto ayuda mucho meditar sobre la verdadera importancia de las cosas, su trascendencia y en definitiva, si vale la pena luchar tanto en ocasiones para conseguir aquello que realmente no es tan importante para nuestra esencia verdadera, aunque sí para nuestro ego. Por eso tenemos que cambiar de “chip” mental y ver el mundo con otros ojos, de otra manera, con desapego de las cosas.

Las disciplinas orientales son más sabias y útiles para ese propósito pues nos muestran caminos para la liberación del sufrimiento psicológico innecesario; malestar que cuando es muy intenso, puede incluso llegar a generar enfermedades mentales. Por su parte, la mayoría de la psicología y psicoterapia occidentales van en sentido contrario. En lugar de enseñar a los individuos a liberarse, a fluir y aceptarse, lo que hacen es simplemente ayudarles a adaptarse a la sociedad fortaleciendo su personalidad. En definitiva, tienden a reafirmar el Yo de los individuos, su ego, en lugar de ayudarles a superarlo.

El desapego no es indiferencia

Algunos consideran que es difícil sentir amor y no experiementar apego a aquello que queremos. Tan es así que muchas veces hasta confundimos uno y otro.

Amor y apego no siempre deben ir de la mano. Los hemos entremezclado hasta tal punto, que ya casi los consideramos la misma cosa. Entendemos erróneamente el desapego como dureza de corazón, indiferencia o insensibilidad, y no es así. El desapego no es indiferencia por lo que ocurre, sino una manera sana de aceptar la realidad y de relacionarse con los demás, cuyas premisas son: independencia, no posesividad y no adicción. La persona no apegada es capaz de controlar sus temores a la perdida, a la no obtención del resultado, al abandono. Sabe que todas esas cosas no tienene en realidad trascendencia. De esa manera no hay cabida al egoismo ni a la deshonestidad.

La ley del desapego

Siguiendo a Deepak Chopra, esta ley nos dice que para adquirir cualquier cosa en el universo físico, debemos renunciar a nuestro apego a ella. Esto no significa que renunciemos a la intención de cumplir nuestro deseo. No renunciamos a la intención ni al deseo; renunciamos al interés por el resultado. Combinando al mismo tiempo la intención concentrada y el desapego, conseguiremos lo que deseamos.

El apego, por el contrario, se basa en el temor y en la inseguridad. Es algo que produce ansiedad y acaba por hacernos sentir vacíos. El apego es producto de la conciencia de la pobreza. En cambio, el desapego es sinónimo de conciencia de riqueza, y a partir de ahí se cuenta con la libertad para crear y hacerlo todo posible. Entonces, las cosas vendrán a nosotros espontáneamente y sin esfuerzo. Con apego somos prisioneros de la inquietud, la desesperanza, las necesidades mundanas, los intereses triviales. En definitiva, arrastramos una conciencia de la pobreza y de la carencia, y de esa manera, arrastramos una existencia mediocre.

La gente busca constantemente seguridad, pero con el tiempo descubriremos que esa búsqueda es en realidad algo muy efímero. Hasta el apego al dinero es una señal de inseguridad.

Quienes buscan la seguridad la persiguen durante toda la vida sin encontrarla jamás. La seguridad es evasiva y efímera porque no puede depender exclusivamente del dinero. El apego al dinero siempre creará inseguridad, no importa cuánto dinero se tenga en el banco. De hecho, algunas de las personas que más dinero tienen son las más inseguras.

La búsqueda de la seguridad es una ilusión. Esto significa que la búsqueda de seguridad y de certeza es en realidad un apego a lo conocido. ¿Y qué es lo conocido? Lo conocido es el pasado. Lo conocido no es otra cosa que la prisión del condicionamiento anterior. Allí no hay evolución, absolutamente ninguna evolución. Y cuando no hay evolución, sobrevienen el estancamiento, el desorden, el caos y la decadencia.

La incertidumbre, por otra parte, es el suelo fértil de la creatividad pura y de la libertad. La incertidumbre es penetrar en lo desconocido en cada momento de nuestra existencia. Lo desconocido es el campo de todas las posibilidades, siempre fresco, siempre nuevo, siempre abierto a la creación de nuevas manifestaciones.

Sin la incertidumbre y sin lo desconocido, la vida es sólo una vil repetición de recuerdos gastados. Nos convertimos en víctimas del pasado, y nuestro torturador de hoy es el Yo que ha quedado de ayer.

Renunciemos a nuestro apego a lo conocido y adentrémonos en lo desconocido, así entraremos en el campo de todas las posibilidades. Esto significa que en cada momento de nuestra vida habrá emoción, aventura, misterio. Pero cuando hay apego, la intención queda atrapada en una forma de pensar rígida y se pierden la fluidez, la creatividad y la espontaneidad.

Cuando nos apegamos a algo, congelamos nuestro deseo, lo alejamos de esa fluidez y esa flexibilidad infinitas y lo encerramos dentro de un rígido marco que obstaculiza el proceso total de la creación.

Esta ley no obstaculiza la fijación de metas. Siempre tenemos la intención de avanzar en una determinada dirección, siempre tenemos una meta. Sin embargo, entre el punto A y el punto B hay un número infinito de posibilidades, y si la incertidumbre está presente, podremos cambiar de dirección en cualquier momento si encontramos un ideal superior o algo que nos llena más. Al mismo tiempo, será menos probable que forcemos las soluciones de los problemas, lo cual hará posible que nos mantengamos atentos a las oportunidades. La ley del desapego acelera el proceso de creación de aquello que tenemos intención de obtener. Cuando entendemos esta ley, no nos sentimos obligados a forzar las soluciones de los problemas. Porque cuando forzamos las soluciones, solamente creamos nuevos problemas. No existen problemas sino oportunidades de cambiar y mejorar. Cuando nuestro estado de preparación se encuentre con la oportunidad, la solución aparecerá espontáneamente. Lo que resulta de esto es lo que denominamos comúnmente «buena suerte». La buena suerte no es otra cosa que la unión del estado de preparación con la oportunidad.

Ésta es, según Deepak Chopra la receta perfecta para el éxito, y como vemos, se basa en la ley del desapego.
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¡Que ustedes se desapeguen bien!



sábado, 14 de febrero de 2009

Lealtad

Entendemos por lealtad la cualidad de aquellas personas que respetan y cumplen los acuerdos ya sean tácitos o explícitos. El término leal proviene del latín legalis, es decir, lo que es conforme con la ley. Por tanto, las personas leales son “personas de ley” en quienes se puede confiar porque mantendrán su palabra. Cumplirán los compromisos adquiridos, defendiendo aquello en lo que creen con independencia de las dificultades que ello conlleve, en los buenos y en los malos momentos.

La lealtad en el sentido que quiero explicar aquí comprende el amor que nos vincula hacia una persona, una causa o unos hechos. Es por tanto una virtud que desarrolla nuestra conciencia pero que podemos cultivar con una adecuada actitud mental. Cuanto más evolucionada es una persona, más tiende a tener la lealtad como uno de sus valores rectores de vida. Lealtad como compromiso personal de defender siempre aquello en lo que creemos. Con lealtad la amistad y las relaciones personales y sociales alcanzan el grado máximo de profundidad. La lealtad conlleva estar cerca, dar nuestro apoyo y ayuda libre, espontánea y fraternal a las personas que nos importan, con especial intensidad en los momentos más duros o difíciles.
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La lealtad en nuestro lugar de trabajo supone no trabajar sólo porque nos pagan un salario, sino que hay un plus: porque creemos en lo que hacemos y nos sentimos parte y como tal, esencia del mismo. La lealtad con la sociedad -en general- supone sentirse miembros y responsables de lo que en ella sucede.

La lealtad como he dicho es esencial en la relación con los demás. Es imposible que exista verdadera amistad sin lealtad pues sólo con ella se genera la confianza mutua entre los amigos. Es nuestro deber ser leales a aquellos que dependen de nosotros: la familia, nuestros empleados etc. La lealtad como el resto de virtudes se potencia cuidando nuestros pensamientos y actitudes vitales. La práctica de la lealtad desarrolla nuestra conciencia y nos hace mejores personas. Sin embargo, la lealtad no existe y actúa sóla. Siempre va a acompañada de otras actitudes y valores como los de la amistad, el respeto, la responsabilidad y la honestidad entre otras.

Para ser leal hay que ser fundamentalmente congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos –honestos- pero también desarrollar franqueza, sinceridad, nobleza y rectitud. Es decir, la verdad debe estar siempre presente. No es posible ser leal si no se dice la verdad, se dicen sólo medias verdades o se dice sólo lo que creemos gustará o los demás desean escuchar. Si escondemos situaciones y hechos, -independientemente de las motivaciones que se tengan- es difícil ser leal a la larga.

Por eso se dice que la lealtad no funciona si aquellos valores que hemos mencionado no son permanentes en el tiempo. No se puede ser leal a ratos o según situaciones. De hecho la persona leal, primero debe ser leal consigo misma de modo que actúe siempre igual hacia sí y con las personas con las que se relaciona.

La lealtad es un valor básico para que el mundo en el que convivimos sea mejor. No podemos vivir bien si no confiamos en los demás y si los demás no confían en nosotros. Para confiar es esencial actuar con verdad. Ocurre sin embargo en ocasiones que no somos del todo conscientes de nuestros compromisos y de la responsabilidad que asumimos primero al alcanzarlos y luego, lo que supondrá mantenerlos.

Si no asumimos la realidad de las situaciones existentes o manipulamos o maquillamos la realidad, estaremos incurriendo en lo contrario de la lealtad. Se llama deslealtad. Por eso es importante saber que siempre se puede decir la verdad sabiéndola decir. No es leal la actitud que nos lleva a la sumisión, adulación o fingido respeto hacia los demás por no herirles o por temor. Podemos querer mucho a una persona, desear no hacerle daño con la verdad, pero eso no significa que debamos escondérsela o le ocultemos aquello que, antes o después, debe conocer por incómodo o desagradable que pueda resultarle. La persona auténtica y totalmente leal es recta, digna e incorruptible.

Probablemente nadie entienda mejor que es la lealtad que aquel a quien le hayan traicionado en alguna ocasión.

Qué es lealtad en 5 notas

1. Lealtad es ser quien eres siempre de manera auténtica.

2. Lealtad es perdonarte a ti mismo aun cuando a veces no logres entenderte.

3. Lealtad es respeto a nuestras creencias, convicciones, ideales y decisiones, como la más sublime expresión de nuestro ser.

4. Lealtad es luchar con alegría y convicción por aquello que queremos aunque nos exija esfuerzo y sacrificio.

5. Lealtad es acompañar a quien se ama en sus dudas y en sus defectos.

Para ser leales

1. La persona leal, lo es siempre y con respecto a todo: sus ideas, la familia, los amigos, las instituciones, su país.

2. La lealtad sólo está presente donde hay verdad.

3. Tenempos que tener sentido de pertenencia, cuidar las cosas que nos importan y aquellos a quienes importamos.

4. Renovar continuamente el compromiso de ser honestos, francos, sinceros y nobles con todas aquellas ideas y personas que nos importan.

5. La palabra dada es sagrada: los compromisos se alcanzan para cumplirlos.

6. Propiciaremos un buen ambiente de trabajo en la medida de nuestras posiblidades y desde nuestra respectiva responsabilidad.

9. Comuniquémonos de manera directa, sencilla y clara, hablándo a los demás como nos gusta que nos hablen a nosotros.

Cómo desarrollar lealtad hacia los demás

1. Haciendo lo que esté en nuestra mano para ayudar a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, a la empresa en la que trabajamos o a nuestro país en general.

2. Esforzándonos por ayudar a otras personas a mejorar y superar sus defectos y dificultades siendo sinceros y generosos con ellos.

3. Interesándonos por los problemas de nuestra sociedad, nuestra comunidad, nuestro país y llevando a cabo acciones sociales o ciudadanas con compromiso en favor de ellas.

4. Apreciando, valorando y respetando nuestra cultura, identidad, valores e ideales.

Actitudes desleales

Para ser leales también resulta interesante conocer qué actitudes son contrarias a este valor. A saber:

- Las críticas no constructivas que se hacen de las personas, haciendo hincapié en sus defectos, lo limitado de sus cualidades o lo mal que hacen su trabajo.

- Divulgar los secretos o confidencias que se nos han realizado.

- Quejándonos continuamente del modo de ser de alguien y no haciendo nada para superar o acabar con esa situación o relación.

- No cuidando a nuestros amigos, no prestándoles la atención y cercanía que merecen o simplemente dejando de relacionarlos con ellos por razones injustificadas y de poca trascendencia sin darles explicación alguna.

- La desidia en el trabajo, la falta de implicación o la dejadez en el cumplimiento de nuestras obligaciones sin ningún compromiso en lo que hacemos o esperan de nosotros.

Sin embargo, no basta con contradecir las actitudes desleales. Para ser leal, es necesario detenernos a considerar algunos puntos:

- En toda relación se adquiere un deber hacia las personas: la confianza y el respeto que debe de haber entre padres e hijos; la empresa con los empleados; entre los amigos; los alumnos hacia su escuela.

- Se deben buscar y conocer las virtudes permanentes para cualquier situación, de otra manera se es “leal” mientras se comparten las mismas ideas.

- La lealtad no sólo es consecuencia de un sentimiento afectivo, es el resultado del discernimiento para elegir lo que es correcto.

- Si se coloca como valor fundamental el alcance de objetivos, se pierde el sentido de lealtad. La persona que participa en una actividad sólo por el éxito que obtendrá, fácilmente abandonará la empresa cuando las cosas no salgan bien o deje de obtener los beneficios esperados.

- Lo importante es vivir las virtudes por lo que representan, por el convencimiento que tenemos de ellas y no porque nos interese respetarlas.

Con todo lo anterior veremos que aún sin darnos cuenta, las relaciones que hemos sabido mantener se deben en gran medida a la vivencia del valor de la lealtad.

Por mantener incólume una amistad, por evitar un daño a un amigo, me enfrento a quien sea. Porque tengo unos principios más honestos, porque la bajeza y ruindad de algunos no me da miedo, porque no abandono a los míos cuando las cosas se ponen feas... porque, en definitiva, soy leal.

Y recuerda, eres desleal contigo mismo y con los demás cuando niegas con tus actos, lo que pregonas con tus palabras.

Dos frases para acabar:

“La lealtad es el camino más corto entre dos corazones” de José Ortega y Gasset.

“Hasta la supervivencia de una banda de ladrones necesita de la lealtad recíproca” de Antonio Genovesi.


sábado, 7 de febrero de 2009

Humildad (II)

Decía en la primera parte de este post que desde una perspectiva espiritual, la virtud de la humildad consiste en saber inclinarse ante la vida. En la necesidad de ser conscientes de nuestras debilidades y limitaciones en comparación con la grandeza del universo. Esa actitud nos conducirá a aceptar y reconocer nuestra pequeñez y futilidad ante aquella.

Lo que todos necesitamos y cómo ser humildes

Todos deseamos una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien, y la comprensión de los demás cuando -a pesar de la buena voluntad- nos hemos vuelto a equivocar. Necesitamos que se fijen en lo positivo y no sólo en nuestros defectos; que haya un clima de cordialidad en nuestro trabajo o en nuestro hogar; que se nos exija, pero con buenas formas; que nadie hable mal a nuestra espalda; que haya alguien que nos defienda cuando nos critican y no estamos presentes; que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos; que se nos haga una corrección positiva de las cosas que hacemos mal, en lugar de criticarnos; que nos ayuden en definitiva, cuando estamos necesitados… Por tanto, estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de ser capaces de hacer por los demás.

Lo contrario de la humildad: la soberbia

“Por el orgullo buscamos la superioridad ante los demás. La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia” decía Santo Tomás.

La soberbia es la afirmación desordenada del propio Yo. El hombre humilde, cuando identifica algo no positivo en su vida puede enmendarlo, aunque le duela. El soberbio al no aceptar, o no ver ese defecto, no puede corregirlo, y se queda con él. El soberbio no se conoce o se conoce mal. Su soberbia lo contamina todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo. El soberbio exige un trato especial porque se cree distinto y entonces, hay que intentar ser siempre cuidadoso evitando herir su susceptibilidad. Su actitud dogmática en las conversaciones, sus intervenciones irónicas -no le importa dejar en mal lugar a los demás por quedar bien él- la tendencia a poner punto final a las conversaciones que surgen con naturalidad, etc., son manifestaciones de algo más profundo: un gran egoísmo que se apodera de la persona cuando el único horizonte de su vida es sólo ella misma.

Hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir y practicar manifestaciones de humildad que sirvan para ayudar y hacer felices a los demás. Si no luchamos por olvidarnos cada vez más de nosotros mismos, pasaremos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos daremos cuenta de que necesitan una palabra de aliento; que valoremos lo que hacen; animarles a ser mejores y en definitiva, ayudarles.

El egoísmo ciega y nos cierra el corazón de los demás. La humildad por el contrario abre constantemente el camino hacia los otros a través de pequeños detalles de servicio. Ese espíritu alegre, de apertura y disponibilidad hacia los demás, es capaz de transformar cualquier realidad por difícil que sea.

La falta de humildad

Se muestra en la susceptibilidad; en querer ser el centro de atención en todas las conversaciones; en la molestia por considerar que a otros se les aprecia más; en sentirnos desplazados o con la creencia de que no nos atienden como merecemos. Los arrogantes hablan continuamente por el placer de oírse a sí mismos y para que los demás les oigan: siempre tienen algo que decir, o algo que corregir a los demás. Se creen el centro del universo. Su imaginación está siempre funcionando, impidiendo de esa manera que su alma crezca.

Con todo, la virtud de la humildad no consiste sólo en rechazar los movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas. La humildad no se manifiesta en el desprecio, sino en el olvido de uno mismo, reconociendo con alegría, que nadie goza de nada que antes no haya recibido.

¿Cómo buscar y encontrar la humildad?

4 pasos fundamentales:

1. Conócete. "Conócete a ti mismo" decían los griegos. La Biblia dice que es necesaria la humildad para ser sabios. Sin embargo, es difícil conocerse. La soberbia, que siempre está presente dentro del hombre, ensombrece la conciencia, disimula los defectos propios, busca continuamente justificación a los fallos y a los errores. No es infrecuente que, ante un hecho claramente negativo, el orgullo se niegue a aceptar que aquella acción haya sido real. De ahí las excusas que llevan a pensar: "no puedo haberlo hecho yo", o bien, "bueno, tampoco es tan negativo”, o incluso, "la culpa es claramente de los demás".

Por ello, es muy útil buscar el defecto personal dominante para poder evitar las peores inclinaciones con más eficacia. También conviene identificar nuestras mejores cualidades -no para envanecerse- sino para ser optimistas y desarrollar las buenas tendencias y virtudes a partir de aquellas.

2. Aceptate. Una vez hemos conseguido un conocimiento personal más o menos profundo de nosotros mismos, viene el segundo escalón de la humildad: aceptar la propia realidad. Resulta difícil aceptarse porque la soberbia se rebela cuando la realidad es negativa o no nos gusta. Aceptarse no es lo mismo que resignarse. Si se acepta con humildad un defecto, error o limitación, sabremos contra qué luchar y entonces, es posible vencerlo. Ya no se camina a ciegas sino que conocemos al enemigo. Pero si no se acepta la realidad, ocurre como en el caso del enfermo que no quiere reconocer su enfermedad: de esa manera no podrá curarse. Sin embargo, sabiendo que hay remedio, se podrá cooperar con los médicos para mejorar. Hay defectos que podemos superar y hay límites naturales que debemos saber aceptar que están ahí.

Es distinto un error que una limitación. Los errores son más fáciles de superar porque suelen ser involuntarios. Una vez descubiertos se pone el remedio y las cosas vuelven al cauce de la verdad. Si el defecto es una limitación, hay que saber aceptarla y a partir de ese momento trabajar para superarla. Sin embargo, sin humildad no se aceptan las propias limitaciones ni pueden superarse. El que no acepta las propias carencias se expone a hacer el ridículo, por ejemplo, hablando de lo que no sabe o alardeando de lo que no es.

Vive según tu conciencia o acabarás pensando como vives. Es decir, si tu vida no es fiel a tu propia conciencia, acabarás cegando tu conciencia con teorías justificadoras pero falsas que harán incoherente tu vida.

3. Olvídate de ti. El orgullo y la soberbia llevan a que el pensamiento y la imaginación giren en torno al propio Yo. Muy pocos llegan al nivel de lograr olvidarse de si. La mayoría de la gente vive pensando en si mismo, sólo centrados en sus problemas. El pensar demasiado en uno mismo se convierte en un vicio: se encuentra un cierto gusto en la lamentación por las propias dificultades e incluso en atraer la atención de los demás por ellas.

El olvido de uno mismo no es lo mismo que indiferencia ante los problemas. Se trata más bien de superar el estar demasiado pendientes de nosotros. En la medida en que se consigue el olvido de sí, se consigue que alcancemos paz y alegría. Es lógico que así sea, pues la mayoría de las preocupaciones provienen de conceder demasiada importancia a nuestros problemas, algunos reales pero otros muchos imaginarios o exagerados. El que consigue el olvido de sí está en el polo opuesto del egoísta que continuamente esta pendiente de lo que le gusta o le disgusta, lo que le conviene o no. Con olvido de si, se puede decir que se consigue un grado aceptable de humildad. Por tanto ese olvido de nosotros mismos nos conduce a un cierto abandono que consiste en algo así como una dejación responsable. Las cosas que ocurren -tristes o alegres- ya no preocupan, solo ocupan. Es lo que algunos llaman fluir con la vida y sin mostrar resistencia.

4. Date. Este es el grado más alto de la humildad, porque más que superar cosas negativas se trata de vivir la caridad, es decir, vivir para dar comprensión y amor a los demás. Si se han subido los tres escalones anteriores: ha mejorado el conocimiento propio, la aceptación de la realidad y la superación del yo como eje de todos los pensamientos e imaginaciones, entonces es el momento de darse a los demás. Si se mata el egoísmo, se puede vivir el amor, porque ambos son totalmente incompatibles entre sí: o el amor mata al egoísmo o el egoísmo mata al amor.

En este cuarto nivel, la humildad y la caridad conducen una a la otra y practicamente se confunden. Una persona humilde -al librarse de las alucinaciones que provoca la soberbia- ya es capaz de amar a los demás por sí mismos, nunca por el interés o el provecho que pueda obtener de su relación con ellos.

Cuando la humildad llega al nivel de darse, se experimenta muchísima más alegría que cuando se busca y se encuentra el placer egoístamente. La persona generosa experimenta siempre, una felicidad interior que es desconocida para el egoísta y el orgulloso.

Por eso es muy importante no hacer nunca nada por rivalidad o por vanagloria, sino con humildad y por amor. Si actuamos así, no veremos -como tantas veces pasa- la paja en el ojo ajeno sin percibir la viga en el propio. Sin humildad las faltas más pequeñas del otro las aumentamos; las mayores faltas propias tendemos a justificarlas o quitarles importancia.

Por el contrario, la humildad nos hace reconocer pronto los errores propios y nuestras carencias. Estaremos en condiciones de ver con comprensión los defectos de los demás y poder ofrecerles y prestarles nuestra ayuda. También estaremos en condiciones de quererles y aceptarlos con todas sus deficiencias, fallos y limitaciones. Entonces ya, sus defectos, no nos importarán.

Y para concluir, como siempre, un par de frases que me gustan sobre la humildad:

“Donde hay soberbia, allí habrá ignorancia; mas donde hay humildad, habrá sabiduría”. (Salomón).
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“Si asumimos una actitud de humildad, crecerán nuestras cualidades”. (Dalai Lama).

sábado, 31 de enero de 2009

Humildad (I)

La palabra humildad tiene su origen en la latina humus, tierra; Humilde, en su etimología, significa inclinado hacia la tierra como virtud de realismo, pues consiste en ser conscientes de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia. Más exactamente, la humildad es la sabiduría de lo que somos. Es decir, es la sabiduría de aceptar nuestro nivel real de evolución como personas.

Los humildes son personas modestas que no piensan que son mejores o más importantes que otros, aunque esto no tiene nada que ver con experimentar sensación de inferioridad.

Con el valor de la humildad no existe la necesidad de decir o hacer gala de nuestras virtudes ante los demás. Una persona que vive la humildad sabe escuchar y aceptar a todos. Humildad es conocer nuestras cualidades utilizándolas siempre de manera benevolente. Ser humilde es también dejar ser y dejar hacer, reconociendo y entendiendo la forma de vivir de los demás. Por eso, en la medida en que somos humildes, adquirimos grandeza para los otros.

Sólo podemos servir y ayudar sinceramente a lo demás a través de la humildad. Una persona humilde se adapta a todo y a todos y es siempre prudente en sus palabras.

Para ser humilde, debemos conocernos bien a nosotros mismos: ser conscientes de nuestras limitaciones y nuestras carencias y en consecuencia, ser comprensivos y entender las de los demás. Por eso, humildad y paciencia, caminan juntas por la misma senda.

Seamos humildes. No con simulada sencillez, ni falsa modestia, que equivaldrían a rebuscada soberbia, sino con auténtica humanidad. No hay peor soberbia que pretender ser tenido por humilde. El auténtico humilde no sabe que lo es. Nadie parece tan grande como cuando confiesa su pequeñez, ni para nada se necesita más fuerza que para ser humilde. Por ello, la humildad es una escasa virtud bastante difícil de practicar. Tiende a ser una virtud sublime que se predica y de la que a todos les gusta hablar, pero de las menos frecuentes. Humildad y verdad están unidas pues la verdad se busca y se encuentra siempre a través de la humildad.

El humilde ve las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo. En la medida en que un hombre es más humilde crece en él una visión más correcta de la realidad.

Mientras el orgullo y la soberbia nos separan de las personas, la humildad, nos une. No es fácil ser humilde aunque es fácil sentirnos humildes: basta con levantar la vista hacia la bóveda celeste cualquier noche estrellada y admirar el universo en su grandeza. La reflexión inmediata es que sólo somos la infinitésima parte de una mota de polvo en un inmenso e infinito océano sideral.

Humildad sin embargo, no significa desvalorización. Tomar conciencia de las capacidades propias es compatible con la humildad. La persona humilde sabe que puede no haber hecho lo suficiente y siente entonces la responsabilidad de hacer más, y por ende, de superarse. Manteniendo una saludable autoestima no se necesita la alabanza ajena. La vanidad es un desesperado intento de escapar de una percepción de inferioridad o de vacuidad propias.

Quien aprende a ser humilde, logra una vida feliz. Con humildad se desarrolla la capacidad de admitir los errores, y la crítica pasa a ser entendida como una vía de crecimiento. Con humildad es fácil perdonar y apreciar lo que tenemos, pues tomamos conciencia de que todo es un regalo. El poeta León Felipe lo describió muy bien: “Así es mi vida, piedra, como tú; como tú, piedra pequeña; como tú, piedra ligera; como tú, canto que ruedas, por las calzadas, y por las veredas; como tú, guijarro humilde de las carreteras;...”.

La humildad en la Filosofía

La humildad no es una virtud reconocida como tal en todos los sistemas filosóficos. Es más, en algunas corrientes filosóficas se ha cuestionado hasta el punto de considerarla un vicio en la medida en que representaría una debilidad para afirmar el propio ser. Ninguno de los grandes filósofos griegos -Sócrates, Platón, Aristóteles- elogiaron la humildad como una virtud digna de practicarse, ya que nunca llegaron a desarrollar un concepto de Dios lo suficientemente rico para poner de manifiesto la pequeñez del ser humano. En Occidente, es sólo a partir del advenimiento del cristianismo cuando esta virtud llegar a ser considerada el fundamento imprescindible de toda moral cristiana. Para Nietzsche, la humildad no puede significar más que una bajeza, una debilidad de instintos propia de quien actúa inspirado por una moral de esclavos. En su idea del superhombre, no tiene cabida alguna. Sin embargo, la filosofía de Oriente, con un desarrollo espiritual mayor que la de Occidente, nunca dudó en asignarle un papel relevante dentro de las virtudes del sabio. Así, los verdaderos maestros de la sabiduría mística de Oriente ascendieron a sus más altos niveles de conciencia trascendiendo su ego, transformándose en seres universales al fundirse con el río de la vida. Para todos ellos, los primeros peldaños del sendero estuvieron hechos de humildad. La humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz o discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para -precisamente en razón de esa carencia- buscar activamente llenarse de él, a través de los maestros, de la meditación, del diálogo con sus semejantes o del conocimiento de si mismos. Para estas filosofías, la mente humilde es receptiva por naturaleza y por ello, la mejor dispuesta a escuchar, aprender y aceptar. En el caso opuesto está la mente arrogante que creyendo saberlo todo, se cierra al conocimiento. En esa carencia de conciencia de los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser más importante que los demás. Por eso el arrogante, con frecuencia, incurre en la crítica destructiva que sólo le lleva al enfrentamiento inútil.

En cambio, el auténticamente humilde considera que las experiencias de la vida son posibilidades abiertas para aprender más. En su capacidad para comprender, sabe que el camino de la sabiduría es infinito, y por esa razón, no es posible presumir de sabios o eruditos. La humildad como conciencia de nuestra falible esencia, nos facilita la tarea de reconocer nuestros errores, y es el primer paso para mejorar y superarnos. Mientras el soberbio pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue su camino de progresión personal, sin temer recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero.

Ser humilde es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí, comenzar a trabajar para que desaparezcan tus miedos y sufrimientos. Por eso, habitualmente se dice que, la vida nos proporciona una larga lección de humildad.

Y para concluir un par de frases:

“Los más generosos acostumbran a ser los más humildes”. René Descartes.

“El secreto de la sabiduría, el poder y el conocimiento es la humildad”. Ernest Hemingway.